miércoles, 15 de enero de 2014

Los Grimaldi


Para verla, hay que ponerle onda

Es importante advertirlo: hay que poner mucha voluntad para entregarse al universo que propone la versión marplatense de Los Grimaldi . En principio, hay que sobrellevar la potencial desilusión que puede generar que la historia, una condensación de la serie televisiva resuelta en una hora y cuarto, sea interpretada por un elenco sustituto (el casting original está en Villa Carlos Paz para llevar adelante Los locos Grimaldi , la hermana mayor, digamos, de la apuesta costeña). Aunque la canción de apertura sea la misma que suena en TV y los personajes y los sucesos se mantengan, las caras cambian: Doménico Grimaldi es interpretado por Mario Pasik, en vez de por Rodolfo Ranni; Susana Grimaldi no es Georgina Barbarrosa sino Laura Fidalgo; Silvina Escudero se encarga del papel de Nazarena Vélez y así sucesivamente, con todos los demás.

Un esfuerzo aún mayor requiere entender y aceptar al pacto de verosimilitud que se establece tanto desde la propuesta de vestuario como desde el texto: aun suponiendo que uno esté dispuesto a creer que un jardinero se pasea por la mansión Grimaldi sin remera y exhiba sus músculos día y noche, o que la enfermera de Doménico usa tacos aguja y viste un ambo tan corto que deja parte de su cuerpo al aire, también debe acompañar los giros de la historia sin pedirle, a ninguna de las escenas, mayor justificación lógica. De esta manera Nicolás, el más chico de los Grimaldi (Thiago Batistuta) no sabe hablar de otra cosa que no sea su vocación de sacerdocio, pero ante la aparición de su prima sólo puede lanzar en voz alta espasmos de fantasías sexuales, el matrimonio de Dora (Escudero) y su marido (Chang), un gay que ya no hace ningún esfuerzo por disimular su verdadero deseo, se sostiene a pesar de que llevan años sin tener relaciones; Doménico puede fingir ante toda su familia una demencia que no tiene y el abogado que Susana, ambiciosa y desalmada, contrata para tramitar la curatela de su padre resulta ser un viejo amor de Dora, que había desaparecido del mapa por un crimen que no cometió y que lo llevó a la cárcel por una década.

Las actuaciones de Pasik, Fidalgo (extraordinaria en su manejo corporal y comediante fresca) y Atilio Veronelli, también director de la obra, conforman lo más disfrutable de una puesta que descansa demasiado en el fanatismo del público televisivo, sin esmerarse por conquistar a los espectadores nuevos.

Fuente: La Nación

Sala: RadioCity+Roxy+Melany, San Luis 1752, Mar del Plata.

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