Mateo

El clásico de Discépolo, inevitable metáfora de la marginalidad de hoy
Con la dirección de Guillermo Cacace, en su tercera puesta sobre un texto del gran dramaturgo argentino, los actores se lucen en este grotesco sobre la historia de un hombre pobre que busca la manera de salvarse.
La obra comienza con una canción. Aunque la historia que contarán los actores habla del fracaso y del hambre, el grotesco Mateo, de Discépolo, que el director Guillermo Cacace presenta en el Teatro Cervantes muestra, en el principio, el espíritu comunitario que arrancó con el sainete, cuando todos los actores se presentan en escena y cantan.
Lo demás irá a tono con el vestuario y la escenografía oscura y triste que ambientan a la obra Mateo. La pieza, protagonizada por Roberto Carnaghi, Rita Cortese y Mario Alarcón, fue escrita por Armando Discépolo en 1923. Ubicada en el contexto del inicio de la crisis económica mundial, la historia de un hombre pobre de 60 años que trabaja con un carro y su caballo para transportar pasajeros funciona, 88 años después, como una referencia inevitable a la situación de los cartoneros. Y los actores lo saben: entienden que al contar la historia de Miguel y su familia pobre que quiere encontrar la forma de salvarse, de cambiar sus vidas, cuentan las vidas de cientos de personas.
Por eso, en esta versión de Cacace, el tercer Discépolo del director, se trabaja con fidelidad la estructura clásica de la obra, pero las actuaciones son tan cercanas que el espectáculo se vuelve una referencia directa a la marginalidad y a la inevitable violencia que puede generar el hambre. Los actores trabajan con el instinto y la corporalidad, estimulados por la escenografía lúgubre del espacio. Miguel (Roberto Carnaghi), el padre de la familia, transmite la crudeza de la calle, cuando llega a su casa, enfundado en telas viejas, camina endurecido, con la cara agrietada, no mira a nadie de su familia y sólo puede lanzar una queja.
Cacace supo profundizar las virtudes de su elenco: a Carnaghi se le nota un trabajo de introspección cuando llega a escena, que enseguida complementa con su cuerpo. Se le nota su indignación, la soledad y el odio que le producen su situación. Se agarra la cara, la boca y escupe su bronca. Sabe mostrar la contradicción de este personaje, que es un ser violento, cargado de odio, que rechaza lo que le presentan como el progreso –los autos, por ejemplo– y, sin embargo, su esfuerzo es enorme, sabe que tiene la obligación de alimentar a su familia y que no lo está haciendo. La enorme presencia escénica de Rita Cortese es aprovechada para mostrarla como una mujer frágil, sumisa, compañera, de un enorme amor. El resto de los actores acompaña con altura la fuerza de esta dupla de artistas: el trabajo lúdico de David Masajnik (Chichilo), la urgencia por salvarse de Paloma Contreras (Lucía), la fuerza y la actitud que toma Agustín Rittano (Carlos) para enfrentar a su padre. Mario Alarcón, en el rol de Severino, el prestamista que termina conduciendo a Miguel al delito, responde al prototipo del malvado, los personajes arquetípicos fundamentales del sainete y que se mantuvieron en el grotesco. La música, el vestuario y las caras de Alarcón acompañan a este personaje, el más vinculado a una máscara, que llega para explicarle a Miguel que la vida es triste.
Con tantas referencias a la actualidad, un cambio posible para este grotesco podría haber sido la posibilidad de omitir el lenguaje italiano –clásico de la época de inmigrantes en la que transcurre la historia– pero que a esta altura alejan al espectador de la ficción. Lo que les pasa a estos personajes lo podría decir, ahora, cualquier pobre.
Como joya implacable de esta obra queda la imagen surrealista de Max Berliner en el personaje de Mateo, el caballo de Miguel. Berliner trabaja con su vejez, con su cuerpo cansado y en el rol de un caballo, Cacace ha encontrado la expresividad absoluta.
Fuente: Tiempo Argentino
Sala: Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815.
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