Cariño
Poética propia entre terrenos escurridizos
Tres seres yacen en medio de una pradera con pasto sintético. O sea, que de la pradera, nada. Dos hombres yacen en medio de una exuberante rubia. Podrían ser hermanos, pero, a juzgar por el despliegue de cierta carga erótica, tampoco. En medio de ese territorio extraviado, la coreógrafa Mayra Bonard instala Cariño , su última producción.
Mayra sabe manejar el orden y el desorden escénico, aunque en ese zigzag queden hilos sueltos y una dramaturgia que, en los papeles, no termina de cerrar del todo. De todos modos, apuesta a lo sensorial y ahí es desde donde afianza lo que se desvanece. En ese contexto, se juega a indagar en los múltiples vericuetos de ese triángulo vincular que, a medida que avanza la acción, va cambiando y combinando sus roles. En ese juego casi circular, la danza les abre las puertas a la palabra, a la música interpretada en vivo y a las imágenes. En esa franja, los tres bailarines/actores, la música de Diego Frenkel, las luces de Gonzalo Córdova, el vestuario de Cecilia Alassia y la escenografía de Luciano Stechina arman el continente para que su propuesta tome vida.
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