martes, 24 de mayo de 2016

Pablo Messiez


El teatro, un espacio donde estar juntos

Pablo Messiez recibió en España el premio Max por La piedra oscura, sobre los últimos años de García Lorca, y prepara Todo el tiempo del mundo, otro ejercicio sobre la memoria

MADRID.- Ahí, donde los domingos nace la interminable hilera de puestos de El Rastro, esa feria a la que le cantó Joaquín Sabina, está Pablo Messiez. Y en ese enclave tan madrileño pide un alfajor de maicena con dulce de leche. Saborea algo que sus papilas tienen guardado en su memoria y también un gusto flamante: el de la feliz resaca de los brindis de la victoria.

Las nieves del tiempo platean su sien en Madrid desde 2009, donde no deja de regresar una y otra vez a su primer amor: el teatro. Y así, hace días subió al escenario a recoger la distinción que recibió como mejor director por su labor en La piedra oscura, de Alberto Conejero, durante la entrega de los premios Max, el galardón al teatro español; la pieza, centrada en la vida de Rafael Rodríguez Rapún, compañero de Federico García Lorca en sus últimos años de vida, se llevó además la estatuilla al mejor espectáculo.

Como un guiño al célebre tango de Alfredo Lepera, Messiez habla sobre el paso del tiempo, que es su obsesión artística y tópico sobre el cual prepara una obra en homenaje a su abuelo, ambientada en una zapatería. "Si a mí me pasó algo, y lo olvidé, y si nadie habla de algo que sucedió, queda para siempre en el olvido. Entonces, ¿existió? ¿cuándo?" Todo el tiempo del mundo se estrenará en noviembre y, en ella, actuará la gran actriz argentina Fernanda Orazi, con quien él ha creado una sociedad artística poderosa.


Así como existen las "chicas Almodóvar", Messiez se sumerge en los universos femeninos con una perspectiva particular y delirante, bella y estridente. Ejemplos de ese gesto artístico son Muda, Las plantas (pieza que tuvo sólo dos funciones en un gélido invierno de 2013, en la imprenta de Juan de la Cuesta, la misma donde se confeccionó el Quijote y que debió extenderse a pedido del público) y Los ojos. "Hay algo del mundo expresivo de la mujer que me parece muy atractivo. Me gusta que los personajes tengan cierta imprevisibilidad, encontrar en ellos algo animal, que se animen al exabrupto", dice.

Hace algunos meses estrenó La distancia, su versión de la polifónica novela de Samanta Schweblin Distancia de rescate, donde aparecen dos mujeres envueltas en situaciones de compleja explicación.

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Galaxias oníricas y un terreno fértil para jugar. Con su primer sueldo de actor, que embolsó por su personaje en Esperando a Godot, Messiez fue a la Feria del Libro y compró un ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas. Como si de un hilo invisible se tratara, así es su teatro: lúdico y, a la vez, respetuoso, como Lewis Carroll, de la palabra en todos sus matices. "Me interesa nombrar las cosas que queremos que no se pierdan y hacerlo con dedicación. Al nombrarlas, les das existencia."

Y así, coherente, cuenta la historia de ese chico que el día que cumplió 15 años fue, con su regalo -efectivo en mano-, a golpear la puerta de la escuela de Lito Cruz. Era demasiado joven, así que Carlos Moreno, encargado del taller para adolescentes, fue quien lo recibió, y luego vendrían Cristina Banegas, Ricardo Bartís, Rubén Szuchmacher (con quien hizo El siglo de oro del peronismo) y Juan Carlos Gené.

Pablo tiene dos hermanos y recuerda un lugar donde fue feliz, pero no está anclado en el presente ni en el pasado -por el contrario, su exploración tiene que ver con el flujo del tiempo-; además, es versátil y goza de prestigio en una labor que ama. Sin embargo, hay una obra y un autor que lo marcaron a fuego.

Recuerda la larga cabellera de Paula Canals acariciando el piso de la sala Casacuberta mientras se hamacaba en la primera versión de Tres hermanas, a la que él asistió, dirigida por Inda Ledesma. Años después, a las órdenes de Daniel Veronese, interpretaría a Irina y también a Natascha. Con esta producción viajó sólo por unos meses a Madrid, adonde llegó como miembro de un elenco al que adora, y se fue quedando, afortunadamente, no como las tristes hermanas, sino por libre elección.

Además, su vínculo con Chejov continúa. Pablo viajó a Rusia -tres veces- para montar su versión de La piedra oscura en el Teatro del Arte, el mismo donde Chejov estrenó su obra dramática, el mismo que fue dirigido por Konstantin Stanislavski. "Es un mundo tan distinto que te enfrenta de modo radical a la dificultad que tenemos todos para comunicarnos. Al principio me encontré con cierta resistencia hacia algunas cosas que pedía, pero luego pasó lo mismo que se muestra en la obra, donde dos posturas tan distintas comienzan a dialogar."

Lejos, muy lejos de la melancolía chejoviana y del lamento del acordeón, Pablo celebra cada ensayo y cada función. "El teatro es un entrenamiento de convivencia, intentar que la gente se lleve, que todo funcione, un lugar para estar juntos. Cuando armás el elenco, ya tenés, en esa selección de biografías, el 70 por ciento de la obra. Cuando invitás gente a tu casa, tenés que pensar muchas cosas: a quién invitás -y si estas personas se van a llevar bien entre sí-, qué música pongo, la luz, mi ropa. Para mí, eso es el teatro: una fiesta."

Fuente: La Nación

Yo no soy Amy


Amy, tan sola y desgarrada, su vida hecha un musical

Rostros cerca en el Maipo Kabaret con su ágape de mesitas amablemente promiscuas, piernas y codos que se rozan, charlas privadas servidas sin culpa junto a alguna copa mientras la espera es reunión. El show está por comenzar ahí, frente a nuestras narices, pero hasta que no despegue nadie en el bullicioso montón sabrá del todo si está en ese lugar por Amy Winehouse o por Mariú Fernández, o un poco por cada una de ellas. Al salir, tendrá razones para contar que Yo no soy Amy es el espectáculo de Mariú y no su excusa para subirse a un par de zapatos famosos.

En primer lugar porque cualquier tributo no humorístico corre el riesgo del ridículo si no se logra atravesar la pátina superficial del gesto. Y porque no debe ser tarea sencilla acercarse al estilo negro de una contralto cuando la que actúa es soprano dramática y, además, expresivamente inquieta y no casi hiérática como lo era la cantante británica, que murió en 2011 a los 27 años. En este debut como protagonista, la actriz, cantante y bailarina Mariú Fernández -destacada antes en Candombe nacional, Los productores, Sweet Charity, El pasajero, Tango feroz, Rent y, entre otros, Shrek- interpreta a su propia Amy Winehouse, la que armó de a sorbos, llamada por su voz oscura y el dolor que la alimentaba.


Aunque la conversación artística entre ambas empezó a escucharse en pubs en 2013, bajo la forma del tributo, Yo no soy Amy es mucho más que un recital de covers. Es una obra escrita por Osvaldo Bazán, periodista y autor de Y un día Nico se fue y Yiya, el musical, quien le dio forma a la historia poniendo sobre la mesa la identificación y el confuso desvarío Mariú-Amy/ Amy-Mariú: una poseída por la otra, atrapada en esa identidad atractiva llena de conflictos. Es un trazo bastante lineal que enhebra lo biográfico con los temas de los álbumes Frank y Back to black, sin cambios de vestuario ni interrupciones.

Acompañada por una banda de nueve músicos dirigida por Leandro Becker y con las intervenciones de los multifacéticos Manuel Victoria y Federico Coates -anfitriones, hacen también coros, bailan y actúan-, la protagonista pasa de un estado a otro, de la certeza del acá estoy a la duda de quien decide buscarse. Ese tour de force es la marca del director Dennis Smith (Negra, Boy Scout, Sally, una farsa), que estructuró un continuum en el que fluyen el unipersonal intimista, el homenaje, la comedia y el recital.

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Sin embargo, lo más sustancioso son las canciones en la voz y el cuerpo de la protagonista, que hipnotiza al público por el parecido a Amy aunque sin agotarlo: siempre queda abierto el espacio en el que asoma la angustia de ser y no ser otro. Ni más ni menos: dual y desnuda, lo que aflora en Yo no soy Amy es la verdad de la actuación.

En el final, el aplique de pelo y el moño característicos caen y, con ellos, el juego de personalidades que son sustento de la obra. Queda la intérprete, que es solo una, y el espíritu de un personaje que cada noche vuelve a tomar esa efímera vida en lo que dura una función.

Fuente: La Nación

Sala: Maipo Kabaret, Esmeralda 443 / Funciones: viernes, a las 22.30