Nota del 19 de enero
Gadano y Onetto salen a escena con "El Arco del Triunfo"
Los actores Nacho Gadano y Victoria Onetto, dirigidos por Daniel Suárez Marzal, debutan en el teatro Regina con "El Arco de Triunfo", una comedia sobre la emigración y la nostalgia que tiene como telón de fondo la crisis argentina de 2001 y que fue escrita por Pacho O`Donnell.
"Mi personaje se va en 2001 empujado por el mandato paterno de salvarse y, cuando regresa, supuestamente victorioso, Argentina ya es otro país", explica Gadano en charla con Télam y aclara que la trama de la obra sobrevuela constantemente la fantasía de los argentinos de que la calidad de vida en otros países siempre es superior a la nuestra.
El actor agrega que "la añoranza por amor, el culto al barrio y a los amigos, más algunos elementos del folclore futbolero delatan la marca del O`Donnell historiador pero, fundamentalmente, al hombre de la cultura".
Gadano subraya que "la familia argentina desciende de italianos, españoles y judíos y que influye mucho sobre las decisiones de sus hijos, especialmente en tiempos de crisis, cuando se nota más la presión para que los herederos den el manotazo de ahogado y escapen con la exigencia de `hacer la América pero al revés`".
"Eso es lo que sucede a Tincho", el personaje que compone en "El Arco de Triunfo", remarca el actor.
Acompaña a Gadano en esta aventura teatral, Victoria Onetto, que en la pieza de O`Donnell encarna a Norita, la eterna enamorada que espera al personaje principal durante su ausencia y está dispuesta a retenerlo.
"Norita personifica el amor más allá de todo, ya desde la primera escena aparece como si fuera una suerte de ensueño y durante un buen rato no se sabe bien si es producto de la imaginación de Tincho aunque luego cobra un halo más terrenal", destaca Onetto en una primera descripción de su personaje.
Un rasgo central de la trama de la obra emparenta al autor y al director de la puesta, ya que O`Donnell vivió fuera del país (exilado durante la dictadura militar y como embajador en Bolivia y Panamá durante el gobierno de Carlos Saúl Menem), y Suárez Marzal residió en Austria y estuvo al frente del Centro Andaluz de Teatro de Sevilla por más de 10 años.
"No es fácil vivir afuera y estar, de alguna manera, en situación de exilio, porque para nosotros los rasgos que hacen a la identidad pesan muchísimo", señala Onetto sobre la disyuntiva de la emigración.
La comedia despliega durante una hora una sucesión de cuadros humorísticos que no se encadenan necesariamente entre sí y "donde pasa de todo y hasta despunto el vicio de cantar", puntualiza Gadano, quien viene de una temporada teatral exitosa con "Don Arturo Illia", de Eduardo Rovner con un elenco encabezado por Luis Brandoni.
"El Arco de Triunfo" se estrena hoy en el teatro Regina (Santa Fe 1235) y las funciones se realizan jueves, viernes y sábados a las 21 y los domingos a las 20.
El elenco se completa con Miguel Jordán, Ana María Castells y Ariel Pérez De María en una puesta donde la iluminación es de Gónzalo Córdova y el sonido de Guillermo Juhasz.
Fuente: Télam
sábado 28 de enero de 2012
Nacho Gadano y Victoria Onetto: El Arco de Triunfo
Fernando Samartin y Natalia Cociuffo: Por amor a Sandro

Nota del 19 de enero
La leyenda del ídolo revive en un musical
Fernando Samartin y Natalia Cociuffo hablan del espectáculo que estrenan mañana sobre la obra y figura de Sandro y la devoción que genera en sus “nenas”.
Verlo sobre el escenario es retroceder cuatro décadas: es como si el Gitano estuviera allí, enamorando a sus “nenas” y cantando con la cadencia suave de siempre. La voz, los gestos, pero sobre todo la corporalidad de Fernando Samartin –28 años, de Avellaneda, pero que interpreta a Sandro para ganarse la vida desde hace ocho– hacen posible lo imposible. Canta “Rosa, Rosa” y le alcanza una rosa colorada, enorme, a su “Nena” preferida en esta ficción, encarnada por Natalia Cociuffo –la Roxy Hart de Chicago, sí; pero además una actriz y cantante de probada trayectoria en las tablas del musical local–, que lo mira arrobada entre un coro de jóvenes frenéticas y exaltadas. La escena podría remitir a una de las películas que Roberto Sánchez filmó durante la década del ’70, pero el escenario del Broadway revive hoy ese fanatismo en Por amor a Sandro, el musical original de Daniel Dátola que desde mañana subirá a escena.
Dirigido por Ariel Del Mastro, una garantía de calidad en la dirección de musicales, y con un equipo creativo y técnico de lujo (ver Un seleccionado…), el show está protagonizado por un jovencísimo émulo del Gitano y por Cociuffo, secundados por Christian Giménez en el rol del marido de la fanática enamorada y una veintena de actores y cantantes, varios de ellos –Leo Bosio o Déborah Turza, entre otros– de lo mejor de las nuevas camadas del musical argentino.
El musical narra la historia de Alicia, fan incondicional del ídolo durante 40 años. Ella lo conoce de adolescente, y se enamora de él y de su música. Y después, en un baile, conoce a Antonio, de quien también se enamora porque lo ve parecido a su ídolo. Se casan, tienen una familia, pero ella sigue teniendo devoción por Sandro. Arma un santuario en su casa paterna, donde vive con su familia. Todas las noches se encierra a “encontrarse” con él, sus fotos, sus discos, sus canciones. Lo sigue, va a su casa a Banfield a festejarle los cumpleaños. Sólo le importa él.
Para la interpretación, el elenco se puso en contacto con las verdaderas “nenas” de Roberto Sánchez. Una de ellas, Graciela, habló emocionada en la presentación de prensa del espectáculo, y al ver los números se les notaba la emoción de revivir por un ratito aquellos años dorados.
Los productores estuvieron casi de gira buscando al Sandro indicado. “Cuando dieron con Fernando –se aventura a decir su compañero de elenco, Christian Giménez– supieron que lo habían encontrado: una cosa es imitarlo y otra es actuar, y Fernando tenía esas posibilidades. Aunque el joven diga que lo que más lo desafió fue, precisamente, encontrar ese tono entre la imitación y el homenaje”, (ver recuadro).
Pero fuera de contexto, Samartin impresiona, no sólo por su parecido con el joven Sánchez sino también por la voz, el estilo y la interpretación. De las giras por clubes, teatros y escenarios de todo el país a la calle Corrientes parece haber un largo trecho, pero para Samartin, el camino fue casi sin escalas.
–¿Qué te pasó a vos cuando te enteraste del proyecto?
–Primero preguntaron por mí, vinieron a ver el espectáculo para ver si era lo que necesitaban (N. de R. Samartin estaba presentando su espectáculo Culto Gitano en el Teatro Roma, de Avellaneda), y querían ver cómo era yo. Mi show es de primer nivel, toco con los mismos músicos de Sandro –de hecho, el pianista y arreglador Sebastián Giunta forma parte del elenco del musical– y estoy caracterizado por Andrés Parrilla, imaginate que una nariz de cotillón no me iba a poner... Si había un mango, nos lo gastábamos en el show, siempre se trató de dar lo mejor a la gente, y me dijeron: “Bueno, acá está el libro.” Lo leí y me reí imaginándome todo, porque tiene partes muy divertidas. Cuando quedé, me puse a estudiar actuación, para pulir unas pequeñas muletillas y temas físicos, y aprender qué hacer cuando me dicen: “Parate en esa luz porque si no no salís” (risas).
–¿Y llegar a la calle Corrientes?
–Estoy en otro mundo, esto es la Primera A total, no lo puedo creer. El grupo es genial y la pasamos como en un viaje de egresados. Entré con perfil bajo, estaba nervioso, me esperaba encontrar una hoguera de las vanidades y nada que ver. Todo es improvisación en lo que hago yo, y acá hay un texto. El primer día de ensayo vieron que estaba perdido, y todos me ayudaron. Yo no veía musicales y ahora me arrepiento. Tengo la suerte de que cuando los chicos hagan otras obras me van a invitar… (risas) Pero esto es un privilegio. Quiero salir de mi cuerpo y sentarme en la platea para ver el espectáculo. En el número en el que las “nenas” cantan “Dame fuego” me da piel de gallina. Es mágico. La gente se va a encontrar con una historia de amor. Esta es una obra de teatro que se resuelve con canciones de Sandro. La gente cantará, se reirá con nosotros.
EXPERIMIENTADOS Y FELICES. Natalia Cociuffo y Christian Giménez son amigos. Se conocen de largas audiciones y mucho trajín sobre los escenarios del musical local. Ella dejó un papel en Mamma Mia en el que había quedado después de Chicago. “Querían verme especialmente para este personaje, fui un poco resistente porque ya tenía este compromiso, y era otro rol, otra carga –primer protagónico full. Cuando fui a la audición quería ver cómo me vibraba el papel, con los chicos y los directores. ¡Y tenía que ser! Hice “Quiero llenarme de ti” durante cuatro años, una comedia musical en la que hacíamos números de Sandro, así que esa pasión de su mundo, yo la viví y me encantó. Esas canciones son totalmente distintas. Me encanta que sea una propuesta cien por ciento argentina”, dice entusiasmada.
Su compañero y marido en la ficción asiente: “Me presenté a una convocatoria a la que no sabía de qué se trataba. Cuando vi el texto que había para estudiar, empecé a leer y me enamoré de los personajes. Me pasó como nunca, con la cantidad de audiciones que tengo en la lista, casi me obsesioné con esto, y lo luché hasta el último día. Fue maravilloso cuando quedé, porque fueron dos meses de audiciones.”
Coinciden en el grupo de gente: parece remanido pero juran que esta vez es así. “La energía de grupo es muy interesante, y nos estamos metiendo en contar esta historia que a mucha gente la emocionó durante toda la vida”.
“Las nenas –dice ella– son una carga de responsabilidad. Tenemos tanta información de su parte, nos contienen tanto que no tengo miedo de lo que puedan pensar. Cuando llegué dije ‘qué voy a hacer cuando me vengan a esperar a la puerta del teatro’ pero ahora no tengo miedo”, asegura.
Para Giménez, el compromiso es distinto: interpreta al marido de una fanática, esos hombres que se resignaron a vivir compartiendo a la mujer amada con el ídolo. “Pensé: ‘A mí no me van a tirar con una bombacha, me van a tirar con la butaca de una platea.’ Pero está todo armado, con un libro escrito con respeto y admiración, y hay una dirección de actores –a cargo de Rubén Viani– que está muy cuidada.”
Para Cociuffo, “las cosas van llegando en el momento correcto: Christian me ayudó para llegar a la audición de Roxy Hart (en Chicago) y esto es un escalón arriba a nivel interpretativo. Te moviliza: hay que componer una de veinte, otra de cuarenta y otra de sesenta; hay mucho texto y el trabajo actoral es mayor. Estoy encontrando algunas maneras para diferenciar y probamos distintas cosas, movimientos, es muy difícil combinar todo. Hay que encontrar el tono correcto para hacer de las chicas que nos vienen a ver y están en esa edad (los sesenta).” Pero el amor por el ídolo parece no tener edad: “Cuando ellas escuchan la música de Sandro –dice Giménez–, o se ponen a hablar de él, tienen 20 años. Es increíble. Nosotros, los varones de la obra, tuvimos que adaptar esa energía a la de las ‘nenas’, tanto las de la ficción como las que suponemos estarán en la platea.”
Las rosas y los gritos están listos. Sólo falta que se abra el telón y todas jueguen, por un ratito, a reencontrarse con Roberto/Sandro y revivir ese amor de juventud.
Fuente: Tiempo Argentino
Magnético y eterno
Un seleccionado del género
jueves 26 de enero de 2012
Juan Leyrado: Mineros

“El mejor modo de aprender es haciendo”
La obra teatral, que cuenta con dirección de Javier Daulte y reúne el mismo elenco de Baraka, se basa en una historia real: un grupo de mineros ingleses toma un curso con el objetivo de iniciarse en las teorías de la apreciación artística, sin imaginar las consecuencias.
La obra del británico Lee Hall (guionista del film Billy Elliot) acaba de subir a escena en el Teatro Metropolitan (Corrientes 1343), bajo la dirección de Javier Daulte, también autor de la versión del texto original, entrenado en Broadway el año pasado. La puesta del director reúne al mismo elenco de la exitosa Baraka: Juan Leyrado, Hugo Arana, Darío Grandinetti y Jorge Marrale, esta vez acompañados por Milagros Almeida, Patricia Echegoyen y Juan Grandinetti. Mineros. El arte puede ser para todos se basa en una historia real: un grupo de mineros de la ciudad inglesa de Ashington toma un curso con el objetivo de iniciarse en las teorías de la apreciación artística, sin imaginar que terminarían convertidos en artistas plásticos reconocidos. El hecho sucedió en la década del ’30, cuando un grupo de mineros decidió, por intermedio de la Asociación para la Educación de los Trabajadores, tomar un curso sobre arte. “Queremos ver una pintura y saber qué significa”, demandan a su profesor los personajes de la obra.
Leyrado tiene, en relación con el tema principal de la pieza, una experiencia personal. Durante algunos años formó parte de los talleres de pintura de Juan Doffo: “Yo no sabía pintar –cuenta en la entrevista con Página/12– y, cuando empecé, quedé fascinado no solamente con el hecho mismo de pintar sino también de lo que conseguía hacer. Pero cuando empecé a tener alguna idea de la técnica, de la teoría, yo sentí que algo de mi esencia se había cortado”. De este modo, Leyrado pone de relieve la diferencia entre el placer que la expresión artística puede deparar a todos, sin diferencias, y el rigor que demanda el aprendizaje de la técnica o el trabajo intelectual que supone la elaboración de una propuesta plástica. La contradicción aparece, como ocurre en la obra, cuando galerías y marchands ponen su atención en la obra de aquellos que sólo buscan expresarse e intentan negociar con ellos.
–¿Cuál es el punto de arranque de esta obra que sostiene que el arte puede ser para todos?
–La obra se basa en un hecho real ocurrido en los años ’30: el sindicato de mineros alentaba a los trabajadores a tomar diversos cursos. Harry, mi personaje –un ex minero marxista– quiere, en realidad, tomar un curso de economía, pero no se encuentran profesores. En cambio, reciben a Lyon (Marrale), un profesor que viene de Londres, con gran preparación.
–¿Por qué los alumnos no aceptan su propuesta?
–La verdad es que ellos mismos no saben bien qué es lo que quieren. Entonces el profesor propone a sus alumnos que la mejor manera de aprender es haciendo, ingresar al mundo de la pintura, pintando. Yo, personalmente, tengo la misma posición.
–¿El arte es, efectivamente, para todos?
–Sí, todos deberíamos tener la posibilidad de expresarnos, tendría que ser un derecho innegable. Pero esto siempre ha sido impedido por una sociedad que no da lugar a todos para expresarse. Es cierto que el lugar podría hacérselo cada uno, pero es difícil superar lo que ya está instituido: el artista sale de la academia.
–¿En todas las artes pasa lo mismo?
–El mundo de la pintura es diferente al de la música: hay muchos músicos nuestros que han sido de extracción popular. En cambio, la pintura que ocupa los grandes salones sale de las academias. Las clases trabajadoras no tienen contacto con ese mundo, porque no existe una tradición cultural que le haga comprender que todos pueden expresarse en la pintura.
–¿Hay contradicción entre libertad y técnica?
–No creo que para expresarse haya que saber pintar: el resultado, en todo caso, lo completa el que mira la obra. Pero el mercado es otra cosa diferente a la expresión. Los críticos son los que dicen si una obra es buena o mala para ser vendida. En la obra, también los personajes entran en contacto con el mundo snob de las galerías. Ellos crean a partir de sí mismos, de su propia esencia, sin prejuicios.
–¿Cómo es Harry, su personaje?
–Es un hombre que se ampara en el discurso político, repite, recita la teoría. Es la práctica artística lo que permite que él pueda humanizar sus ideas y salir de ese encierro dogmático.
–¿Qué observaciones le merecen los otros personajes?
–La obra es un cuento que integra música, proyecciones, una gran escenografía. No pone de relieve el planteo de cada personaje –el del profesor (Marrale), el sindicalista (Arana) o el mío, el marxista–, sino que cuenta la conmovedora historia de unos mineros que salen a la superficie no solamente manchados de carbón sino también de pintura.
–Son personajes diferentes a los de Baraka...
–Sí porque en Baraka eran amigos que, a pesar de que se traicionan, elegían estar juntos. Estos mineros son una familia: individuos que no se eligen, que se cuidan mutuamente para sobrevivir.
* Mineros. El arte puede ser para todos Teatro Metropolitan (Corrientes 1343) miércoles, jueves y domingos a las 21, viernes a las 21.30 y sábados a las 20.15 y 22.45.
Fuente: Página/12
Un proyecto cultural
