martes, 1 de julio de 2014

Mariana Kohen, Laura Gutman, Ema Peyla y Gerardo Porión: Los últimos iluminatis, El sueño del pibe y Soy solito


“Los títeres siempre cuentan algo más”

Los últimos iluminatis, El sueño del pibe y Soy solito son tres de los muchos espectáculos que pueblan la cartelera. Los titiriteros Mariana Kohen, Laura Gutman, Ema Peyla y Gerardo Porión pertenecen a un mundo teatral entregado a la magia de “construir metáfora”.

De la gran cantidad de espectáculos que ofrece la siempre creciente cartelera teatral porteña un buen porcentaje de obras tiene al títere y al objeto como protagonistas. Y aunque sus responsables han coincidido en espacios de formación (la Escuela de Titiriteros del San Martín y los talleres que conduce Ana Alvarado son referentes fundamentales), las obras están lejos de parecerse. Es lo que sucede con Los últimos iluminatis, de Mariana Kohen, El sueño del pibe, de Laura Gutman, y Soy solito, creación del grupo de titiriteros Todo Encaja Producciones. También difieren en la creación de atmósferas y en el desarrollo de los temas centrales que atraviesan las obras. Utilizando máscaras y títeres de diversos tamaños, en Los últimos iluminatis la narración de historias míticas oficia de puente para que nuevas y viejas generaciones encuentren un lugar de diálogo. En El sueño del pibe, en cambio, un cabaret porteño de los años ’30 es el ámbito donde confluyen los anhelos ciudadanos de sus personajes –siete títeres y una cantante y actriz– en tanto que la historia de desamor y soledad de Soy solito transcurre entre acciones cotidianas y transformadoras manifestaciones del inconsciente del personaje, un pequeño títere de mesa manejado con varillas.

Kohen tuvo una formación multidisciplinaria que incluyó danza contemporánea y clásica, teatro de texto, teatro físico y dramaturgia. En el mundo de los títeres y las máscaras, entró sola y así, de manera autodidacta, comenzó a diseñarlos porque, según afirma en la entrevista con Página/12, “para aprender, a veces basta con tener ganas de explorar”. Fue después de que entró al Taller Escuela de Titiriteros del Teatro San Martín. Después de experimentar en este campo, a la hora de construir títeres y máscaras, Kohen dice preferir el material en bruto –lanas, hilos, arcilla, aluminio– para encarar un proceso singular: tratar de entender lo que cada material “pide” y desde esa comprensión diseñar la forma y la función que mejor le cuadra. Así, la titiritera afirma que “escuchando al material mismo puedo darme cuenta de lo que me está proponiendo”, ya que según aclara, el relato se “esconde” allí mismo, dado que “hay una historia que se puede encontrar en cada caso”. Además de la misma directora, el elenco de Los últimos... está integrado por Daniel Blako, Mónica Evangelista, Patricio Muñiz, Daniela Riveros y Paula Vidal. Si bien el espectáculo se fue armando sobre un guión previamente escrito por Kohen, la directora y autora señala que aún está en etapa de experimentación y cambio dadas las pocas funciones que llevan realizadas.

Entre los protagonistas de Los últimos... está un grupo de ancianos que piensa en forma corporativa –no en vano aparece en escena como siameses–, domina una aldea y discute acerca del futuro. Las arañas son los antagonistas de este grupo: personajes que cuentan un relato a estos seres que, en gran medida, los hace reflexionar y conectarse con otra realidad. La directora afirma que las arañas, que en parte representan el tejido social, hacen reflexionar también al público acerca de la importancia de aprender de la propia experiencia más que dejarse llevar por los mandatos instituidos. Y está también el tema de la confrontación generacional: “En cada familia el encuentro entre personas de diferentes generaciones se da en forma diferente. A veces es muy fructífera pero otras veces hay muchos conflictos: mientras unos piensan que el pasado siempre es mejor, otros creen que lo hecho por las generaciones anteriores estuvo lleno de errores. Los últimos... habla de cómo acercarnos al pasado para pensar mejor el futuro”, explica.

En cuanto a los títeres de la obra, los hay de muy diferente formato y diseño, algunos muy pequeños y otros que hasta cuentan como propias las piernas de alguno de los manipuladores. Otras de las creaciones del grupo son las llamadas “máscaras larvarias”, que no tienen una definición ni humana ni animal específica y que son ubicadas indistintamente en diversas partes del cuerpo de la criatura a representar. Kohen habla acerca del aporte de este mundo de objetos creados: “Me resulta determinante –dice– lo que simbolizan los títeres y el contenido que generan. Por eso siempre me estoy preguntando por qué usamos títeres y no actores en tal o cual situación. Y es porque cuentan algo más: los títeres dejan multiplicar el sentido, construyen metáfora y varios planos de significación”, concluye.

Laura Gutman tiene formación en danza contemporánea y canto, es regisseur de ópera y también cursó la misma Escuela de Titiriteros... en su caso, “para salir del código escénico de la ópera”. Según cuenta a Página/12, siempre se sintió atraída por el teatro de títeres y objetos y cree, además, que vincularlo exclusivamente al mundo infantil es un error: “Con un títere de guante –ejemplifica– se pueden decir cosas terribles”. Directora y autora de El sueño del pibe, Gutman desarrolló en esa obra su tesis de egreso de la Escuela, un tema que la toca muy de cerca: la lucha que implica concretar lo que se desea en la vida. Diseñados por Simón Wajtrob, los títeres de mesa son manipulados a varilla; cuatro tienen forma humana y poco menos de un metro de altura, en tanto que los otros tres representan instrumentos musicales. Los titiriteros son Lorena Azconovieta, Paula Cueto, Mariano Del Pozzo, Elena Gowland, Marcelo Lizarraga, Raquel Navas Ortega y Florencia Orce. Marta Pomponio es la cantante, alter ego del personaje de Beba, que hilvana las diversas situaciones de esta obra que se presenta como un sainete para títeres de mesa.

–¿Qué la llevó a salir del campo del canto y la ópera para entrar en el de los títeres?

–Veía que existe una relación entre el objeto y la música, el títere y la voz. Y ésas eran las vertientes que me interesaba explorar. Me atrajo la relación estética y física que plantea el títere. Sentí que ponía mi subjetividad en juego tanto como un actor cuando prepara un personaje. Encontré allí un teatro en el que podía expresar todo lo que había aprendido sobre teatro y música.

–¿Por qué eligió el sainete?

–Tuve ganas de hablar sobre prototipos porteños de otra época y de cómo fueron llegando la guitarra, el violín y el bandoneón al tango. Y cómo fue desarrollándose el género, desde el tango orillero hasta la aparición de la orquesta típica. Apareció un mundo de hombres, entre los que estaba un aspirante a artista. Y una mujer.

–¿Qué clase de mujer?

–Una con una personalidad muy fuerte, que había elegido dejar la casa para subir a un escenario. Luego hay un artista extranjero que representa a la inmigración. Es una historia sencilla que habla acerca de los deseos, de lo que uno quiere ser.

–¿Incluye al tango desde la música o teniendo en cuenta sus letras?

–Hay textos de tangos que son dichos y otros que son cantados por los titiriteros y por la cantante. Las letras redondean lo que no se termina de decir en la escena. Los tangos elegidos se conectan con los personajes. Entre otros está “Sueño de juventud”, de Discépolo, “Che, Bandoneón”, de Manzi y Troilo, y “Malena”, de Manzi y Demare.

–¿Qué aportan los títeres que no pueden dar los actores?

–Magia. Algo que tal vez hoy esté desvalorizado pero que nos vuelve menos calculadores, menos tecnológicos. Algo que inyecta un aspecto simbólico a la cultura.

También para Ema Peyla y Gerardo Porión, manipuladores del personaje protagónico de Soy solito, el hecho de construir metáfora es uno de los fuertes de la técnica del títere, basada en “trabajar con la poesía de la imagen y plantear un mundo donde todo es orgánico”, según definen en la entrevista de este diario. Si bien el germen del espectáculo fue el trabajo de egreso de ambos titiriteros de la Diplomatura en Teatro de Objetos y Títeres de la Universidad Nacional de San Martín, el espectáculo que hoy puede verse en La Carpintería también involucró a los otros tres integrantes de Todo Encaja Producciones: Laura Fontenla, Victoria Manzini y Nicolás Solezzi. En efecto, la semilla del espectáculo fue una secuencia creada sobre un viejo tema de Björk (“It’s Oh So Quiet”) “en el que, según describen Peyla y Porión, “el personaje pasa de una situación de calma y quietud y silencio a una explosiva”. Ambos cuentan que ese cuadro musical los ayudó a “encontrar la manera de animar al títere, lo cual es mucho más que moverlo, porque lo que hay que hacer es encontrarle vida propia”.

En ese sentido el trabajo de la dirección conjunta fue determinante: “Los directores nos pedían en los ensayos que el títere hiciera acciones realistas como si fuese un actor”, cuentan los titiriteros y fue a partir de esta exigencia que encontraron el tono singular del modo de manipular al personaje. Pero ¿cómo adecuarse a la dirección de tres personas al mismo tiempo? Ellos contestan: “Los directores aportaron muchísimo porque cada uno mira desde un ángulo diferente: uno se fija en aspectos cinematográficos, otro, en lo interpretativo, y otro tiene del trabajo una mirada global”, detallan.

Luego de un largo período de pruebas, este personaje –que mide 35 centímetros y que cuenta con un interior de goma espuma con un complicado sistema que lo vuelve dócilmente articulable– muestra en escena un día en su vida, un día especial porque intenta superar su estado de melancolía y soledad. Lo distintivo radica en que durante esa jornada todo le sale mal: “Lo que le sucede potencia su angustia y luego de exponer toda la carga emocional de ese mal día, un sueño profundo le revela señales de otra realidad que la espera, que lo va a ayudar a salir adelante”, resumen los titiriteros. En cuanto al humor que hace de la obra un cuento entrañable, Peyla y Porión coinciden en que se debe al manejo de la técnica de clown, especialmente de ese modo particular de dirigir la mirada a la platea en busca de complicidad. Una mirada que es solamente del títere ya que ellos prefieren mantenerse neutros y no apartar la suya de la mesa de manipulaciones. Tal vez porque, como apunta Gutman, “es la concentración del titiritero en el títere lo que permite al espectador aceptar la paradoja de esta interpretación”.

* Los últimos iluminatis, Teatro El Popular (Chile 2076), viernes a las 20.

* El sueño del pibe, La Scala de San Telmo (Pasaje Giuffra 371), sábados a las 20.30.

* Soy solito, La Carpintería Teatro (Jean Jaurès 858) sábados a las 20.

Fuente: Página/12

No hay comentarios: