viernes, 28 de marzo de 2014

Día Internacional del Teatro


Abrir caminos y preguntas

La fecha se conmemora en los 96 países que integran el Instituto Internacional del Teatro. Además de discursos sobre la actividad, hubo fragmentos de obras en cartel, y Tony Lestingi y Claudio Gallardou recibieron al público disfrazados de payasos.

Con la participación de Pepe Soriano, Patricia Zangaro y Alejandra Darín, entre otros artistas, se celebró en el teatro Cervantes otro Día Internacional del Teatro. Esta fecha se conmemora en diferentes partes del mundo, en los países que integran el Instituto Internacional del Teatro (ITI), la entidad responsable de que exista esta celebración desde 1961. En el Cervantes hubo discursos emotivos, fragmentos de obras que están actualmente en cartel y una cuota de comicidad aportada por Tony Lestingi, de La Banda de la Risa, y Claudio Gallardou, que recibieron al público disfrazados de payasos.

“Este es un momento de gran alegría, este día se está festejando en todo el mundo. El Instituto Internacional del Teatro reúne a 96 países. Estamos enlazados”, subrayó, desde el escenario de la sala María Guerrero, Francisco Javier, en carácter de secretario del Centro Argentino del Instituto. Con esas palabras puso en contexto al público, al informarle que estaba siendo parte de algo más grande, y dio marco a la celebración, que cada año se realiza en el teatro oficial de Libertad 815. El Día del Teatro es, en realidad, el 27 de marzo, pero el Cervantes se adelantó y festejó el 26, desde pasadas las 20.

Para este encuentro se unieron Argentores, la Asociación Argentina de Actores, el Cervantes y el Centro Argentino del Instituto Internacional del Teatro/Unesco. El evento es abierto al público y la entrada es libre y gratuita. Hay un momento, un rito, que genera grandes expectativas cada año: se leen, acerca del teatro, un mensaje internacional y uno nacional. La particularidad del primero es que se comparte en las diferentes naciones que consideran que hay que celebrar que esta disciplina existe y que existe todo lo que pone en juego.

El mensaje internacional lo leyó un ovacionado Pepe Soriano. Lo hizo con muchos matices, como un político de los buenos, afiebrándose al final. El texto, bellísimo, se lo permitió. El autor es un dramaturgo y director sudafricano, Brett Bailey. “Donde exista la sociedad humana, el irreprensible espíritu de la representación se manifiesta. Bajo los árboles en pequeños pueblos, y en los escenarios altamente tecnificados en metrópolis globales; en pasillos de escuelas y en campos y en templos; en barriadas, en plazas públicas, en centros comunitarios y en sótanos de ciudades del interior, la gente es atraída para compartir en el efímero mundo teatral que creamos para expresar nuestra complejidad humana, nuestra diversidad, nuestra vulnerabilidad, en carne viva, y aliento, y voz”, leyó Soriano.

Luego de explicar para qué existe el teatro, Bailey se interroga por lo crudo de la existencia: “Pero en esta era en la cual tantos millones luchan por sobrevivir, sufren bajo regímenes opresivos, y de un capitalismo depredador, huyen de conflictos y adversidades; en la cual nuestra privacidad es invadida por servicios secretos y nuestras palabras son censuradas por gobiernos entrometidos; en la cual los bosques son aniquilados, las especies, exterminadas y los océanos, envenenados, ¿qué nos sentimos obligados a revelar?”. Luego de un aplauso, llegó la conclusión, un nuevo interrogante: “¿Estamos nosotros, los artistas de arenas y escenarios, conformando las demandas del mercado o apoderándonos del poder que tenemos, para limpiar el espacio en los corazones y las mentes de la sociedad, para reunir a la gente alrededor de nosotros, para inspirar, encantar e informar, y para crear un mundo de esperanza y colaboración?”.

Luego fue el turno de Patricia Zangaro, cuyo texto fue elegido como mensaje nacional. “Toda vez que los griegos fundaban una ciudad construían un teatro, sabedores de que ese espacio donde la polis celebraba los misterios de la condición humana constituía la forma más eficaz de llevar su cultura a los pueblos conquistados”, dijo, en un discurso en el que mencionó a Fellini y habló de la tragedia griega. “El teatro, a pesar de los embates del poder y el tiempo, y fortalecido con las múltiples innovaciones de sus creadores, ha resistido el paso de los siglos, porque nada puede romper el pacto sobre el que se funda: puede prescindir de todo, menos del acuerdo entre el actor y el espectador”, sostuvo. Como Bailey, se refirió al poder. Opinó que los teatristas lo desafían, “proponiendo nuevas formas de configuración de la experiencia humana”. Y, finalmente, el público quedó en el centro del mensaje: “Deseo celebrar muy especialmente con los espectadores, que sostienen con el escenario aquel impacto fundante, la condición misma del teatro”.

También fueron oradores Francisco Javier y Bernardo Carey, de Argentores. El director contó una anécdota: una vez dirigió una obra sobre una relación conflictiva entre una madre y su hijo –interpretado por un Gasalla joven, que recién comenzaba su carrera– y que una espectadora, enojada con la trama, lo golpeó con su cartera. “Buscamos una relación afectiva entre la platea y la escena. Si la gente no fuera al teatro, sería un drama terrible”, manifestó. Carey aprovechó para intentar revertir “la mala fama de recaudadora de impuestos” que pesa sobre la institución que se ocupa de los derechos de los dramaturgos. “Voy a decir algo que quizá no gusta: nuestras sociedades de derechos de autor se crearon en todo el mundo a partir de las revoluciones burguesas del siglo XIX”, apuntó.

Por supuesto que la fiesta no se quedó, únicamente, en la dimensión del análisis, de los deberes del teatro y de los discursos. La representación signó la noche desde el principio. Gallardou y Lestingi rompieron la cuarta pared, “molestaron” a los espectadores mientras iban ingresando a la sala. De hecho, los recibieron en la puerta. Y luego ofrecieron el número La sonámbula. Para el final se representaron fragmentos de cuatro obras: Tierra del fuego, de Mario Diament, con dirección de Daniel Marcove; Manzi, la vida en Orsai, de Betty Gambartes y Bernardo Carey, dirigida por Gambartes; Para mí sos hermosa, de Paula Rasenberg, con dirección de Marcelo Nacci, y Venimos de muy lejos, del grupo Catalinas Sur, con dirección de Adhemar Bianchi y Stella Giaquinto.

Luego de que en el escenario se hiciera carne el conflicto palestino-israelí, y quedara expuesta, como puntualizó Zangaro, otra “forma de configuración de la experiencia humana”, un Manzi que se empieza a acercar al peronismo grita: “¡La cultura popular tiene que ser una política de Estado! Es la única manera de preservar nuestra identidad”, y los espectadores aplauden. No había otro modo de terminar la jornada. Había que terminarla haciendo realidad todo lo que se dijo: demostrando la potencia del teatro para abrir nuevos caminos y preguntas.

Fuente: Página/12

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