Alfredo Alcón
“Conducir este país no es fácil, pero yo tengo ganas de creer”
Lejos de la solemnidad que se le atribuye, el actor, que en estos días presenta Los reyes de la risa junto a Guillermo Francella, cuenta anécdotas, habla de arte, de sexo y no esquiva la política. “A este gobierno le veo cosas que me interesan mucho”, subraya.
La puntualidad es la cortesía de los reyes. Por eso hace rato que Alfredo Alcón espera amablemente que llegue el cronista. Cae la tarde, y el teatro Mar del Plata –donde el actor está presentando Los reyes de la risa junto a Guillermo Francella– está en penumbras. Es el principio de un encuentro en el que se hablará del gobierno nacional, de la oposición, de arte y de sexo. Pasiones, en definitiva: “Vengan, vamos por acá”, invita él, y se interna por el laberinto de bambalinas con la soltura de un nene entre sus juguetes. En dos minutos se esfuma de los palcos del primer piso y reaparece en el centro del escenario. “Ubicate por acá. Pero ojo, porque si te quedás mucho tiempo vas a tener que actuar en la obra”, bromea.
Si las luces están apagadas da la impresión de ser un señor maduro, rodeado por un aura de fragilidad que descoloca a los que están acostumbrados a verlo en papeles vigorosos. Pero cuando se acomoda en el centro de la escenografía, su cadencia es otra. Alcón se magnifica hasta el vértigo. “Y qué lindo sería que a cada persona le correspondiera un decorado, ¿no? Aunque bueno, a veces le endilgamos a alguien un espacio de acuerdo con lo que nosotros creemos que le corresponde, y casi lo obligamos a permanecer ahí”, dice.
–Además uno cambia continuamente. Nadie se corresponde con un único decorado toda la vida.
–Cambiás a cada segundo. Si nos pusiéramos a enumerar todos los pensamientos que han pasado como pescaditos por nuestra mente desde que arrancamos esta charla, nos sorprenderíamos. Pero somos cabezas duras: tratamos de ordenar el mundo, de clasificarlo en términos fijos, hasta que vienen huracanes y nos sacuden la estructura. El día en que uno aprende a convivir con esos huracanes, se da cuenta de que puede ser más flexible. A mí me gusta el cambio. Detesto los lugares estáticos. Una sala repleta de gente haciendo ruido, y yo teniendo que esperar, sin posibilidad de hacer nada para modificar eso: ésa es para mí la descripción del infierno.
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