martes, 9 de julio de 2013

Eduardo Pavlovsky: Asuntos pendientes


Entre el miedo y la felicidad

El actor vuelve a subirse a un escenario en Asuntos pendientes, una pieza de su autoría que habla de crimen, identidad y violencia.

No tiene fotos suyas. Hace poco, Eduardo Pavlovsky recibió el llamado de un productor de televisión que le pidió imágenes para un documental que van a hacer sobre su vida en canal Encuentro y él descubrió que en los álbumes familiares es casi una figura ausente. "Me casé cuatro veces. En cada separación, se corta la historia de uno. Por eso no tengo fotos. Estuve llamando a mis esposas. Con algunas encontré una gran predisposición, otras ni me atendieron el teléfono", cuenta. Pero ahora, Tato se acomoda en el sillón de su living y pierde la mirada en algo que siempre reconoció propio: los libros y el teatro. En una mesa ratona, se desparrama el texto de su último espectáculo Asuntos pendientes, los cuentos completos de Rodolfo Walsh y la novela Los siete locos, de Roberto Arlt. Con 79 años y una operación de corazón reciente, el hombre que supo revolucionar el teatro y la psicología, vuelve al escenario, al lugar donde se siente vivo.
Fue tajante en su vida personal y también en su carrera. Campeón de natación, aficionado al boxeo, médico, psicoanalista, dramaturgo y, sobre todo, actor. A Eduardo Pavlovsky le sobran los títulos, las anécdotas, las polémicas y la impronta imborrable que dejó cuando creó el psicodrama y cuando humanizó a un torturador, sin ignorar la monstruosidad de sus actos. Y, sin embargo, lo que le preocupa ahora es perder el entusiasmo. "Son cosas que pasan a esta edad. Tardo una hora y media, de mi casa al centro, para llegar a un ensayo. Y cuando llego, ya estoy cansado. Eso es algo que me preocupa. No puedo hacer teatro sin entusiasmo", piensa. Por eso, el autor de Potestad, Telarañas y El señor Galíndez, entre otras obras, decidió enfrentar la vejez y estrenar un nuevo espectáculo: Asuntos pendientes, una pieza que escribió mientras estaba enfermo y que trata de plantear, fiel a su estilo absurdo, todas las formas de violencia del ser humano.
Lo que Tato menciona como "falta de entusiasmo" le dio un aviso fuerte hace dos años. Pavlovsky no tenía ganas de hacer teatro y eso no le pasó nunca en su vida. No sentía ningún dolor, sólo falta de ganas. Esa sensación fue suficiente para darse cuenta de que algo no estaba bien: a los pocos días, estaba en un quirófano y lo operaban de urgencia del corazón. "Yo no me sentía mal. No tenía un dolor concreto. Pero apareció la enfermedad. Y justo estaba acá un italiano que inventó una especie de stent, que se coloca cerca de la válvula aorta, se abre como un paraguas y se hace sin abrir el corazón. Me operaron y a la hora y media ya estaba hablando con el médico", cuenta. Y mientras se recuperaba de otra hazaña en su vida, empezó a escribir una obra sobre la idea del crimen social y familiar y de la ética. Una historia feroz en la que se mezclan lo espacial y lo temporal. Personajes que salen de la cabeza de Pavlovsky para denunciar lo grotesco del hombre.

–¿Tenía ganas de volver a actuar?
–Estoy feliz de volver a actuar, pero me da miedo. No sé por qué. No me preocupa mi desempeño. Pero pasan los años y es peor. Todavía no tengo toda la confianza.
–¿Cómo fue escribir esta obra mientras se recuperaba de la operación?
–Es un misterio la obra. Escribía garabatos. Yo no sé muy bien lo que escribo al principio, me defino como un baconiano cuando hace pintura. Francis Bacon dejaba manejar su mano por el pincel y esperaba un momento hasta el accidente. Cuando surge el accidente, se mete ahí y empieza a pintar. Yo espero al accidente. Pero no busco algo figurativo, es como si la mano buscara la forma. Pero bueno, Bacon es Bacon. Esta obra es muy fuerte. Es la cabeza de un hombre que ha vivido en Argentina toda la vida. Es un hombre influido por la pobreza y la indigencia. Hay que entender esta obra como si se representara la cabeza de una persona, su mente, la realidad social, la pobreza, la época, la dictadura. Sin que se haga una distinción de los malos y los buenos. Por momentos es un represor, una mezcla de "Petiso Orejudo" y Robledo Puch (dos asesinos seriales históricos). En un momento, el personaje mata a un niño y le dice a la mujer: "No me hagas un melodrama por este negro de mierda." Ahí se ve una actitud ideológica. Hay escenas de violencia que, de repente, se transforman en escenas sexuales. No se entiende nada. Es una obra compleja. Hay varias historias al mismo tiempo. Se habla de la identidad. También se plantea lo cultural del sexo y cómo la sexualidad se desarrolla según las condiciones de vida.
–¿Es su obra más polémica?
–No lo sé. Creo que es la más compleja. Me parece que Potestad fue la más polémica. Me cuestionaron mucho que mostrara el costado humano de un represor. Este hombre (el personaje de Potestad) quería mucho a la chica y ella a él, como a un papá. Aparece llorando, medio loco. No soporta que le hayan sacado a la hija. La gente se identifica con él como víctima. Y de repente, se enteran de que el tipo es un hijo de puta y no pueden creer que se hayan identificado con este tipo. Pero la vida real es así. Los torturadores son gente como uno, que en algún momento se vuelven seres monstruosos. Es muy difícil juzgar a la gente como mala. Hay represores que se muestran como personas de lo más amigables.
–Hace poco le hicieron un homenaje en la Biblioteca Nacional. ¿Qué siente frente al reconocimiento?
–Cuando vi toda la gente que estaba ahí, me pareció raro. Pensé: "¿Ellos vienen por mí?" También me avisaron que La muerte de Margarite Duras (otro espectáculo suyo) se va a estrenar en el Festival de Avignon, en Francia, que es el más importante.  También pasan cosas insólitas, por ejemplo, Potestad se representó en Los Angeles, pero en francés y fue un éxito. Cuando pasan esas cosas, me siento como un pibe jugando en Primera A. Lo pienso y, honestamente, esos reconocimientos, en un punto, me parecen justos. Porque mi trayectoria la tengo sin haber pedido dinero y me he tragado actores muy poco claros ideológicamente, que me ofrecían dinero si yo cambiaba algunas cosas de mi obra, pero no voy a largar todo lo que he intentado plantear en la vida.

Tato habla, hace una pausa y se sumerge al silencio. Sus ojos pequeños se pierden entre las cejas abultadas. En su living de pocos muebles, libros y papeles sueltos, el ambiente lo dispone a pensar y escribir sin parar.

Devastado por el descenso del rojo
Fanático del fútbol y del club de toda su vida: Independiente. A Tato, el descenso a la B de su equipo, dice, le produjo un profundo dolor. "Estuve molesto por el desempeño del equipo. No tiraban al arco, no arriesgaban. El que pateaba al arco es Montenegro, que es una figura adulta. Se fueron al descenso porque lo merecían. Acá no hubo ningún tongo ni maniobra", piensa. "Soy fanático de Independiente. Desde los tres años, Maruja, la chica que me cuidaba, me hizo fanático. Me acuerdo perfecto de los jugadores: Bello, Lecea, Coletta, Franzolino, Leguizamón y Martínez. Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla. Erico fue el goleador más grande que tuvo el fútbol argentino. Y ahora veo este presente y no lo puedo creer", dice.
Otro deporte importante en la vida de Tato es el boxeo. Su papá fue campeón de box, peso pluma y a él le quedó su experiencia de no dejarse pegar. Por eso, ahora, habla feliz de Sergio "Maravilla" Martínez y define su hazaña: "Es un gran boxeador, pero lo que veo de él es que es un creador de acontecimientos. No es poca cosa."

Fuente: Tiempo Argentino

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