martes, 5 de mayo de 2015

Gerardo Romano: Un judío común y corriente


“El arte tiene que ser testimonial”

El actor encaró este unipersonal de Charles Lewinsky que exhibe la problemática actual de los judíos que viven fuera de Israel y los dilemas que afrontan quienes habitan un país como Alemania, en el cual las consecuencias del Holocausto tienen un carácter tan denso.

“Esta obra fue ofrecida a nueve actores antes que a mí. Y todos dijeron que no”, se enorgullece Gerardo Romano, que durante tres meses estuvo ensayando, en doble turno, el espectáculo Un judío común y corriente. En Manuel González Gil, el director, encontró a su compañero ideal para encarar el esfuerzo de un unipersonal que dura ochenta minutos. Se trata de un texto del dramaturgo y cineasta Charles Lewinsky, que llevó al cine el director Oliver Hirschbiegel, y que para su estreno en Buenos Aires tradujo y adaptó el español Lázaro Droznes. Un judío alemán que vive en Alemania es invitado por un profesor de Ciencias Sociales de una escuela secundaria a un encuentro con los alumnos, quienes, luego de estudiar el nazismo, quieren conocer a un judío. El protagonista considera que no debe aceptar la convocatoria. El texto exhibe la problemática actual de los judíos que viven fuera de Israel y los dilemas que afrontan quienes habitan un país en el cual las consecuencias del Holocausto tienen un carácter tan denso.

Romano piensa que “el arte debe bucear en temas fundamentales, como la libertad, la justicia y la paz”. Fueron claves, para él, las palabras que le dijo la directora del Museo del Holocausto de Buenos Aires: “Tenemos la responsabilidad de la memoria”. “No dejé de ser abogado y profesor de la facultad para subirme a un escenario y tocarles el culo a un par de chicas. Pertenezco a la generación del ’70. El arte tiene que ser testimonial”, define. El espectáculo se presenta de miércoles a viernes a las 20, los sábados a las 21 y los domingos a las 19.30 en una de las salas del Maipo Kabaret (Esmeralda 443), ámbito propicio para un unipersonal, por la intimidad y la cercanía que habilita con el público. “Lázaro fue mi compañero de actuación hace cuarenta años. Tomábamos un curso con la querida maestra austríaca Hedy Crilla”, cuenta Romano a Página/12. “Cuando buscamos al director, varios no aceptaron. Recalamos en González Gil, afortunadamente. Esta obra, aparte, fue ofrecida a nueve actores antes que a mí... y todos dijeron que no.”

–¿Tiene idea de por qué se negaron al proyecto?

–Por diferentes motivos. Uno de los que dijo que no fue un gran actor, mi querido amigo Miguel Angel Solá, por el esfuerzo que la obra requiere. Exige un cruce de coordenadas: uno tiene que tener la edad suficiente para abordar estos temas visceralmente y a la vez cierto dejo de juventud, capacidad atlética, porque el costo emocional es grande. Dura una hora y veinte y estoy solo en el escenario, sin pausas. Si no hubiera hecho otros unipersonales, no podría encarar esto. Padre nuestro, A corazón abierto y Sexo, drogas y rock & roll tenían cambios de ropa, interacción con el público... Aquí la obra empieza y me sacan el banquito, como diría Bonavena. Quedo ahí, solo, con todas las miradas convergiendo sobre mí.

–¿Qué tan intensos fueron los ensayos, entonces?

–Ensayamos durante tres meses doble turno. Me levantaba, desayunaba, me iba a lo de Manuel, de 10 a 13, volvía, almorzaba, hacía una siesta, y ensayábamos de 18 a 21. Así todos los días. Manuel es un obrero: tiene cinco obras en cartel. Es un bicho de teatro, un workaholic. Eramos tal para cual. Los dos comprendimos que la exigencia de la obra era tan grande que si no la acometíamos de esa manera nunca llegaríamos siquiera a saber la letra. Fue un encuentro fructífero, exigente y armonioso.

–¿Las exigencias de la obra tienen que ver, también, con lo áspero del tema?

–Lewinsky es un gran autor. La obra está bien dosificada: tiene poesía y ternura. Y el trasfondo es el Holocausto. Nací en el ’46 y en el ’52 me enteré de Hiroshima y Nagasaki; del otro holocausto, el nuclear, del cual no se habla tanto, y del nazi. Fueron circunstancias que me aterraron y me marcaron. Me hicieron un chico que no comprendía el mundo, las guerras, los genocidios en su práctica moderna. Aunque tiene sus raíces en la Edad Media, el genocidio como práctica social es producto, también, de la modernidad y del capitalismo.

–¿Qué aspectos le encontraron al texto para trabajar desde la dirección y la actuación?

–Queremos contar la historia con la mayor objetividad posible, con un rigor cientificista. El Holocausto es el hecho histórico más universal, más tristemente célebre. Lo que más nos inspiró fue el hecho de pensar que los argentinos hayamos padecido un holocausto, que se parece a un politicidio. Aquí el colectivo social a suprimir fueron personas que no tenían una pertenencia ontológica o identitaria como los judíos, sino ideológica. Incluso entran en el colectivo personas que no tenían esa pertenencia. Es interesante ver cómo se reiteran prácticas. Me resulta sanador subir al escenario cada noche y evocar la visión del autor respecto de lo ocurrido.

–¿Cuál es su historia personal con la religión?

–Fui católico. Me desencanté muy de pequeño por cuestiones ideológicas y profundamente filosóficas, respecto del ser humano y su comportamiento. Terminé de alejarme cuando la Iglesia prohijaba los crímenes de la dictadura y los vicarios castrenses daban su apoyo moral a los soldados de la dictadura. Busco a Dios como cualquiera. Me angustia saber que me voy a morir y que la vida es un viaje hacia la nada. Tengo a Dios en cosas concretas. Hago mucha actividad de jardinería, eso es religión para mí. Ayudar a la naturaleza, mejorarla. Es la reencarnación más clara que tengo de dios. Me gustaría muchísimo que existiera. Aunque no comprendería su existencia, porque si es omnipotente y omnipresente, no entiendo cómo permite que el mundo sea como es.

–¿Han tomado la película de referencia?

–No, el cine es otra cosa. Además, en la película hay otros actores, no es un unipersonal. Cuando terminé de verla, estallé en un llanto. Al final el protagonista cambia totalmente, vuelve sobre sus pasos, deja lugar a la esperanza. Queda claro que no hay otra posibilidad que el diálogo. Los alemanes tratan a su manera de solucionar el problema que ha creado en sus almas lo que pasó. Luchan para que sus hijos acepten la diversidad. Hay todo un tema en Alemania con la tolerancia. La tercera generación, los nietos de los que mataron, no quieren saber nada de hablar del tema... Les duele profundamente, lo cual, de algún modo, habla bien de ellos.

–¿Aparece en la obra el conflicto palestino-israelí?

–Absolutamente. Una de las razones por las que mi personaje no quiere concurrir a encontrarse con los estudiantes es porque tiene miedo de que le pregunten qué piensa de la política exterior israelí. El no está a favor de ocupar ni de anexar territorios ni de bombardear poblaciones civiles. Los que llevan adelante esas políticas no fueron candidatos en Alemania, no quiere que le pregunten si hipotéticamente los hubiera votado... porque detrás de esa pregunta está el prejuicio latente de que su patria es Israel. Y él no lo siente así: su patria es Alemania. Siente, piensa y habla en alemán. Y se pregunta por qué los demás países, especialmente los alemanes, exigen de Israel una conducta moral superior a la de cualquier Estado en guerra: “¿Justo ustedes? ¿No aprendieron la lección de lo que significa ser oprimidos? ¿Los hemos golpeado tan duramente y ustedes no logran ser mejores personas? ¿No aprendieron nada?”. El victimario se ofende si la víctima no aprende de sus acciones. Son los alemanes los que nunca perdonarán a los judíos, por Auschwitz. Y son los judíos los que nunca perdonarán a los palestinos, por Gaza.

El asesor
Romano es parte del elenco de El asesor, un thriller político-policial en formato de miniserie que encabeza Enrique Pinti. Recientemente terminaron las grabaciones. “El asesor sería una especie de Duran Barba. Tuve el enorme placer de trabajar con Enrique, un queridísimo compañero, inteligente, gran monologuista y actor. La miniserie se verá en la televisión abierta, están negociando con Telefe y la TV Pública. Aborda la campaña electoral, cierto costado de los candidatos, la turbiedad de ese comportamiento que no corresponde a lo justo y verdadero, la trampa, cuando se espía, se hackea, se miente y se promete lo que no se va a cumplir. Alude a esa condición menemista, al ‘si hubiera dicho la verdad no me hubiesen votado’. Sería ideal que se vea antes de las elecciones”, cuenta el actor. El libro es de Daniel Cinelli, con la colaboración autoral de Alejandro Piar. Dirige Roberto Brandana y la productora es Buenos Vientos. Cuando no está en Buenos Aires por cuestiones laborales, Romano pasa su tiempo en el campo, en Uruguay, donde tiene una casa. Allá vive su hija. Dice que ama la vida rural, “por el fuego, la lluvia y el rigor de la naturaleza”.

Fuente: Página/12

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