Luis Machín: La pesca

Nota del 15 de marzo

"Yo no actúo para agradar"

Pescar en la ciudad es pescar adentro, bajo techo. Una forma de recluirse. Quizás de eso trate La pesca, la obra de Ricardo Bartís que podés psicoanalizar desde la clausura, el encierro, la soledad. Algo así como un country porque, con más o menos de elegancia, todos aspiramos a nuestro barrio privado.

"Psee, es una interpretación posible. El teatro es un objeto vivo", le dice Luis Machín a un interlocutor imaginario que debe estar sentado en otra silla (por alguna razón, su mirada se desplaza unos 40 grados a la derecha, entre la mesa de los dos turistas y la pared de color). "Antes había más tiempo para perder y tal vez de eso también se hable en la obra". La carambola consiste en tirar palabras contra la ventana del bar para que reboten y peguen en el tímpano del periodista. "Se pueden hacer muchas interpretaciones de la obra. El charco donde se pesca ayuda a contar algo que ya no está y sirve para mitologizar sobre temas que tienen que ver con la política, la soledad, el peronismo".

En el escenario hay un charquito y tres hombres con una cañas. En un momento parece que la tararira titán se escapa por Nicasio Oroño y dobla por Juan B. Justo. La tararira dobla. Pesca surrealista. Una genialidad.

¿En qué momento la soledad se convierte en un bien infinito?

Siempre nos morimos solos. Es una frase que me gusta porque es verdaderamente horrible. Es un paso que debemos dar solos. La soledad no es buena compañera. Yo empecé a convivir en pareja hace tres años y tengo un hijo de cinco meses. A los 40 me siento más joven que a los 30. Bioy Casares decía que todos somos héroes porque tenemos que pasar por la muerte. Yo viví algo de esto con una de mis abuelas. Cuando los médicos presintieron que iba a morir la pasaron a un cuartito y le pusieron un biombo... (se hace un silencio largo). Yo crecí con una suerte de temor al biombo (sic). Hasta que fui padre era muy fóbico, muy solitario.

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