martes, 22 de julio de 2014

Soy solito

Un títere poético y bello

Soy solito conmueve desde el título: el personajito en cuestión, además de autodenominarse en diminutivo, utiliza un verbo que elude la forma pasajera. Las personas "están" solas, porque el "estar" implica un estado transitorio. Este pequeño títere "es solo". Pero no elige la soledad, por el contrario, en su respiración, en su pulso, se observa la impaciencia. Nada parece salirle bien; el universo, tenga la forma que tenga (animalito, mujer-títere, tormenta), se pone, por acción u omisión, en su contra. Pero sus reacciones son tan destempladas que causa gracia y ternura a la vez.

La música no ilustra, sino que marca el paso de los acontecimientos. Está más cerca del relato que de la mera compañía; provoca incluso, en más de una ocasión, el movimiento del títere como si no pudiera sustraerse a su encanto.

Soy solito nos propone la técnica tradicional de títere de mesa. El rectángulo-mesa es el espacio de desplazamiento, de sostén, pero los espacios donde transcurre la acción varían. El interior de su casa, el living, la habitación o la plaza se suman a un espacio que no responde a una construcción realista, sino vinculada con lo onírico. El reconocimiento de los espacios de ficción se da a través de los objetos. Pero así como hay algunos que construyen el espacio hay otros "objetos" que no funcionan como objetos, sino como personajes: la rubia y la morocha, el pájaro, los perros.

Pucho, el títere protagonista, tiene pocos centímetros y es manipulado por dos titiriteros, Ema Fernández Peyla y Gerardo Porión. Al margen de las necesidades técnicas de manipulación, por decirlo de algún modo, como es altamente expresivo, el trabajo entre dos permite mayor nivel de detalle en los movimientos. Pero, además, en términos simbólicos es un pequeño objeto manipulado por dos personas.

El planteo temático establece un vínculo con nuestro universo. Él espera una llamada, obtiene una cita, se sienta en una plaza, se desilusiona. En cuanto observamos al títere vemos que aunque tiene forma de hombre hay algo de engaño en la construcción: mantiene la forma, la proporción y las partes, pero no es una reconstrucción realista. La cabecita es una pelota con gorrito cortado que no le cubre la totalidad de la cabeza, sino que permite que asome el material con el que está hecho. Entonces inscribe la doble información: remite a hombre pero, a su vez, lo desmiente materialmente. El muñeco no tiene ojos, sino un gorro a la altura donde éstos deberían estar y una nariz de payaso. En la misma línea tiene manos con todos los dedos, costuras en la ropa, medias, bufanda. A su vez pueden vislumbrarse las varillas que están en lugar de las extremidades.

Como corresponde sucederá lo mismo con los desplazamientos y con el resto de los movimientos del títere. En ocasiones, y con sumo cuidado, reproduce los pasos "humanos", pero también levita o se desplaza por el aire. Baila con un nivel de detalle extremo, pero pasa por encima de la aspiradora como si para desplazarse no tuviera que tocar el piso.

Todo está miniaturizado y cuando se altera la proporción del mundo real, la imaginación adquiere una dimensión mayúscula.

Soy solito es en apariencia una puesta que no rompe con las estructuras tradicionales, pero las combina de tal modo y de una manera tan coherente que las convierte en otra cosa. Por eso, tal vez, es tan bello. "Así lo minúsculo, puerta estrecha si las hay, abre el mundo", como diría Gastón Bachelard.

Fuente: La Nación

Sala: La Carpintería, Jean Jaures 858 / Función: este sábado, a las 21

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