jueves, 27 de septiembre de 2012

Mayra Bonard: Futuro



“El cuerpo habla de cosas reprimidas”

“Estamos en un mundo en el que todo pasa por la hipercomunicación”, señala la fundadora de El Descueve, que en la obra que presenta en ElKafka vuelve a poner en juego tres cuerpos para una “exploración existencial” sobre la relación del ser humano con la naturaleza.

Mayra Bonard viene titulando sus obras con una sola palabra. La última es Futuro (jueves, a las 21, en ElKafka, Lambaré 866). Sus espectáculos, que combinan danza, teatro y música y el mundo de las emociones y el de las ideas, se componen de escenas que giran en torno de un concepto. En la exitosa Cariño, que tuvo tres temporadas, todo apuntaba a las distintas formas de relación de los seres humanos. “Futuro es un título fuerte y lleva a una gran pregunta. Eso es la obra”, define a Página/12 la coreógrafa y directora, que fue una de las fundadoras del mítico grupo El Descueve. Tres intérpretes –dos hombres y una mujer– que son actores y bailarines ponen su cuerpo al servicio de una “exploración existencial” sobre el afecto, la relación con la naturaleza, el propio cuerpo y el futuro de la especie.

“Esta obra me llevó bastante a la reflexión. No va, como otras que hice, exclusivamente por un carril emocional. Tiene varios planos: el visceral, el espiritual y el intelectual”, desliza Bonard, que suele trabajar de un modo muy intuitivo: siempre menciona a la escritora Clarice Lispector, a quien imita en su poiesis. Consiste, básicamente, en dejarse llevar. “Tardamos un año en hacer la obra. Ensayamos todas las semanas, pero no todos los días. Tuve tiempo de pensar, entrar en crisis y dudar”, cuenta. Con la dramaturgia la ayudó Juan Pablo Gómez –el director de Un hueco, esa obra que transcurría en el vestuario del Estrella de Maldonado–. Juntos redondeaban las ideas que surgían de las improvisaciones de Juan Ignacio Bianco, Damián Malvacio y Rocío Mercado.

Los personajes sin nombre que ellos encarnan viven primero en una tierra vacía, luego en un bosque de árboles talados. Allí se hacen preguntas sobre el pasado, el presente y el futuro, exploran modos de relacionarse entre ellos, con ellos mismos y con el entorno. Lo hacen llevando el lenguaje y el cuerpo al límite, con movimientos feos y difíciles, que se corren de aquello que se entiende por normalidad. Sebastián Carreas musicaliza el ambiente. “Es un espectáculo casi cinematográfico”, sintetiza la directora. Tiene momentos muy poéticos, como un desnudo de Mercado. Ella transita por el escenario sobre el cuerpo de Bianco, tomada de la mano de Malvacio. Bonard demuestra una vez más que sabe elegir a los intérpretes de sus obras.

–Dijo que su obra está hecha de preguntas. ¿Qué interrogantes aparecen?

–Aparece la pregunta por lo espiritual. Representa un abismo imaginarse un futuro, porque vivimos en un mundo vacío de espiritualidad. También aparece la pregunta por nuestra relación con la naturaleza, que en la obra aparece un poco devastada. Fue muy difícil encontrar un tono para contar algo acerca del tiempo: es un término muy abstracto. No tenía manera de abordarlo desde un lugar social, macro e ideológico. Mi manera de contar es partir de lo pequeño, de estos tres personajes, sus mundos y sus vidas, y desde ahí alejarme, como en un zoom, e ir a una mirada más grande. En mis trabajos, además, siempre aparece la naturaleza del deseo, su oscuridad, lo que tiene de inentendible.

–Es una obra más oscura que Cariño.

–Mi productora me dijo: “Futuro es el lado oscuro de Cariño”. Acá también trabajo con tres intérpretes: descubrí que tres es un número riquísimo. Más allá de que sean de nuevo dos hombres y una mujer, lo que me interesa de ese número es que funciona como triángulo y de modo circular. El universo de las relaciones da para explorar un montón. El mundo en el que están los personajes tiene mucho que ver con la inconciencia. Pero está atravesado por cuestiones mundanas, como el dinero. Eso lo encontré con esta obra, el salto, el vaciamiento de sentido constante. Me gusta ir de lo micro a lo macro, de lo pequeño a lo gigante. Ir de la pregunta de “¿por qué tengo tetas?” a “¿por qué todos nos tenemos que morir?”. Hay una vibración entre lo chiquito y lo gigante. Tiene que ver con que no me interesaba un planteo solemne y a su vez tampoco algo completamente banal y juguetón. Como artista necesitaba tener una parada fuerte. Tiene que ver con mi momento vital, supongo.

–¿Qué pasó en usted que la llevó a hablar del futuro?

–Esta obra expresa un momento mío, pero quizá congruente con un momento social: estaría bueno volver a situarnos donde estamos. El mundo creció mucho para un lado no especialmente feliz. Estamos en un mundo excesivamente conectado al consumo. Todo pasa por la hipercomunicación, el Facebook y la devastación de la naturaleza. No creo que la obra hable de la ecología, pero sí se cuela un sentimiento mío al respecto: estoy muy conectada con la naturaleza. El jueves un vecino mío cortó un árbol gigantesco. Sentí que era un asesinato. Era un árbol que se metía en mi jardín y casi que compré la casa por él. Además era una casa de pájaros. Quedó como un vacío de existencia en ese lugar. Fue muy fuerte: el vecino puso en acto algo que siento que sucede en el mundo.

–¿Los movimientos feos de los bailarines implican una mirada ideológica?

–La mirada preciosista sobre los cuerpos y el acabado de la forma no me preocupan: me interesan los estados. Está bueno ver hasta dónde se la banca el espectador. No por actitud punk, sino desde el cuestionamiento. Trabajo con lo que saca cada intérprete, voy escarbando en lo que aparece. En eso hay una belleza: en ver el interior del intérprete. Lo llevo conmigo desde El Descueve. Lo que más queríamos era descubrir otra danza. La directora del ballet Rosas, Anne Teresa de Keersmaeker, dice que la danza celebra lo que nos hace humanos, que el cuerpo tiene una memoria y que es parte de un origen y de una historia. El cuerpo habla de cosas reprimidas por conveniencias sociales. La vida no es exactamente la búsqueda de la forma preciosa. Uno tiene recovecos, oscuridad, dudas.

–Otro de sus intereses es dejar los sentidos abiertos al espectador, ¿no?

–Todas las cosas tienen varias caras. Es interesante y enriquecedor que el espectador pueda hacer su propia lectura. Si le contás solamente una historia se queda tranquilo, porque piensa: “La historia está fuera de mí porque me la contaron”. Me interesa un espectador activo, al que le abro puertas y elige por dónde se mete. Si simplemente se quiere quedar con las emociones es muy válido. Los caminos que uno puede hacer a nivel inconsciente son más ricos que los que los que abre una historia. Las percepciones que muestro en Futuro ni siquiera las tengo yo en un lugar tan consciente. Pero cuando aparecen me reconozco, me devuelven un sentido que estoy buscando.


Fuente: Página/12

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