sábado, 21 de septiembre de 2013

Marco Antonio de la Parra: El loco de Cervantes y Los pájaros cantan en griego


“La creación es una construcción frágil”

El dramaturgo y psiquiatra acompañó el estreno en el Cervantes de Los pájaros cantan en griego y protagoniza El loco de Cervantes en el Celcit, donde conduce un taller. Dice que las dos piezas de su autoría tienen en común “la relación del creador con la amargura”.

La trastienda de los escritores latinoamericanos del boom editorial de los ‘60 es materia de Los pájaros cantan en griego, obra del escritor y psiquiatra chileno Marco Antonio de la Parra y estreno en el Teatro Nacional Cervantes. Ahora, en Buenos Aires, el autor acompaña esta puesta y protagoniza El loco de Cervantes, en el Celcit, donde conduce un taller sobre dramaturgia del sueño y neurociencias. En diálogo con Página/12, dice disfrutar de estos encuentros (esta vez en el marco de “Chile en el Celcit”) con el público, los alumnos y los dramaturgos, directores e intérpretes amigos. Sus obras vienen presentándose en la Argentina desde el montaje de La secreta obscenidad de cada día, realizado por Francisco Javier, en el Teatro San Martín. Otras piezas suyas vistas en Buenos Aires y provincias, e interpretadas por elencos locales o chilenos, llevan por título El continente negro, Ofelia o la pureza (retitulada Ofelia o la madre muerta), Monogamia, y Telémaco o el padre ausente. Los pájaros... –incluida en el programa Plan de Giras del TNC y protagonizada por Víctor Hugo Vieyra y María Ibarreta, con dirección de Carlos Ianni– se inspira en aquel celebrado boom que congregó a personalidades bien diferenciadas y “escritores ambiciosos e inseguros, periodistas curiosos, agentes literarios y figuras del cine”, opina De la Parra.

–¿El descontento con la propia obra era una de las características de los autores del boom?

–Esa es la condición del escritor que aparece en la obra. Manuel Cienfuegos, personaje inventado, es un autor frustrado. Nació de mi amistad con el escritor chileno José Donoso, y de la amistad que él mantenía con Carlos Fuentes, Vargas Llosa y otros famosos. Donoso me decía: “Termino una novela y vuelvo a ser un escritor frustrado”. La literatura no calmaba el “dolor de vida” de su carácter melancólico. Contaba anécdotas de los autores de la primera línea y de los que habían quedado en los aledaños del boom. Este Cienfuegos es también inspiración de un personaje secundario de Donde van a morir los elefantes, una novela de Donoso. Me interesa trabajar sobre el acto creativo y su coqueteo con la catástrofe.

–¿Esa es también su vivencia como escritor?

–Sí, en ese sentido Cienfuegos soy yo. Uno siente que está armando un castillo de naipes que en cualquier instante se derrumba. La creación es una construcción frágil y, en un punto, azarosa. Donoso atravesaba crisis psicosomáticas graves al finalizar una novela. En una ocasión sufrió una afasia. Cada libro le costaba una víscera. Se jugaba, y me transmitió esa pasión vital.

–¿El loco de Cervantes es otra pieza sobre el acto creativo?

–Lo común de esa obra con Los pájaros... es la relación del creador con la amargura. Cervantes escribió El Quijote queriendo ser dramaturgo y no novelista. Es la figura del artista que no sabe si aquello que está haciendo es lo que quiere hacer realmente, o la de quien cree que hace lo que desea y, al mismo tiempo, siente que debería hacer otra cosa. Experimentar esa turbulencia es parte de la condición humana. No sé si hay artistas que conocen la paz.

–¿Influyó en este interés por el debate interior su formación en psiquiatría?

–Desde muy temprano me pregunté por los trasfondos y secretos de la creatividad, porque los viví. Nací en 1952, y escribo desde muy joven. Me tocó vivir en la época del boom y asistir a la primera edición de los cambios que se iban produciendo en la literatura, la música y el cine. Hasta la Revolución Cubana fue vivida por mí en primera edición.

–Cambios que entonces no eran considerados utópicos...

–No, y por eso debíamos mantenernos alertas, porque la revolución estaba entre nosotros y no podíamos perderla. Esos fueron los peligrosos ’60 y ’70.

–¿Cuál era el peligro?

–Intentar hacer mucho más de lo que se podía sin reparar que los “utópicos” estábamos siendo vigilados por una resistencia al cambio que sería tremenda. Justamente estuve estrenando en Chile La UP (por Unidad Popular), una obra sobre la época del presidente Salvador Allende, lo agitado que fue ese gobierno y cómo se lo vivió en el interior de las casas y en las familias. Mi padre era socialista allendista, pero mi madre no. Las batallas conyugales eran impresionantes. Pero, más allá de las obras en las que muestro cómo la política transforma la vida cotidiana de los chilenos, sigo investigando sobre el proceso creativo. Mi intención es armar una tetralogía. La primera fue El loco... y la segunda Los pájaros..., cuyo título proviene de una frase que decía la escritora Virginia Woolf cuando deliraba. Esto me lo transmitió Donoso en una entrevista. En realidad, la frase comenzaba con “Los ruiseñores...” y no con “Los pájaros...”.

–¿Qué obras completarían la tetralogía?

–Estoy trabajando sobre el suicidio del escritor peruano José María Arguedas (también profesor de etnología y quechua), quien tenía relación con los escritores chilenos y viajaba seguido a Chile para ser atendido por la psicoanalista Lola Hoffmann. La cuarta será sobre los poetas rusos y la Revolución Rusa, sobre poetas y escritores como Boris Pasternak, Osip Mandelstam (nacido en Varsovia, bajo el Imperio Ruso), Vladimir Maiacovski... Revolucionarios artísticos que vivieron la utopía y fueron atacados y perseguidos, como Meyerhold, en el teatro.

–El título de Los pájaros... surge de un delirio, también presente en la historia de los ficcionales Manuel Cienfuegos y su mujer Eva, que conviven a pesar de sus diferencias.

–Esa interdependencia entre el escritor y su mujer, que le edita e incluso le escribe los textos, es influencia del cine de Ingmar Bergman y de películas como Sarabanda. En Los pájaros..., la mujer convierte en texto los delirios y fantasmas del marido, pero es incapaz de crear una obra propia. Ellos dependen de la literatura de un modo patológico: no pueden dejar de producir, atravesados, como están, por la competencia, la necesidad de dinero y de realizar viajes.

–¿El delirio se relaciona con la presión del entorno, como en Ofelia...?

–Esa obra está construida a partir de sueños. Es una lectura de Hamlet, de William Shakespeare, pero una lectura en duermevela. Ofelia se siente atrapada en un medio vicioso y siniestro.

–¿Cuál sería en sus obras el lenguaje de los sueños o de la duermevela?

–Justamente organicé un taller en el Celcit, porque me interesa analizar lo dramatúrgico a la luz de la neurociencia y de los sueños. De lo onírico me gusta trabajar los fragmentos, la alteración de la lógica de los opuestos, porque, en un sueño, el bien y el mal, la vida y la muerte pueden ser lo mismo. Todos los sueños de una noche confluyen en un mismo conflicto hasta que se resuelve. Cuando el conflicto no se resuelve, aparece la pesadilla. Interpretar los sueños sigue siendo la via regia hacia el inconsciente y una vía de construcción de un espacio mental.

–Sueños que no se pueden apresar...

–Que se diluyen y son ambiguos, como en El loco..., donde hay una construcción de espejo. Para la puesta de esta obra pensé en el cine, en el plano fijo, pero al final “se me arranca” el psicoanalista y la resolución es convulsa y extraña.

Fuente: Página/12

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