viernes, 26 de diciembre de 2014

Daniel Veronese: Testosterona


Un director en su particular laberinto

Esta noche se estrena Testosterona, primera de una serie de novedades que desplegará en 2015 este incansable hombre de teatro

El PH está ubicado en el corazón de Palermo Soho. Allí funciona un laboratorio teatral, un espacio amplio rodeado de butacas antiguas y sobrias. Cuando Daniel Veronese compró esta sala, poco antes de la implosión de 2001, era Palermo a secas. En el barrio no había diseñadores de vanguardia, "trapitos" deambulando ni menús con opción vegana. Recuerda con nostalgia que después del primer ensayo de la primera obra que aquí montó, Mujeres soñaron caballos, una de sus predilectas, fue con los actores al bar almacén de la esquina a comer un sándwich. Era un día sábado. El lunes siguiente ese lugar bajó para siempre su persiana y allí se construyó un restaurante al que suelen ir turistas.

Antes del primer disparo del fotógrafo, la vestuarista, que acaba de llegar con coquetas bolsas de marca para su nuevo espectáculo, sugiere para retratarlo un plano americano que ocultará su look informal: zapatillas, bermudas y la remera fuera del pantalón. Veronese la mira con un gesto de ternura y asiente a la propuesta.

-¿Le escapás a toda moda?

-Le escapo a la exposición. Por eso elijo ser director. Me quiero quedar fuera, que no se me vea y que la obra tenga entidad propia.

En la puerta de ingreso a la sala descansa una bicicleta petisa, pintada de rosa. En su bellísima versión de La gaviota, rebautizada Los hijos se han dormido, Veronese tomaba un parlamento de Chejov y extraía una idea para que Nina la expresara con sus palabras: "No se puede escribir Hamlet y tener una familia, esposa, hijos y esas cosas". El realizador cuestiona este panorama mientras combina su prolífica actividad teatral con el cuidado de su familia. "Quiero poner aire entre una obra y otra, pero no lo logro. Me gusta mucho el trabajo y si me mandan buenos materiales, los hago. También estoy tratando de viajar menos, porque, para mí, ese glamour no existe más. Puede que suene feo. Es que tengo una hija de 18 años y otra de 6, que me pide que me quede con ella. No quiero perderme eso único que es verlas crecer", dice el realizador quien antes de un 2015 agitado (ver recuadro) tendrá, luego de muchos años, vacaciones.

-¿Cómo elegís a los actores para tus obras?

-Tengo que ver al actor, por ahí me dicen que es maravilloso, pero si no lo veo actuando en teatro, no me sirve.

-¿Hay algo paternal en tu trabajo con los actores?

-Sí, totalmente. Quieren que los acompañes. Ariel Bufano tiene una linda imagen para hablar del docente y de su alumno: un niño quiere cruzar una montaña. Lo dejás caminar sin perderlo de vista y recién cuando se está por caer, le das la mano. No les enseño a actuar, pero, en mi caso, busco darles esa compañía. Trato de meter al personaje en él, y no viceversa. En general, intento que se sientan queridos, porque los quiero. Si no, no podría trabajar con ellos. Jugás con quien estás bien, si estás peleado, mejor te vas a tu casa. Es fundamental que sean buenos actores, pero también que sean buenas personas. No les gusto a todos y soy bueno con la gente que es buena y odio también a mucha gente, de esa me alejo. No la enfrento. Éste es un lugar de placer.

-Además de las individualidades, ¿estás pendiente de la armonía en los elencos?

-Para mí, el teatro es una fiesta. Invito a mis obras a quienes invitaría a una fiesta en mi casa. Es decir, gente con la que conectás, con la que te podés divertir, que la dejás deambular sin problema de que algo va a faltarte. Si hay alguna sospecha, si pienso que alguien va a traer problemas, te va a robar o se va poner en pedo, no vienen. En escena esto se traduce a que no me interesa que un actor brille, porque es la obra la que tiene que brillar.

-¿Vas al teatro?

-Muy poco. Me cuesta. Veo cine, series, estoy a full con Netflix. Estoy pendiente del drama cinematográfico, me como las actuaciones. Voy a ver cosas puntuales, compromisos de amigos y esas cosas que me dicen que no me puedo perder. Por lo general, me seducen muy pocas obras.

-¿Y a terapia?

-Sí. Le decía a mi última terapeuta que a veces me da miedo conocerme y descubrir algo que me impida seguir trabajando. Tengo una necesidad dramática constante, así resuelvo las cosas y así funciona mi inventiva.

-Imagino que, como si fuesen tus hijos, los actores de tus obras te deben pedir que vayas a verlos.

-Sí. El año que viene con todas las obras en cartel no sé cómo voy a hacer. Hay obras que se mantienen bien. Todas crecen después de tantas funciones, pero algunas crecen en la dirección correcta y otras se van de la vía. Cuando se necesita, voy. Ahora, con El crédito, y con esos animalitos que son Jorge Marrale y Jorge Suárez, veo algo que es increíble, cómo ellos se apoderaron de ese material.

-¿Qué puntos en común encontrás en tus puestas?

-Hay una coralidad siempre presente. También busco organicidad, que la obra esté pasando, que funcione, es decir, que, en lo posible, el espectador se olvide de que está en el teatro. Si aparece una actuación, el espectador ve eso, a un buen actor, y no ve teatro.

-¿Se puede aprender a dirigir? ¿Tenés un método?

-Aprendí a dirigir dirigiendo, empecé a confiar en ese lugar vacío de la creación. Hay un libro que me enseñó mucho, Conversaciones con Francis Bacon, porque tiene que ver con mi manera de ver y amar el arte. Allí se cuenta que cuando no sabía cómo empezar a pintar llamaba a la mujer que limpiaba y le pedía que hiciera un trazo cualquiera en el lienzo en blanco, y entonces ahí podía comenzar. Me pasa eso con los actores en los ensayos: "Arranquemos que vamos a llegar a algo".

Adultos que juegan, niños que crecen, un gato que pasea altivo y una mesa de metegol que vigila los ensayos desde el primer piso. Estos elementos conviven en el universo de Veronese, construido por una sucesión interminable de ensayos, ese oasis donde el límite entre la ficción y la realidad es difuso: "Cuando ensayo, entro en un estado distinto. No quiero saber por qué me pasa eso. Es un lugar donde me siento muy libre y en ese desconcierto me siento fuerte".

DE LAS TABLAS A LA PANTALLA GRANDE

Filmaría Mujeres soñaron con caballos

"No me gusta actuar en teatro, hay que estar un poco mal de la cabeza. Dirigir es diferente. Esta cosa rara en la que de miércoles a domingos no podés fallar ni faltar porque si no todo se rompe. Se vuelve muy extraño tener ese compromiso. En cine es diferente", dice Daniel Veronese, a quien este año se lo pudo ver en la película La tercera orilla, de Celina Murga. Dice que posiblemente regrese a la pantalla grande para actuar de la mano de otra directora, pero antes está entusiasmado con la posibilidad de debutar como director de cine con un proyecto y un texto propio, Mujeres soñaron con caballos, la obra que realizó una temporada en el Teatro San Martín hace más de una década. Veronese trabaja ahora para reunir el elenco original: María Figueras, Osmar Núñez, Silvina Sabater, Marcelo Subiotto y Julieta Vallina.

Fuente: La Nación

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