Roberto Carnaghi: Mateo


“Nunca le di importancia al reconocimiento”

La actividad actual de este talentoso actor se reparte entre el rol protagónico de la obra Mateo de Discépolo, en el Cervantes, y uno de los rockeros de tercera edad del programa televisivo Los Sónicos.

Cada noche, antes de subir al escenario, Roberto Carnaghi fantasea con una posibilidad: que entre el público haya un ladrón sentado y cuando vea su personaje de un hombre pobre que en medio de la desesperación y el hambre decide salir a robar, el espectador lo vea poco creíble y diga: “¡Qué boludo!”
Aunque resulte impensada esa inseguridad para un hombre con más de 40 años de trayectoria, el actor se justifica con su espíritu inconformista. Desde que aceptó ser el protagonista de la obra Mateo, que Armando Discépolo escribió en 1923, Carnaghi no deja de investigar. “No es fácil mi trabajo. Hacer este personaje, poder llegar realmente a la médula de lo que quiso decir Discépolo, es complejo. Yo nunca robé y me pregunto qué me pasaría, que podría llegar a hacer si debo plata, si no tengo qué comer, cómo reaccionaría”, piensa. El actor no deja de pensar.
Con más de 60 obras de teatro, 44 películas y unos 50 programas de televisión, Carnaghi dice que el miedo no se le va nunca. Ahora, protagoniza Mateo en el Cervantes, el cruel grotesco de Discépolo, en el cual retrató a una familia pobre, en los años anteriores a la crisis económica mundial de 1930. Miguel, el padre de esta familia, trabaja con su caballo y un carro, es viejo y en poco tiempo se da cuenta que no tiene comida para llevarle a sus hijos y esposa. La pieza, escrita hace 88 años, se instala en la actualidad para hablar de los cartoneros, de la pobreza y la indiferencia de la sociedad. Y Carnaghi, claro, también se mete en el tema.

–El director Guillermo Cacace les mostró videos de cartoneros para preparar los personajes. ¿Qué fue lo que te sirvió?
–Me ayudó a entender el esfuerzo y el sufrimiento de Miguel, mi personaje. Una persona que se dedica a revolver la basura no puede ser feliz. Es un trabajo, pero un trabajo indigno. Mateo es la historia de un hombre que se va quedando sin trabajo, un tipo al que le han sacado el pan de la boca. Es la época de la miseria. No hay que quedarse sólo con la idea de que no se adapta al progreso, mi personaje tiene 60 años, ya no puede manejar un auto. Es como que a un hombre de 60 años le pidas ahora que maneje una computadora en una oficina, nadie lo toma. Es una sociedad que expulsa a la gente que tiene determinada edad, sin preocuparse si esa persona va a quedar en la miseria o no.
–¿Conocer esta historia puede servir para comprender a las personas que desesperadas terminan robando?
–Sí. La otra vez vi un documental sobre cartoneros que estaban organizados, que trabajaban con la basura, pero que tenían un salario y que contaban con un aguinaldo, por ejemplo. Veía uno de los hombres que hablaba y cuando recordaba su pasado, de miseria absoluta, le salió una lágrima gigante. Me dieron muchas ganas de tener la cara de ese hombre: un morochón curtido. Le dije al director: “¡Cómo me gustaría tener esa cara para hacer esta obra!” También hablaba un muchacho más joven, que reconoció que cuando no tenía plata para darle de comer a sus hijos, salió a robar. El tipo decía que él quería trabajar, pero que se defendía robando. Todo eso está en la obra, se demuestra cómo la violencia genera violencia. Una familia en la cual no hay plata para comer, por supuesto que va a haber violencia. Si no podés comer, no estás bien. Ese desprecio de la sociedad, el no mirar a esta gente, de eso queremos hablar. Un tipo que tiene hambre no puede ser un tipo tranquilo. Una mujer que a las 9 de la noche está tirando de un carro, que tiene a su hijo en brazos, no puede ser feliz. Ella tendría que estar en su casa cenando. En la obra se habla de eso y de la desesperación.
–¿A qué te referís con el desprecio de la sociedad?
–La gente que está bien, tiene que agradecer que no le tocó nacer en una villa. Los pobres no eligen, la gente no puede salir de ahí. Como país, como sociedad, no sólo como gobierno, somos responsables, nos tenemos que ocupar de eso. Los pobres tienen derecho a tener una vivienda, a tener salud. No podemos desmerecer a la gente que sale a robar, porque no le queda otra. Frente a la desesperación, uno no sabe lo que puede pasar. Uno no sabe lo que es el hambre. Si analizamos la historia de la humanidad, los seres humanos cuando han tenido hambre se han comido unos a otros. Entrar a un basural a buscar comida es dantesco.
–¿Qué se podría hacer como sociedad?
–La Argentina produce para 450 millones de personas. ¿Cómo puede ser que un 10% de eso no esté a un precio lógico para que la gente pueda acceder? ¡Si se saca de esta tierra! Somos todos responsables de esto, sobre todo las grandes empresas. Tendría que ser menos sanguinario, sino cada vez va a ser peor. Cada vez van a ser más los pobres. Los empresarios van a tener que vivir más encerrados. La delincuencia no se soluciona con más policías, se soluciona con trabajo y con estudio. Es un proyecto que tiene que surgir de la gente, no de un gobierno. A ver qué se hace con esos chicos. Pero el hombre es un monstruo terrible. En este país, la gente puede no tener un automóvil o una casa propia, pero no puede ser que le falte la comida, eso no puede ser. Un pibe que no tiene ningún proyecto de vida, no le va a interesar la vida de los demás. Los cartoneros empezaron en la época de don Saúl (Carnaghi se cuida de no nombrar al ex presidente Carlos Menem), que continuó con el plan de los militares, apoyado por los grandes empresarios.

En esta línea se encuentran los pensamientos de Carnaghi cuando sale a escena, agrietado, con tos y enfundado en telas viejas. Y aunque lo apasiona su trabajo, no estaba seguro de aceptar este personaje. “Cuando me llamaron para hacer Mateo, le dije a Rubens Correa (el director del Cervantes): ‘Dejá que lo piense.’ Todos tenemos miedo. No es que el actor cree que es un genio. ¡Yo no estoy seguro de lo que hago! Tengo miedos constantes en los ensayos, hasta durante la hora de la función. Me preocupo todo el tiempo. Tampoco salgo temblando, es una inseguridad que me hace seguir probando, seguir creciendo. De esto trata poder ser artista. Es un miedo creativo. El día que uno cree que está bárbaro y que no tiene nada que aprender, está muerto. El miedo no es sonso”, explica.

–¿Te importa el reconocimiento?
–Nunca le di importancia al reconocimiento, mi mujer siempre me dice eso. No me modifica que me reconozcan. Lo que me interesa es que de pronto me den ciertos trabajos que me interesan. Eso lo tuve en el San Martín, es una forma de sentir que confían en mí como actor. Yo me lo planteo enseguida, me pregunto si estoy a la altura de hacer Miguel. Por supuesto que necesito que la gente venga y le guste, si hago una obra. Por ahí pasa el miedo. Pero no me muero por el éxito, el reconocimiento lo vinculo más al éxito. A mí me gusta que me reconozcan mis pares o determinadas personas que yo estimo y que sé que me dicen la verdad.
–¿Qué le dirías a un actor que recién empieza?
–Que tenga pasión por su trabajo, que no piense sólo en el dinero. Que lo que vaya a hacer le interese, que se apasione con lo que va a hacer. Y claro, después que se lo paguen bien. Que investigue, que nunca esté conforme con lo que uno hace, que trate de crecer, que nunca se quede con un resultado.

Fuente: Tiempo Argentino

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