viernes, 29 de agosto de 2014

Moni Ovadia: Oylem Goylem


Cabaret, klezmer y humor en idish

El varieté judío, una gran tradición en Buenos Aires, regresa de la mano del búlgaro Moni Ovadia

La trayectoria del humor judío por judíos en Buenos Aires es extensa y remite a varias décadas atrás, cuando llegaron al país los primeros humoristas extranjeros de esa religión. Se trataba de espectáculos sin continuidad, donde el humor era la columna vertebral y se intercalaban melodías o danzas propias de esa colectividad. Este movimiento artístico se consolidó en la década del 40 y alcanzó su apogeo en la posguerra. Por aquel entonces, las primeras figuras eran actores invitados que llegaban a la Argentina desde los Estados Unidos o Europa, como Jacob Ben Ami, Maurice Schwartz, Menasche Skulnik, Joseph Buloff o Paul Burstein. Presentaban sus obras en idish en el Soleil, la más destacada de las cinco o seis que ofrecían temporadas de gran teatro judío y universal en la ciudad, como el Mitre, Excelsior, Cristal, Lasalle, Odeón y Astral. Después de la guerra, más artistas llegaron de Europa con renovadas formas de expresión. A su vez, el café concert desembarcó de la mano de Henry Güero, Max Perlman, Bension Witler hasta Schlomo Ben Ami y Berta Gerstein y Luba Kadison; y más cerca en el tiempo: Norman Erlich, Yaki y Frida o Walter Yonsky.

Recién llegado de Italia, Moni Ovadia aterrizó en Buenos Aires para presentar Oylem Goylem (en idish, El mundo es tonto), un espectáculo de humor judío y música inspirado en la cultura idish, producido por la Società Italia Argentina, que gira por el planeta desde hace 21 años.

Dramaturgo, compositor y cantante, Ovadia nació en Bulgaria, en 1946, en el seno de una familia judía. Se radicó en Milán, en 1953, donde se inició como cantante y músico de géneros populares. Después profundizó en el arte dramático, que lo llevó a convertirse en un músico-actor de teatro y cine de autor, bajo la dirección de Moretti, Monicelli, Andò y Faenza.

En esta oportunidad, presentará dos únicas funciones junto con la Moni Ovadia Stage Orchestra, en una puesta que recrea la forma clásica del cabaret y conjuga la música klezmer con pequeñas anécdotas, storiellas y bailes festivos. "El espectáculo se basa en los witz, pequeñas historias en forma de chiste o aforismo. No persiguen sólo el humor, sino una lección de vida, una revelación poética. Una luz que se enciende de repente y dispersa las tinieblas de la estupidez", dice Ovadia, sentado en el hall central del Teatro San Martín, donde se presentará mañana y el domingo.

"La cultura idish celebra la belleza del hombre frágil. La fragilidad del exilio es el centro radiante, ético y expresivo de esa cultura. En medio de la globalización de estos tiempos, todos estamos en camino de hacernos cada vez más frágiles, sobre todo los que no tienen el poder financiero. Por eso este teatro, basado en una estructura antigua muy simple, es un teatro cosmopolita, abierto al mundo, puede tocar todas las almas", sigue en un español fluido y marcado acento italiano, entre los ocho idiomas que asegura dominar en mayor o menor medida.

Autor de ensayos sobre la identidad judía, la espiritualidad y la ética, Ovadia sostiene que el humor judío se diferencia de otros en que los judíos se ríen de sí mismos, pero no se ríen de los demás, y que si bien el humor idish en particular puede hacer reír mucho, su objetivo principal es hacer pensar, a través de las paradojas: "Un viejo judío encuentra a Albert Einstein, y le dice: «Profesor, qué felicidad, qué honor saber que el más grande, que el más inteligente, es uno de los nuestros. Pero estoy muy triste, porque no entiendo su teoría de la relatividad. ¿Se la puede explicar a un pobre judío que nunca estudió la física y la matemática?» «Pero sí -dice Einstein-, no es difícil. Si usted está sentado en una cómoda butaca con una joven mujer maravillosa desnuda en sus brazos, una hora le parecerá un segundo. Pero si usted está sentado con su trasero desnudo sobre una estufa encendida, un segundo le parecerá una hora.» Muy perplejo, el viejo judío mira a Einstein, y le dice: «Profesor Einstein, ¿es con esto que se gana su vida?»"

Ovadia sostiene que a través del teatro intenta mostrar una visión del mundo, la idea de que la condición más alta para un hombre es el exilio. "Creo que la enfermedad más terrible de la humanidad es el nacionalismo. En la condición de exilio, un exiliado mira al prójimo en los ojos, en el alma, y no en el pasaporte o en su dinero. Un pueblo puede ser un pueblo sin fronteras, sin policías, sin ejército, y ser todavía un pueblo de cultura, de tradición, de fe. Es la obra maestra de judíos y de gitanos", advierte el artista italiano.

¿Su visión sobre el conflicto en la Franja de Gaza? "Soy muy crítico de la política que hace el gobierno de Israel en la región. Creo que la razón principal del desastre, aunque no la única, es la ocupación y colonización de las tierras legítimas de los palestinos por parte de Israel. Por resolución de las Naciones Unidas, Israel tiene sus fronteras. Cuando Sharon se retiró, puso el territorio de Gaza bajo sitio. Desde entonces, el control de las autoridades militares y civiles israelíes es total sobre la región, desde el agua, el espacio aéreo o el espacio marítimo hasta el registro de identidad de las personas. Luego dicen que Gaza es libre. No es verdad. Hasta que las autoridades israelíes no reconozcan la dignidad de los seres humanos, la nación y el pueblo de Palestina, nada cambiará. Es mi opinión. A veces choco conmigo", concluye.

OYLEM GOYLEM

Moni Ovadia Stage Orchestra

Mañana y el domingo, en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, Corrientes 1530.

Entre 120 y 150 pesos.

Fuente: La Nación

De la radio al Boris Club

Juegos de fábrica

Terminan los potentes Juegos de fábrica

Juegos de fábrica. Viernes, a las 20.30, en El Método Kairós, El Salvador 4530. Última función. Reservas al 4831-9663.

Lejos del cuentito tradicional, la idea de Juegos de fábrica, de Nicolás Manasseri, abreva en el propósito, el concepto, la entrelínea. La acción está situada en Buenos Aires, a principios del siglo XX, en plena inmigración, en una fábrica abandonada. Allí cae Fausto, un tanito adolescente recién llegado al país con su familia. Escapa de una educación y unas normas que le son ajenas, que antes de integrarlo prueban expulsarlo. Se topa con un grupo de preadolescentes que pasan buena parte de su tiempo en ese lugar. Última chance de ver esta multinominada obra a los Premios Hugo. Con Nacho Medina, Renzo Morelli, Fernanda Provenzano, Martina Zapico, Belén Ucar, Maru Villamonte y Luciana Fernández Méndez.

Fuente: La Nación

Norberto Gonzalo: Allende, la muerte de un presidente


Diálogos imaginarios de un líder

Dentro del ciclo de unipersonales Rebeldías, que se desarrolla en el Centro Cultural Raíces, la obra de Rodolfo Quebleen recorre, con la actuación de Jorge Booth, las últimas horas de la vida del ex presidente chileno.

“Sacamos del mármol a Salvador Allende: eso es lo que tenemos que hacer con nuestros líderes”, sugiere Norberto Gonzalo, quien dirige Allende, la muerte de un presidente. La obra, de Rodolfo Quebleen, y con la actuación de Jorge Booth, recorre las últimas horas de la vida del ex presidente chileno. “Es casi una autocrítica: él se asume en escena con sus temores, dudas y fantasmas. En un momento reconoce que no pudo ser presidente de todos los chilenos, pero que siempre fue de frente. Se asume como un luchador, un tipo con dudas y aciertos. Esto tiene un gran valor desde lo humano, lo político y lo histórico”, sostiene el director. Este espectáculo forma parte de la programación de un ciclo de unipersonales llamado Rebeldías, en el Centro Cultural Raíces (Agrelo 3045), donde se la podrá ver hoy y mañana a las 21. Además, se presenta todos los jueves en La Máscara (Piedras 736, a las 21).

El autor es un rosarino que vive en Estados Unidos hace más de 45 años. Trabajó como periodista en medios estadounidenses y de Europa desde los ’70. Conoció y entrevistó a Allende en 1971 y 1972, cuando expuso en las Naciones Unidas. La obra se estrenó primero en Nueva York, en 2006. Aquí, en Buenos Aires, fue Booth el primer interesado. Le acercó el texto a Gonzalo y él quedó encantado. En Buenos Aires estrenó en septiembre del año pasado. También la mostraron en Santiago de Chile, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, con apoyo de la Fundación Salvador Allende, y en Maracaibo, Venezuela. Hace unas semanas fue declarada de interés cultural por el Ministerio de Cultura. Gonzalo mantuvo reuniones con Quebleen, quien viajó al estreno en Buenos Aires y volvió a hacerlo este año, para el reestreno. “No ha contado mucho de la intimidad de Allende, sí detalles charlados en distintas entrevistas. Recibimos algunas referencias del autor, sobre esas trajinadas entrevistas que le inspiraron la decisión de plasmar este relato y transformarlo en teatral”, dice.

–¿Qué lo impulsó a dirigir este trabajo?

–Tras leerlo varias veces me pareció realmente atractivo e interesante, a pesar de las dudas que a uno le acometen cuando tiene la oportunidad de tratar estos personajes. Con dudas y temores decidimos encarar esta aventura y estamos contentos con el resultado. El proceso fue difícil y duro, pero muy atractivo. A pesar de ser un unipersonal, aparecen distintos interlocutores, a través de sus recuerdos: adversarios, seguidores, pueblo, ideología... todo esto está en juego en el texto. Se consiguió un resultado muy atractivo, estamos conformes con el traslado al teatro de esas horas de Allende, que dialoga, incluso, con la bandera de su país, escena que surgió como parte del trabajo.

–¿Cómo trabajaron la composición del personaje?

–A partir del texto fuimos trabajando diferentes aspectos de su vida. Aparecen recuerdos familiares, compañías y soledades, presencias y ausencias en lo político y lo ideológico. Hay diferentes matices que hacen a la personalidad de este hombre. Hay evocaciones permanentes hacia sus mujeres, tanto a su esposa como a la que fue su compañera y secretaria, Payita. Hay evocaciones de todos estos personajes, sus hijas, compañeros de militancia y adversarios. La obra recurre a los diferentes diálogos con esas personas, seres que acompañaron su vida familiar y política. Siempre habla Allende, monologa. Lo que sucede es que esos seres están tan presentes a partir de sus evocaciones que prácticamente están corporizados en el escenario. Jorge ha sido un laburante muy importante porque ha aceptado todas las reglas de este juego dramático, se ha metido en una carnadura muy difícil de conseguir, sin siquiera apelar a un acento particular. Apenas está insinuado el acento chileno. Se produce una sincronía, una similitud que sorprende.

–¿La obra puede entenderse como un homenaje a Allende? ¿Es una biografía?

–Es, más bien, una evocación. Una aparición. El homenaje surge como resultado de esta puesta: transmitir este personaje implica homenajearlo. El público lo recibe así.

–¿Desde qué lugar la figura de Allende nos interpela hoy?

–De la mejor manera, porque su figura tiene un correlato más que nunca en este momento, con la integración de una patria grande soñada. Tuvieron que pasar más de 40 años para que esto empezara a ser una realidad o por lo menos un camino transitable. Ahora más que nunca estamos hablando de una patria grande real, integrada por los gobiernos populares de América latina, entonces Allende vuelve a erigirse como factor unitario de toda esa ideología. ¿Dónde estaría ubicado Chile con Allende en este momento? La respuesta es obvia, de esa manera nos interpela, renovando nuestra convicción de la Patria Grande, que empieza a ser posible, más allá de las dificultades, con los buitres de adentro y de afuera.

–La trama tiene un elemento bien presente, actual, ya que en enero la Corte Suprema chilena determinó que Allende se suicidó.

–No concordamos con eso, que entra en materia ideológica, de discusión. Para nosotros fue un asesinato. Varias veces durante la obra, él declara públicamente que no va a rendirse. Para nosotros recibe esa ráfaga mortal que termina con su vida. Estamos seguros de que es así.

–¿En qué favoreció que la obra sea un unipersonal y qué dificultades tuvieron?

–Todo unipersonal tiene dificultades y aciertos. Las dificultades son la necesidad de encontrar interlocutores. Pero no creo que sean espectáculos de una sola persona. Son hechos colectivos, el actor forma parte de un equipo. En cuanto a aciertos, cuando hay un autor accesible, permeable, comprensivo y flexible, es interesante lograr su adhesión. Muchas veces tenés que meterle mano al material para moldearlo a circunstancias que exige la puesta, para convertir en creíble ese personaje. Es el temor que producen los unipersonales, sobre todo cuando son sobre este tipo de personajes, tan históricos, reconocibles, idealizados.

Fuente: Página/12

Detalles del ciclo
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