Salomé de chacra
Una “trajuedia” sagrada y profana
Dirigida por Mauricio Kartun, la pieza gira en torno a una joven recién llegada de Europa que despierta pasiones en la hacienda de su tío. El desborde y lo irracional irrumpen en la Pampa donde siempre reina la argentinidad.
Cuenta Mauricio Kartun que un día, caminando por un pueblo cordobés, vio un cartel de chapa colgado en un puesto de productos regionales que ofrecía, entre otras cosas, salame de chacra, pero que él leyó Salomé: Salomé de chacra. A Kartun se le vinieron a la cabeza, casi enseguida, el mito bíblico y la obra de Oscar Wilde basada en él, pero situadas, ambas historias, en pleno campo argentino. Así comenzó a nacer su nueva obra que acaba de estrenar en la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. Esta génesis apofénica (“una apofenia es la experiencia de ver patrones o conexiones en sucesos aleatorios o datos sin sentido”, según la siempre gaucha Wikipedia) habla mucho sobre el autor de la obra. No sólo porque en sus clases de dramaturgia enseña con entusiasmo a imaginar sin estribos y asociar elementos de universos distintos para crear uno propio, también porque los juegos de lenguaje le sientan a Kartun como anillo al dedo. El gran maestro transmite una técnica para construir mundos con palabras y para jugar, a la vez, con esas palabras para terminar hablando de la construcción de estos mundos.
Como en Ala de criados, la acción comienza y gira alrededor de una joven recién llegada de cursar estudios en Europa. A diferencia de Tatana, protagonista de la obra antecesora, Salomé es una mujer atractiva y segura de sí misma que despierta pasiones en todos los trabajadores de la hacienda de su tío Herodes –e incluso en él. Como suele ocurrir en estos casos, el único que no la desea es el hombre a quien Salomé quiere y en la falta de correspondencia, claro, se origina el hecho trágico. A partir de entonces, el desborde, lo irracional, lo dionisíaco irrumpen en la Pampa argentina para dar vida a esta “trajuedia” (palabras del personaje de Osqui Guzmán, inspirado y brillante en un elenco igual de inspirado y brillante). Una trajuedia sagrada y profana.
Es que en todos los personajes de Kartun, las acciones que proponen sus textos, permiten rastrear hechos e historias que construyeron la Argentina: su teatro nos permite pensar por qué somos como somos o, al menos, imaginarnos que algo de lo actual sería distinto si algo del ayer también hubiese sido de otra manera. Cuando el gringuete, morocho hasta la médula, afirma que los peones “son todos negros”, o cuando dueño de la estancia enclaustra a un anarquista y le hace recitar de memoria la Constitución (una anécdota que, dato curioso, aparecerá contada al pasar en Ala de criados), podemos detectar aquello que nos acompaña como colectivo hace tiempo y que construyó sin dudas la argentinidad. Pero a no confundirse, que Kartun no toca temas que sólo podamos entender los argentinos: sus historias son universales, pero están contadas con inconfundible acento local.
Fuente: Tiempo Argentino
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