viernes, 19 de abril de 2013

Los productores. Historias de empresarios teatrales argentinos de todos los tiempos



El teatro, según sus productores

En Los productores, film de Mel Brooks estrenado en 1968, dos hombres en situación financiera desesperante traman un negocio con el que proyectan ganar mucho dinero. Max Byalistock, un ambicioso productor, y su contador, Leo Bloom, consiguen un inversor (inversora, en realidad) que aporta un millón de dólares. En la producción gastan, apenas, un diez por ciento del presupuesto. La obra seleccionada es pésima y ambos apuestan al fracaso seguro. Si baja enseguida de cartel, podrán repartirse los billetes sobrantes. Pero, como el universo teatral es un misterio que depende de muchas variantes, el espectáculo se convierte en un éxito inesperado.

La ingeniosa trama pergeñada por Brooks aparece citada en el libro Los productores. Historias de empresarios teatrales argentinos de todos los tiempos, una investigación de Carlos Ulanovsky, Susana Pelayes, Gabriela Kogan y Marcela López realizada por encargo de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales (Aadet). La referencia a la película es una simpática invitación de los autores para que los productores recuerden, en uno de los capítulos, sus principales éxitos y fracasos de taquilla.

Los cuatro apartados titulados "Hacer teatro hoy" funcionan como separadores del interesante recorrido histórico que propone el trabajo. En conjunto, es un merecido homenaje a los pioneros de la producción teatral en el país, que tiene como objetivo compartir con el público "el detrás de la escena", aquello "que no se ve pero que posibilita la magia del teatro", como escribió en el prólogo Carlos Rottemberg, presidente de la entidad.
Fotos históricas del archivo de Aadet, documentos, actas, planillas, afiches de espectáculos y programas de mano ilustran varias de las casi trescientas páginas del libro. En una imagen de 1919 aparecen empresarios y actores, como Florencio Parravicini, celebrando, copa en mano, el fin de la huelga que en mayo de aquel año había paralizado el país.

Pero la investigación comienza antes, en tiempos del virreinato del Río de la Plata. En los primeros capítulos se encuentra la información más curiosa y, tal vez, menos difundida. "Cuando en el año 1783 se encendieron las velas que iluminaban el Teatro de la Ranchería, Buenos Aires asumía el grado cero de su historia teatral", escriben los autores. Allí recuerdan que fue el zapatero Pedro Aguiar quien construyó la primera sala, varias décadas antes, cuando la ciudad era apenas una aldea. También, que un tal Domingo Saccomano fue quien solicitó autorización al gobernador, José de Andonaegui, "para representar óperas y comedias".

A medida que pasa el tiempo y la actividad teatral va creciendo y cobrando importancia, surge la necesidad de formar una asociación que agrupe a los productores. "En julio de 1917 los arrendatarios de los teatros San Martín, Comedia, Argentino, Nuevo, Apolo, Buenos Aires, El Nacional y Excelsior se juntaron para manifestar su propósito de fundar 'una sociedad que defienda los intereses colectivos de los negocios teatrales'", dice en el apartado donde se reproduce el acta con las firmas de los precursores.
El tributo a los pioneros, a quienes abrieron el camino a los integrantes de Aadet, se encuentra en las secciones que llevan como título "Ellos hicieron historia". Allí figura, entre muchos otros, sobre Luis César Amadori, que estuvo al frente del Maipo desde 1941: un autor y director teatral que también dirigió éxitos del cine nacional como Que Dios se lo pague. Casado con la actriz Zully Moreno, Amadori "descubrió" a la vedette Nélida Roca. Tener ojo para encontrar posibles figuras y lanzarlas al estrellato suele ser otra faceta del trabajo de los productores.

El desarrollo de la avenida Corrientes como polo teatral, acompañado por fragmentos de textos de Leopoldo Marechal y Roberto Arlt; la historia de los cafés vinculados a las salas emblemáticas y un capítulo dedicado a cinco mujeres de teatro (Camila Quiroga, Blanca Podestá, Lola Membrives, Eva Franco y Paulina Singerman) son algunas de las perlas del libro, que está disponible en las salas asociadas a Aadet desde principios de mes. El 9 de abril fue presentado al público con un acto en el renovado Picadero.

El repaso histórico llega hasta la actualidad y es allí donde aparecen las opiniones y reflexiones de los integrantes de la asociación: Rottemberg, Julio Gallo, Sebastián Blutrach, Pablo Kompel, Daniel Grinbank, Pablo Baldini, Javier Faroni y Lino Patalano, entre otros. Los responsables de varias de las salas del circuito comercial cuentan cómo comenzaron con la producción, cuáles fueron sus aciertos más importantes y sus fiascos rotundos, y a quiénes consideran sus maestros. Hablan, también, sobre el misterio que representa el público para ellos, las estrategias de marketing y prensa y los cambios que provocó la tecnología en el negocio.
Son deliciosos los párrafos en los que revelan sus cábalas y supersticiones: de evitar el color amarillo en escena (porque trae mala fortuna, según creen algunos) a la razón por la que, en lugar de desear suerte antes del estreno, prefieren decir "merde":

Lo de esta palabrita se remonta a cuando en los siglos XVIII y XIX los adinerados europeos llegaban a las funciones de ópera o de teatro transportados por sus carros tirados por caballos. Desconocedores de la formalidad del paseo y de sus dueños, los caballos hacían sus necesidades cuando les venían las ganas. Cuanto más cubierta de excremento quedara la entrada del teatro, se interpretaba que más suerte tendría la temporada.

Fuente: ADN Cultura

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