viernes, 11 de julio de 2014

Locas canciones para mirar

Una vuelta a la mejor María Elena

"En cada canción existe una nueva melodía." La frase guió a Héctor Presa para reformular junto a Carlos Gianni Canciones para mirar, de María Elena Walsh, el show musical estrenado por la poetisa junto a Leda Valladares en 1962 en el San Martín. Es la ampliación hacia lo musical del leitmotiv de buena parte de las puestas en escena del director de La Galera Encantada: en todo cuento encuentra otras historias, más allá de las siempre narradas. En este caso, el de Locas canciones para mirar, un estudioso de la obra de María Elena, el señor Naspi, trata de entender las letras de las canciones aplicando una lógica estricta y estrecha. ¿Cómo es posible que un cuento acabe al principio y empiece después? ¿Cómo puede haber una tetera que no se ve? Movido por sus interrogantes invita a María Elena a ofrecerle alguna explicación. Ella irrumpe en escena y es rotunda: no todo tiene un porqué. Las canciones originales de la poetisa se entrecruzan con otras en que Presa y Gianni intercalan los cuestionamientos del señor Naspi. Las asistentes del estudioso, renuentes a tanta elucubración, tercian con su propia melodía: "Si una naranja se pasea, déjenla pasear".

La obra de María Elena Walsh marcó una impronta fundacional en la poesía, la música y el teatro dedicados a los chicos desde la que se puede trazar un arco hasta la actualidad, que incluye también la obra de La Galera Encantada y la de Carlos Gianni en su larga colaboración autoral con Hugo Midón. En esa trayectoria de medio siglo de la escena infantil local han sido abundantes las reinterpretaciones de las obras de María Elena, algunas oportunistas, otras a tono con la riqueza poética de la autora.

La de Presa y Gianni se inscribe claramente en este segundo grupo. Podría haberse esperado sin embargo que diera una vuelta de tuerca adicional a tanto tratamiento de esas obras que forman parte ya de la memoria colectiva. Como lo fue María Elena, del mismo Presa, que indagaba sobre los orígenes de la creatividad. Locas canciones para mirar es finalmente una vuelta a María Elena. Lo absurdo es preguntarse por el sentido del absurdo. Detenerse en desmenuzar cada letra y perder el placer del verso entero.

Es posible que los más pequeños no distingan en todos los casos qué es de María Elena Walsh y qué de Presa y Gianni. Pero también ésa es una pregunta que probablemente carezca de sentido para esos espectadores que se asoman al teatro como extensión de su propia capacidad de jugar. Así la tortuga de Pehuajó puede mudarse a Sarandí y Osías el Osito emprender nuevas aventuras, sin que ello signifique salirse del espíritu del libreto original.

Leonardo Spina, como el inquieto investigador, Luciana Lester y Guillermina Calicchio como sus asistentes renuentes y Lali Lastra una vez más como María Elena, componen un elenco parejo, que no se destaca tanto por su interpretación vocal como por su constante juego actoral de toma y daca, en una especie de ronda lúdica entre el cuestionamiento, la afirmación y la reafirmación del rodar libre de las palabras en busca de nuevas dimensiones poéticas. El vestuario de colores nítidos da un tono de vitalidad sin entrar demasiado en sutilezas. Le otorga unidad al conjunto escénico guardando la identidad de cada uno de los personajes y rescata de alguna manera la sencillez de la puesta original de medio siglo atrás.

Gianni aprovecha el entretejido de las tres líneas melódicas -la de María Elena, la del Sr. Naspi y la de las asistentes- para introducir rupturas rítmicas que agilizan el diálogo musical. Así las cosas, triunfan las canciones originales, la creatividad sin causa ni fin. "No necesito saber por qué me gusta una canción, sólo sé que lo disfrutaré", cantan las asistentes. Y el señor Naspi termina sintonizando la misma tonalidad, en la alegría del alocado disparate de la imaginación.

Fuente: La Nación

Sala: La Galera, Humboldt 1591 / Funciones: sábados, a las 16. 15.

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