viernes, 27 de septiembre de 2013

Hugo Urquijo y Graciela Dufau: Antílopes


Personajes llenos de miedos y fracasos

La obra del novelista y dramaturgo sueco Henning Mankell trascendió por su actitud frente a la discriminación y el racismo. Actúan Ingrid Pelicori, Mario Pasik y Diego de Paula.

Vulnerables en un territorio que rechazan, los personajes de Antílopes, obra del novelista y dramaturgo sueco Henning Mankell, han acumulado miedos y fracasos. La distancia cultural acentuó la desconfianza hacia los nativos y criados, identificados en los diálogos pero “invisibles” en la escena. El ingeniero Lars y su mujer Elizabeth están a punto de concluir una estadía de años en Africa, donde el hombre debía coordinar la perforación de cuatrocientos pozos para extraer agua en beneficio de la población. El encargo provenía de un organismo internacional de ayuda a países pobres. A la espera del relevo (un ingeniero más joven que Lars), la pareja va camino de la catarsis. La realidad los ha consumido, por avaricia y escaso compromiso humanitario. Atrapados por la indolencia y por una naturaleza que sienten enemiga y ataca al cuerpo (Lars se queja de una picazón permanente, de “gusanos” que pululan bajo la piel), no han cumplido el encargo. Sólo funcionan tres bombas de agua. “Estamos para ayudarlos a vivir o a morir”, dice Lars, ya sin retorno. Antílopes, de estreno reciente en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543, viernes a las 22.30 y sábados a las 20), es dirigida por Hugo Urquijo y Graciela Dufau y actuada por Mario Pasik, Ingrid Pelicori y Diego de Paula.

La labor intelectual y artística de Mankell ha trascendido por la calidad de su escritura y su actitud frente a la discriminación y el racismo. Autor de piezas de teatro, ensayos y novelas, obtuvo gran repercusión con una serie de novela negra, cuyo protagonista es el inspector Kurt Wallander, su personaje más famoso. La primera entrega de esa serie fue Asesinos sin rostro (1991). Escribe para niños y adolescentes y novelas sobre el continente africano, alternando su residencia en Suecia y la República de Mozambique, donde, en la capital Maputo, dirige el Teatro Nacional. Sus textos advierten sobre la pobreza, el racismo y los conflictos que se suceden en Africa y otros territorios. Colabora desde el año 2000 con la organización Médicos sin Fronteras, una de las actividades que le fueron reconocidas a nivel internacional. En 2008 recibió el Premio de la Tolerancia, otorgado en Tutzing (Alemania), distinción que entonces obtuvo el pianista y director argentino-israelí Daniel Barenboim. En Antílopes, Markell retrata las frustraciones y rencores de dos seres que no supieron desprenderse de sus prejuicios ni crear una vida en común. Dos frases a modo de subtítulos preludian el texto: “El leopardo caza en un vacío interior” y “Los antílopes escapan por la llanura”. Sobre éstas, acaso síntesis de la experiencia vivida, opinan Dufau y Urquijo.

Graciela Dufau: –Lars, el marido, dice tener algo en su interior. No sabe qué es, pero lo compara con un animal salvaje que lo amenaza.

Hugo Urquijo: –Ese animal es él y su fracaso. Después de los años vividos en Africa, supuestamente para ayudar a los africanos, sólo se perforaron tres pozos en lugar de cuatrocientos. El dinero recibido para cumplir ese objetivo “se perdió en el camino”. Y no es lo único. En el diálogo con su mujer sale a la luz el contrabando de marfil. Lars quiere dar a entender que no ha sido producto de una matanza.

–¿Queda algo por rescatar? Se menciona a los antílopes...

H. U.: –Que desaparecen, como se desvanecen los sueños con los que la pareja llegó a ese lugar. La decadencia es manifiesta cuando la mujer le dice al marido que descubrió las fotos que él fue sacando a nenitas desnudas.

G. D.: –Ella se mantuvo inactiva y en ese sentido es cómplice. No modificó su relación ni cambió su comportamiento con los sirvientes, pobrísimos, como su mucama.

–¿Por eso inventa situaciones y dice de los nativos que “Dios los hizo negros para que no olvidáramos de dónde vienen”?

H. U.: –La obra transcurre en dos planos: uno desarrolla el conflicto psicológico y otro, el social y político, que para Mankell es muy importante. Recuerdo que en la Feria del Libro de 2009 dijo que escribía novelas policiales para hablar del racismo. Y eso es aplicable a Antílopes, porque esta obra señala la permanencia del racismo, de la discriminación y la corrupción social, y esa especie de falacia que practican algunos de aparentar ayudar a los otros para, en realidad, ayudarse a sí mismos.

–O sea que los nativos siguen siendo “presencias inconciliables”.

H. U.: –Para Lars son una amenaza: vive pendiente de lo que hacen los guardias y lo asusta el silencio de los perros. La paranoia se instala también en el interior del vínculo, aunque balanceada.

G. D.: –Porque la pareja cambia: hace una especie de alianza y después la rompe, y así varias veces, sobre todo frente a terceros. Lars se refiere a los negros de manera despectiva, pero cuando aparece el sucesor y dice que los negros son vagos, reacciona como si le doliera, y los defiende.

–¿El relevo sería el “intruso”?

H. U.: –Todos conocemos el mecanismo de buscar el enemigo afuera para forzar la unidad interior. Como dice Graciela, la obra cambia, se va “disparatando” en situaciones que parecen tomadas del absurdo.

–¿Cuánto incide la naturaleza en esta obra?

G. D.: –El diseño escenográfico de Eugenio Zanetti cuenta mucho de esa naturaleza, como la banda de sonido de Daniel Viñoly, que vive en Estados Unidos. Aparece, incluso, en las acotaciones de Mankell, como el suspiro de los hipopótamos, que no es una metáfora.

H. U.: –Es un sonido “asmático”. Los sonidos son el cuarto personaje de la obra. El silencio aterra a los personajes. El silencio de los perros, por ejemplo, les hace pensar que se han escapado. Mankell sostiene que los blancos van a Africa con respuestas y no con preguntas ni ánimo para escuchar.

G. D.: –En Moriré, pero mi memoria sobrevivirá, Mankell cuenta historias sobre las diferencias culturales, las muertes por el virus del sida y esa especie de negociación que hace el nativo con el blanco para no olvidar su cultura. En otra novela, El ojo del leopardo, se refiere también a la dominación cultural, que podría resumirse en la frase: “Hagan lo que decimos; no piensen”.

Fuente: Página/12

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