martes, 26 de septiembre de 2017

Quién retiene a quién


"Quién retiene a quién": Hay que aprender a soltar

El musical no llega a conmover, cuando el material en el que hace base implica un compromiso emotivo del espectador con la obra.

Ya desde hace un tiempo en nuestro país el término musical abarca mucho más que la comedia. Hay ejemplos de sobra, con Casi normales y Cabaret a la cabeza. Estamos hablando de obras traídas del extranjero, con adaptaciones supervisadas desde sus creadores de origen. Pero también hay autores nacionales que abrevan en el género.

Quién retiene a quién es un drama musical, con apuntes de humor, que viene “de afuera”, pero que tiene mucha impronta del musical “de adentro” y del off. Por de pronto, el tema no es un vehículo a la risa ni a la sonrisa: cómo quienes (sobre)viven a la muerte de seres queridos intentan, pero no pueden, conectarse con ellos.

La obra, que se da sólo los martes a las 21 en la sala más pequeña del Metropolitan, va más allá, al plantear que también son los espíritus quienes desean establecer contacto con quienes quedaron con los pies en la Tierra.

La trama de la obra (Hereafter, con libro, música y letras de Vinnie Favale y Frankie Keane, con adaptación del hasta ahora siempre efectivo Marcelo Kotliar), incluye a un médium (Fabián Vena, en su primera incursión en un musical) y tres mujeres que llegan a requerir su ayuda. Una hija que se suicidó, un hijo que sufrió un accidente y una madre que murió de cáncer son los espíritus a contactar por Jason Richards, metódico y de rictus serio, quien también tiene en el debe conectarse con una estrella de medio pelo de Hollywood –las acciones transcurren en los Estados Unidos-.

El principal escollo que encuentra Quién retiene a quién es que no llega a conmover, cuando el material en el que hace base implica un compromiso emotivo del espectador con la obra.

Los motivos por los que esto desafortunadamente no ocurre pueden ser varios.

Uno es la amplitud y/o diferencia de registros sobre el escenario. Florencia Otero (la estrella de Hollywood que oficia casi como secretaria o intermediaria del médium) tiene una presencia y una prestancia que, cuando actúa, canta o camina, hace que los ojos no se despeguen de ella. Pero Laura Oliva (la madre que falleció de cáncer) está en otra dimensión. Desde que sale, ya avanzada la obra, al escenario está volcada a la comedia. Puede ser algo como un comic relief, pero por más que luego se vuelque al drama, ambas actrices no están en la misma sintonía. Algo no cuaja.

Lo que también ocurre con los otros personajes, más que con los actores, y en particular, sí, con Vena, quien sufre al quedar encorsetado en un personaje dramático y que cuando canta está lejos de conformar.

La pregunta es por qué se lo invitó a él, y aquí ya entrarían otras cuestiones, porque estaríamos hablando de una marcación de actores, al menos despareja o desproporcionada.

La dirección de Juan Alvarez Prado no es, entonces, la más acertada. En Los últimos cinco años sucedía esto, algo que había revertido en Embarazados, con Florencia Otero y Eliseo Barrionuevo.

Pero los problemas parecen provenir de la obra propiamente dicha. Si no, es una desinteligencia entre la adaptación y la dirección.

Meri Hernández, Tiki Lovera, Florencia Rovere, Elis García y Máximo Meyer son los otros intérpretes de este musical que cuando arranca no tiene demasiado ímpetu y que termina apelando al sentimentalismo, pero sin lograr el resultado que sus hacedores seguramente anhelaban.

"Quién retiene a quién"

Drama musical. Libro, música y letras: Vinnie Favale y Frankie Keane. Adaptación: Marcelo Kotliar. Dirección: Juan Alvarez Prado. Con: Florencia Otero, Laura Oliva, Fabián Vena, Meri Hernández, Tiki Lovera, Florencia Rovere, Elis García y Máximo Meyer. Sala: Metropolitan, los martes a las 21 hs. Entradas: $320.

Fuente: Clarín

Coronado de gloria

Historias detrás del Himno Nacional argentino

Sobre la construcción de un relato: de eso habla, fundamentalmente, Coronado de gloria, obra escrita por Mariano Cossa y dirigida por Daniel Marcove en el Teatro del Pueblo. Sobre cómo operan los signos, sobre cómo se gesta un discurso, sobre el lugar que tiene lo simbólico en aquella disputa originaria llamada “batalla cultural”. Lo hace de dos formas: desde la historia misma que cuenta, la del origen y creación del Himno nacional argentino, y desde la óptica que elige para hacerlo: el relato del compositor español que puso música al poema.

El punto de partida ya es emocionante: a pocas piezas musicales las rodea tanto mito como al Himno, originalmente llamado Marcha Patriótica, encomendado por el Triunvirato revolucionario por considerarlo necesario para dotar de “identidad y mística” a esa porción del Nuevo Mundo. La historia oficial cuenta que fue escrito por Vicente López y Planes, entonces censor oficial del nuevo gobierno, y compuesto por el catalán Blas Parera, que se encontraba viviendo en territorio de las Provincias Unidas cuando estalló la revolución. Pero hay versiones que indican que el compositor no habría querido ser parte de lo que en su tierra natal luego llamarían “conspiración”, sino que habría sido obligado por la junta de gobierno. Precisamente así empieza la obra, que recoge ese relato: con Parera en la oficina de migraciones de Cádiz siendo interrogado por un marqués que lo obliga a contar su versión de los hechos para intentar salvarse del castigo y la prisión perpetua.

Fuente: Página/12