jueves, 23 de octubre de 2014

Gabriel Fernández Chapo: La mujer del anatomista


El mito que cruza fronteras

El director y dramaturgo estrenó un unipersonal, interpretado por la sevillana Clara Díaz, en el que propone una mirada sobre Evita, pero corriéndose de su figura. La protagonista es una aristócrata española que aborda un diálogo imaginario con ella.

Cuando Gabriel Fernández Chapo se puso a pensar en una historia que pudiera atrapar tanto al público argentino como al español (ya que quería trabajar su nueva obra en coproducción con la compañía Hongaresa, de Valencia, y representarla en ambos países), enseguida se le aparecieron dos personajes, uno de cada cultura, unidos por una historia atrapante. Por un lado Evita, “un mito local pero que trasciende fronteras”. Por otro, Pedro Ara, el anatomista español al que Perón contrató para que se encargara del embalsamamiento de la Abanderada de los Humildes. Mucho investigó el dramaturgo sobre esa historia y su relación. Tanto, que se dio cuenta de que ya se había escrito demasiado sobre el tema. Se propuso entonces revivir la leyenda desde una óptica diferente y así apareció un tercer personaje, el de Ana María, esposa de Pedro. Para el dramaturgo su figura fue tan intensa, que el trabajo que presenta los viernes a las 21 en El Opalo Teatro (Junín 380) terminó siendo un unipersonal que se llama La mujer del anatomista, porque la tiene como protagonista.

Proveniente de una familia aristocrática y criada en los valores de la España del franquismo, esos que declaraban que la mujer tenía que vivir para satisfacer a su hombre, Ana María se ve de repente desconcertada cuando su marido la deja sola con sus hijos para trabajar en el cuerpo de Eva por más de tres años. Desesperada, recorre el país para llegar a la sede de la CGT de Azopardo y reencontrarse con Pedro para pedirle explicaciones. El encierro de cadáver y anatomista es tan comentado y genera tanto morbo que hasta corren rumores de que el médico tiene prácticas sexuales con el cuerpo. Frente a ese panorama, la española enferma de celos, está convencida de que “la otra” se lo está robando. Tan fuerte es lo que le causa la figura de Evita, que se olvida de que está muerta y de que lo único que actúa ya de ella es el mito.

Protagonizada por Clara Díaz, una virtuosa actriz sevillana que vive hace nueve años en la Argentina, la obra cuenta ese viaje –interno y externo– que realiza Ana María. La puesta es sencilla pero potente: alejada de un registro más cercano a la realidad cotidiana, propone una estética como de ensoñación en la que colabora mucho el espacio (la sala del teatro porteño es chica, pero perfecta para lograr la intimidad que requiere este espectáculo). Se destacan el diseño de vestuario, a cargo de Martina Cravea, y también el de escenografía, de Emilia Pérez Quinteros. La dirección general es de Fernández Chapo y la de actores, de la española Lola López, que trabajó inicialmente con Díaz en la construcción del personaje. Paco Zarsozo, de la Hongaresa, estuvo a cargo de la supervisión dramatúrgica.

“Más allá de la historia, esta obra surgió de una búsqueda mía, de una convicción de que el teatro es un ajuste de cuentas con la realidad y con la historia. Me parece interesante que las artes ofrezcan su mirada sobre lo que pasó y lo que pasa, porque aporta una reflexión desde otro lugar”, dice a Página/12 el director y dramaturgo oriundo de Lomas de Zamora. “La pieza es una ficcionalización sobre los mitos. No me importa si pasó o no todo lo que se dice que pasó entre Eva y Ara. Me interesa el hecho de que creamos que esas cosas pudieron haber pasado, porque eso habla de nosotros como sociedad, del valor que podemos otorgarle a la muerte”, afirma Chapo, que sostiene que la obra presenta una contraposición “entre dos modelos de mujer”.

–¿Cuáles serían esos modelos de mujer?

–Por un lado, el de una muy ligada a valores más convencionales y, por otro, el de una que rompe con todos los tópicos del rol de la mujer. Cuando en la estructura nos encontramos con esa antinomia, nos planteamos no tomar posición. La obra no es peronista ni antiperonista, sino que muestra la mirada que un personaje de la aristocracia pudo tener frente el fenómeno de Evita. El desafío fue justamente el de cómo plantear a un personaje que ve a las clases populares con un lugar de temor, lo que para uno como creador es políticamente incorrecto, y a la vez ir haciendo que se le salga la máscara. Porque, al fin y al cabo, hacia el final de la obra, se nota que esos valores de Ana María no eran tan propios.

–Claro, es que en la obra finalmente se las iguala. Ambas terminan siendo, a los ojos del espectador, dos mujeres con la fragilidad de cualquier otra...

–Es que ésa era la idea, superar la mirada inicial y estereotipada que las opone y que el público se encuentre con dos personas que tienen deseos, temores, contradicciones. Porque, al fin y al cabo, cuando avanzás de ese lugar te das cuenta de que ninguna es tan lo que parecía. Podés ver las flaquezas en las fortalezas que cada una tiene y percibir que tienen sus dificultades como todos los demás en torno de cómo llevar adelante su vida.

–La espacialidad de la obra es interesante. La sede de la CGT donde yace el cuerpo está por detrás de un primer espacio donde mayormente se lleva a cabo la historia. ¿Cuál fue la intención al separarlos?

–La idea era contar el recorrido de un personaje que parte de un estado de ánimo y de la creencia de determinados valores hacia otros. Su historia, la de Ana María, es en ese sentido una metáfora misma de la historia del país. Ambos hacen un viaje hacia algo nuevo, hacia otra etapa. Entonces me pareció que se necesitaban distintos espacios para contar ese trayecto, que no se podía concentrar dramáticamente todo en un solo lugar. El espacio de más adelante es un poco multiuso, porque allí pasan varias cosas. Sirve un poco para introducir la historia, también. En cambio, el momento en que se encuentran los tres cara a cara, o aquel en el que ellas dos están solas y pueden dialogar, pese a que sólo una de ellas tenga voz, necesitaban de otro espacio, claramente diferenciado, especial.

–¿Por qué cree que Eva es la figura nacional más abordada por las artes?

–Porque es la gran heroína trágica argentina. Si la despojamos de su materialidad histórico-realista, tiene todos los condimentos: tuvo un origen humilde, no conoció a su padre verdadero, fue actriz en la época en la que ser actriz era casi sinónimo de ser prostituta, se casó con el hombre más influyente de la época, introdujo un montón de cambios políticos y en su momento de mayor endiosamiento se enfermó y murió, con 33 años. Todo eso genera una fascinación importante. Por eso también me interesaba ver cómo podía generar una mirada sobre ella corriéndome de ella.

Fuente: Página/12

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