lunes, 2 de marzo de 2015

El viento en un violín


Mujeres que se aman, buscando desesperadamente un hijo. Madres con hijos, desesperadas por asegurarles la felicidad. Hijos desorientados, desesperados por encontrar su lugar. Historias de seres buscándose la vida. Y el amor que lo atraviesa todo, que todo lo permite, lo bueno y lo malo. El amor de pensar la vida de otra forma y aceptarla tal vez, en nombre del amor.

"Esta es una historia potente sobre el amor y sobre la violencia que genera la impotencia de no poder realizarse". Así define Claudio Tolcachir a su obra "El viento en un violín", que subió a escena en la Sala Pablo Neruda del Paseo la Plaza a mediados de enero y que continúa en cartel con tres funciones los fines de semana.

La obra, escrita y dirigida por Tolcachir, tiene la particularidad de contar con los mismos actores que "La omisión de la familia Coleman": Mimi Rodríguez, Tamara Kiper, Inda Lavalle, Miriam Odorico, Lautaro Perotti y Gonzalo Ruíz.

Este espectáculo viene de un largo recorrido. Se estrenó en el Festival de otoño de París, se presentó en el Festival Temporada Alta de Girona (España), en el Festival Santiago a Mil, Santiago de Chile y durante tres semanas en el Teatro Español, en el marco del Festival de Otoño en Primavera de Madrid. Realizó gira por Francia y España, participó en el Festival Internacional de Cádiz y el Festival Translatines de Bayona, Teatro Arriaga de Bilbao, Teatro Nacional de Strasburgo y Teatro Nacional de Burdeos, entre otros.

Las funciones son los viernes, a las 20, sábados, a las 22.30, y domingos, a las 21.30, en el Paseo La Plaza (Sala Pablo Neruda), Corrientes 1660, CABA. Entradas a la venta a través de Plateanet (www.plateanet.com - 5236-3000).

Facebook: El viento en un violín – Oficial

domingo, 1 de marzo de 2015

Julián Kartun: Absolutamente comprometidos


CABEZA PARLANTE

PERSONAJES Empezó su carrera en ese semillero que fue Magazine For Fai y desde entonces creció como humorista con sus participaciones en Cualca –junto a Malena Pichot–, su trabajo en radio y sobre todo su personaje Caro Pardíaco, que lo convirtió en una celebridad web. Ahora Julián Kartun está en el teatro con el unipersonal Absolutamente comprometidos, donde compone cuarenta personajes que son una buena manera de entrar en su universo.

No es mala idea, para hablar de Julián Kartun, empezar por describir a Caro Pardíaco, su personaje más popular. Caro es una especie de modelo, una tuitstar que habla como hablan muchas chicas de veintipocos, que nacieron al mundo de la sociabilidad en la era de las redes. Caro tiene una cuenta de Twitter con 43.200 seguidores reales, a donde sube tuits muy mal tipeados, en los que mezcla comentarios sobre su cotidianidad, frivolidades absurdas, consejos de Osho y chistes escatológicos seguidos de “tipo” y otra terminología teeneager. Pero más gracioso que leerla es ver a Caro Pardíaco en Youtube: Julián Kartun no se esmera en afeitarse o simular estar vestido como una modelo top, Caro es un varón disfrazado. El personaje funciona a un nivel más agudo: se ríe también de los hombres que consumen y erotizan ese modo de la bobería joven mediática y vacía.

El dato de la cantidad de seguidores de este personaje no es menor. Caminar una cuadra con Julián Kartun por Villa Crespo es ver cómo a una chica de 17 se le ilumina la cara al verlo y lo saluda con un beso nervioso de fan. Otro chico pasa y le dice: “Sos un capo, te amo”. ¿Te amo? Sí. “Esto parece la cámara oculta que le pusieron a Ibarra, ¿no?”, dispara Julián en el momento, porque el fenómeno que produce en la calle sorprende, sobre todo porque no se trata de un actor convencional que consigue su fama en una tira en horario central sino de un actor que viene de otro tipo de formatos, como la impro, el stand-up, e incluso de ser vocalista de una banda de rock –El Kuelgue–, antes de su desembarco en Internet y la tele y la radio.

Julián Kartun viene deambulado por los pasillos del “mundo del espectáculo” desde niño. Es hijo de Mauricio Kartun, el más respetado dramaturgo y maestro de dramaturgos de la actualidad. Frente a ese avasallamiento, Julián fue muy astuto y decidió no dedicarse a algo que tuviera que ver con escribir. “Siempre fui un payaso”, dice. Y ese siempre, en una persona que apenas cruzó los treinta, es casi literal. Estudió teatro desde niño, fue al Instituto Labardén mientras hacía la primaria, participó de ese extraordinario programa de humor hecho por niños que fue Magazine For Fai, de donde salieron actores muy singulares como Violeta Urtizberea, Julia Martínez Rubio y el propio Julián.

Luego de esos inicios precoces, Julián se despuntó hacia otro lado, estudió producción de TV y trabajó en productoras durante años. En algún momento, estas dos vocaciones se unieron y comenzó a hacer pilotos de humor, asociándose con otros de su generación como Nazareno Casero. Así llegó la propuesta de hacer Cualca. Esa serie de micros humorísticos encabezados por Malena Pichot –en los que también participan Julián Doregger, Charo López y Julián Lucero como actores, más un equipo de quince personas en la realización– que se convirtieron en todo un suceso. El microprograma se emitió un año en Duro de Domar, luego se independizó y por medio de un crowdfunding en el que sus fans financiaron la producción a cambio de algunos premios siguieron emitiéndose, esta vez sin intermediarios, directamente en Internet. Y allí mismo siguen colgados: algunos ya llevan cerca de 400 mil visualizaciones.

El programa y el tipo de humor que propone tiene mucho que ver con sus integrantes, sus preocupaciones, su modo de entender el mundo: críticas sociales, cuestiones de género, problemas de pareja, consumos y delirios. Julián cuenta: “Hacemos todo nosotros cinco. Nos juntamos, contamos cosas que nos pasan o que escuchamos o que se nos ocurren y las ponemos por escrito. Y después la productora ve de qué modo lo genera audiovisualmente. Así se fue creando este monstruo amorfo. A mí me gusta que puede ser muy absurdo o puede tener una bajada donde entra todo lo que sucede en la calle, en el transporte público, en los medios de comunicación, en lo que cree la gente, en lo que quieren que crea la gente. Es una forma de parodiar la realidad. Y por ende una crítica”.

Su caballito de batalla, Caro Pardíaco, está en Cualca, pero también en Mute: el programa radial de Nacional Rock donde hace intervenciones humorísticas. Personajes como el notero Andy Klisman o el tachero Aníbal, entre otros. Y esa facilidad para desdoblarse en varios seres bizarros y reconocibles –cita como referentes a Alfredo Casero, Fernando Peña y Jim Carrey– para hacer voces y tonadas diversas desembarcó finalmente en el teatro. Absolutamente comprometidos es el unipersonal en el que Julián Kartun se despliega con nada menos que 40 personajes, engarzados en una hora reloj. La obra lo presenta como un telefonista de un restaurante de alta gama que debe lidiar con todos aquellos que levantan el teléfono para comunicarse por alguna razón: desde clientes que exigen hacer reservas, a proveedores chantas, empleados mentirosos o el dueño-chef que lo controla sádicamente.

Absolutamente comprometidos –de Becky Mode, que Miguel Pittier adaptó para hacer en nuestro país– es una buena manera de entrar en el universo de Julián Kartun. Aun teniendo un texto escrito como base, logra imponer un código humorístico propio y contemporáneo. No sólo por los formatos y modos de circulación que adopta, sino también por su contenido. “El humor va cambiando con la coyuntura. Hubo épocas muy horribles de la Argentina y lo reflejamos en el humor: el humor de rompeportones, el culo de la mina, el machismo. No quiero decir que lo que hacemos en Cualca o en Mute o incluso en la obra sea superador: es más bien reflejo de lo que pasa ahora. El humor es una forma muy copada de mostrar cosas: quizás alguien al reírse logra cambiar su opinión sobre cuestiones establecidas.”

Absolutamente comprometidos se puede ver jueves y sábados a las 21 en Teatro Payró, San Martín 766. Entrada: $ 120.

Fuente: Radar

jueves, 26 de febrero de 2015

Noemí Frenkel: Casandra iluminada


Verdades que nadie quiere oír

Inspirada en el mito, Frenkel imaginó un unipersonal donde Casandra representa “a todas aquellas voces que intentan revelar verdades que finalmente son silenciadas y ocultadas, a los que quieren poner el cuerpo y despertar conciencias”.

La actriz Noemí Frenkel solía leer en su infancia una versión para niños de La Orestíada de Esquilo, trilogía de obras signadas por la venganza, animadas por famosos personajes de la mitología, entre los cuales prefería a Casandra. No sabe por qué, pero se sentía atraída por el destino de la princesa troyana que obtuvo de Apolo el don de ver el futuro y que, castigada por el dios a causa de su soberbia, le fue negado el poder de persuasión. Así es como en varios pasajes se la encuentra a Casandra prediciendo desastres sin que nadie le preste atención. Como cuando aconsejó impedir que cierto caballo de madera enviado por los griegos ingresara a Troya.

Hace unos años, leyendo Casandra, la novela de la alemana Christa Wolf, Frenkel decidió que escribiría un monólogo inspirado en este personaje con la idea de interpretarlo. Bajo la conducción de la experimentada Patricia Zangaro, la actriz concluyó el texto que llamó Casandra iluminada, el mismo que acaba de estrenar en ElKafka (Lambaré 866, todos los jueves a las 21), en codirección con Silvia Goldstein. “Aunque el texto de Wolf es político y éste no lo es”, explica la autora y actriz en una entrevista con Página/12, “la idea de que la protagonista predice su propia muerte me llevó a imaginar cómo pudo recorrer ella el último tramo de su existencia”, aclara. En realidad, son dos los personajes –una mujer de hoy encerrada en una institución psiquiátrica y la Casandra del mito– que intentan darle a la muerte un sentido diferente.

Frenkel, quien tuvo la oportunidad de encarnar personajes protagónicos en cine y en televisión casi desde el comienzo de su carrera, dice estar viviendo ahora una experiencia poco transitada por ella: “Se trata de teatro hecho a pulmón y estrenado en cooperativa luego de un largo proceso de ensayos”, subraya. Según narra, a diferencia de otros actores, Frenkel casi no vivió “esas experiencias de grupo en las que los riesgos se toman sin la presión de la exposición”. Para concretar éste, su primer unipersonal, la actriz identifica dos elementos expresivos que se conjugan en íntima relación: el vestuario de Teresa Duggan y la música original de Carlos Villavicencio, “un sonido que está enhebrado al texto y al movimiento, porque el trabajo se organiza desde el cuerpo”, precisa.

–Más allá del mito, ¿de qué habla este monólogo?

–Los interlocutores de la mujer que se identifica con Casandra son los médicos que la observan y evalúan, aquellos a quienes ella no quiere revelar su secreto y romper así el pacto que la obliga al silencio. Se habla así de lo difícil que es dar a conocer una verdad, porque hacerlo lleva al rechazo. Esto puede suceder en el ámbito de la intimidad, por ejemplo en el seno de una familia que tiene un secreto del cual no debe hablarse. Pero también en otros contextos.

–¿Cómo explica esta dificultad a nivel social?

–Lo mismo puede darse en el orden mundial. Tanto en instituciones y corporaciones puede suceder el ocultamiento de una verdad, dado el carácter perverso, codicioso y suicida del mundo que estamos sosteniendo entre todos. Desde la industria farmacéutica, al negocio de las guerras y los armamentos, hasta lo que se elige para la siembra. Podemos referirnos a todas las decisiones que se toman desde los estados que significan un negocio.

–¿A quiénes representa Casandra?

–A todas aquellas voces que intentan revelar verdades que finalmente son silenciadas y ocultadas, a los que quieren poner el cuerpo y despertar conciencias. ¿Cuántos desastres ambientales que padecemos hoy fueron alertados tiempo atrás y fueron desoídas las advertencias? También podemos hablar de quien quiere revelar una interna o romper un pacto de silencio.

–¿En qué se diferencia su Casandra con el personaje del mito?

–En mi obra se mantiene la maldición de la que Casandra es objeto por recibir un don divino y rechazar los designios del dios. Lo que cambia es que aquí puede deponer su rebeldía. Entonces la muerte aparece como una oportunidad para liberarse de un estigma irrevocable que se soportó toda una vida. Esto cambia el carácter funesto que la tragedia tiene de la muerte.

–¿De dónde le viene la necesidad de cambiar la idea de destino?

–En los últimos diez años estuve muy comprometida en una búsqueda espiritual. Y a partir de la práctica de la meditación sé que es posible entrar en un estado de presencia que se conecta con un espacio interior en el cual la vida y la muerte tienen significados diferentes. Así, la muerte puede ser una experiencia no dolorosa, un medio para expandir la conciencia.

Fuente: Página/12
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