miércoles, 3 de julio de 2013

Tierra del Fuego


Tierra del Fuego

Al igual que el director de orquesta argentino-israelí Daniel Barenboim y el intelectual palestino Edward Said, el dramaturgo Mario Diament cree en la necesidad del diálogo, de la comprensión entre culturas para encontrar un camino superador de diferencias y enemistades entre israelitas y palestinos. Es decir, ese conflicto que no cesa, que cíclicamente se agrava, que parecería insoluble.

Hacia 1999, Barenboim y Said (fallecido en 2003) planificaron la creación de una orquesta integrada por músicos provenientes de las dos zonas enfrentadas desde 1948, cuando se creó el Estado de Israel en tierras que los judíos consideraban propias, aunque hacía casi 2000 años que no habitaban (contienda que se agravó después de la guerra de 1967). La orquesta se llamó West-Eastern Divan, ha demostrado que la convivencia civilizada era posible y viene dando conciertos desde hace más de 10 años en diversos lugares del mundo. De hecho, se presentó con gran éxito en Buenos Aires, en plena avenida 9 de Julio, en 2010. En esas fechas, declaraba Barenboim que había que tener el coraje de "aceptar el relato del otro, o al menos entenderlo, y ésa es la responsabilidad máxima de Israel". También comentaba: "No es posible que las víctimas de ayer se conviertan en los opresores de hoy"

Con el mismo espíritu humanista y parecida voluntad de aportar a un acercamiento honesto a tan grave problemática, Mario Diament -argentino de ascendencia judía- se anima a dar espacio a distintos puntos de vista, a reconocer que todos los personajes de su obra Tierra del fuego -que parte de hechos reales- tienen sus razones: Yael, la ex azafata israelí que 22 años después de haber sufrido un atentado quiere conversar con el agresor que la hirió y además mató a su amiga Nirit; Ilan, el marido que no se banca que Yael se juegue tan a fondo por la causa de la paz; Hassan, el ex combatiente palestino nacido en un campo de refugiados, despojado y humillado, que creyó encontrar un camino de reivindicación al ingresar en el Frente Popular; Wallid, el abogado hijo de refugiados por causa de la ocupación judía que ampara a Hassan con espíritu altruista; Gueula, la doliente madre de la azafata asesinada en 1978; Dan, el padre de Yael, hombre escéptico respecto de la pacificación entre los humanos, que siendo un joven militar participó en la "limpieza" étnica de Jaffa. Asimismo, hay algún personaje que cobra espesor y significación a través del relato de su nieto: ese abuelo que de joven supo estar en la Argentina, que dulcificó la dura infancia de Hassan y que, por más de una razón, tiene que ver con el título de la pieza.

Yael, rol protagónico absoluto, enlaza las escenas de la obra, todas relacionadas con su decisión de visitar en la cárcel, 22 años después, a Hassan para conocer su historia, su versión de los hechos. Este paso valiente que da la mujer afectará su vida privada, la llevará a escuchar otros testimonios y a hacer una elección muy comprometida. El director Daniel Marcove -bien secundado en los aspectos visuales- ofrece una puesta claramente al servicio del texto (a su vez, por momentos un tanto discursivo en su deseo de fundamentar todas las posiciones). En el centro de la escena está la mesa que separa y reúne a Yael y Hassan; en los laterales, sentados, el resto de los personajes que entrarán en contacto con la ex azafata según lo pide el devenir de la historia.

Aunque por instantes ganada por la emoción, Alejandra Darín es una Yael sumamente convincente; en una labor encomiable, Pepe Monje sugiere con inteligente economía los abismos de dolor y orfandad de su rol; Ricardo Merkin, con nobleza de recursos, otorga consistencia a ese marido que se queda fuera del empeño de su mujer; Juan Carlos Ricci y Miguel Jordán dan la nota precisa, mesurada, en dos personajes bien diferentes.

Fuente: La Nación

Sala: El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: sábados y domingos a las 20, a $ 120

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