jueves, 4 de julio de 2013

Nada del amor me produce envidia


Evita, la Lamarque y un vestido

Pequeño e intenso es el texto de Santiago Loza, que convierte en protagonista a uno de los mínimos seres del extravagario latinoamericano: la costurera de barrio. Capaz de encontrar inusuales brillos en el ‘patio de atrás’, el autor comparte el mismo deslumbramiento que una gran escritora argentina, Silvina Ocampo, manifestó por esos seres refugiados en el ‘cuarto de plancha’, que pueden tener momentos extraordinarios.

ENTRE CELOS
Nuestra modista tan prolija, tan sobreactuadamente correcta, no pudo cumplir con uno de los imperativos del discurso del momento que le tocó vivir en los años ’50 y casarse y tener hijos.

Lo evoca a través de la noche de carnaval en el club de barrio, cuando sentimentalmente todo pudo suceder y no sucedió. ¿Y qué le quedó? Un cuarto sin ventanas, mínimo, con un espejo, frente al que sus manos hábiles cosen las vestiduras y calla lo que sus clientas parlotean, protegida por las agujas apresadas por sus labios discretos.

Pero lo extraordinario irrumpe en su vida y tiene la forma de un pedido de confección del vestido de la cantante que más admira, ésa tan espléndida en las películas, Libertad Lamarque. La que tuvo una pelea con Eva Perón (la de la mano firme). Y lo extraordinario no tiene límites, porque Eva Perón se acercó al taller de la costurera y exigió un vestido igual al que le vio a Lamarque. Lo imposible que le ocurrió a la modista conmociona y no adelantamos lo que hizo para no quitar interés al relato.

El unipersonal de Santiago Lozza se enriquece, más allá de su protagonista, Soledad Silveyra, con un video inicial, ensamble documental de hechos de la época y fragmentos de un filme con Libertad Lamarque, que contextualiza el relato. La escenografía, austera y funcional (hasta el espejo está sugerido), cuenta con la riquísima ayuda de una iluminación notable (de Omar Possemato), capaz de lograr efectos cinematográficos equivalentes al primer plano del cine. El sonido está cuidado al máximo y el vestuario eclosiona en un final cromático impactante.

LA ACTUACION 
En cuanto a la actuación de Soledad Sylveira, ya que estamos con la costura, la podemos comparar con un tapiz que la actriz cuidó con amor. Miradas, gestos, movimientos son algo así como puntadas destinadas al exacto armado de un personaje. Su levedad, pero también su fuerza, van marcando temas como la pequeñez y la desmesura, la ilusión ante el espectáculo y la posterior observación de la realidad diferente, la aceptación de un destino de soledad, pero también el disfraz de ese ‘Nada del amor me produce envidia’, manifestado con aparente convicción, pero quién sabe si con sinceridad. Testigo de un momento en que lo extraordinario pasa por su vida, la protagonista asume una definición, una elección, algo así como una puntada final de tan larga tarea.

La obra muestra una tarea multidisciplinaria valiosa, en la que sólo podríamos intentar acortar ese paréntesis musical del final, que, bello estéticamente, rompe un tanto la intensidad de la obra, lograda hasta el momento.

Fuente: La Prensa

Maipo (Esmeralda 443), los lunes, a las 20.30.

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