jueves, 11 de julio de 2013

Edgardo Dib: Reconstrucción frente al mar


“El voyeurismo contagió a la sociedad”

En la obra de Adriana Tursi, la desaparición de un personaje famoso alimenta el morbo de un pueblo, que no puede sino seguir a través de la tevé la trama que arma la policía. Puede verse los viernes en el Teatro Anfitrión.

¿Qué impide a un grupo de personas actuar a favor del esclarecimiento de una desaparición? El interrogante es sugerido por Reconstrucción frente al mar, obra planteada a la manera de un policial, donde el desaparecido es un hombre público apodado la “Voz” de la TV y de una pequeña ciudad “que mira al mar”. Sus habitantes viven pendientes de lo que captan las cámaras, sea un asesinato o un festejo. En esta historia, la sospecha acorrala y preserva el suspenso que genera el punto de vista de cuatro personajes: Ella, esposa o amante del que huyó, se accidentó o fue asesinado; el Otro, custodio del edificio de departamentos que los asediaba tomando imágenes de Ella y el desaparecido; el Doble, actor contratado para la reconstrucción policial; y el Inspector, cuyo oficio es dudar. La obra pertenece a la premiada Adriana Tursi (también guionista y directora egresada de la carrera de régie del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón) y la dirige Edgardo Dib (actor, autor y docente), quien, tras la presentación de este trabajo en el Teatro del Pueblo (en 2011), acaba de reestrenarla en el Teatro Anfitrión (Venezuela 3340). El laberinto que recorre la criminología mediática es aquí una fábula no inspirada en casos recientes. Esta aclaración cobra sentido, pues –como señala Dib en esta entrevista– “el público no tiene idea de cuánto tiempo lleva una escritura y una puesta teatral, y puede creer que esto es oportunismo”. Santafesino radicado en Buenos Aires, este director tiene hoy otras piezas en cartel: El jardín de los cerezos (suite para cuatro personajes), versión de la obra del escritor ruso Anton Chéjov, que se presenta en Santa Fe; Edipo y yo, una puesta en gira, inspirada en Edipo Rey, del griego Sófocles; y ¡BarrancAbajo!, versión de la pieza del montevideano Florencio Sánchez, estrenada en el Teatro Real de Córdoba, en coproducción con el Teatro Nacional Cervantes y dentro del Plan Federal de Coparticipación.

–¿Cuál es la prioridad en esa ciudad de “gente adormecida”, la “puesta en escena” de la policía o el desaparecido?

–A esa gente que sólo despierta ante el “sopapo” de un caso resonante le interesa la reconstrucción, el show, un comportamiento que se fue generalizando a nivel local a partir del arrastre que produjo el programa Gran Hermano. Ese voyeurismo televisivo, que en nuestro país se instaló con fuerza en 2001, acabó contagiando a gran parte de la sociedad.

–¿Se trata de una forma de despersonalización del espectador?

–No. Lo veo como una identificación catártica, sobreactuada en la TV y otros medios masivos. La identificación es también una propuesta en el teatro, en el melodrama, por ejemplo, y con otra estética en las obras de los autores y teóricos del teatro universal, como los creadores rusos Anton Chéjov y Kontstantin Stanislavsky, que reflejaron la cotidianidad de sus contemporáneos.

–¿Se refiere a la cotidianidad “del hombre de la calle”?

–Del hombre común. En los ’90, la película Barton Fink (de los hermanos Joel y Ethan Coen) mostró la “desesperación” por hablar del “hombre común”, de su trabajo, sus miedos y deseos, como también lo intentaron en el teatro los vanguardistas y Bertolt Brecht. Ellos sintieron la necesidad de saber qué le sucedía al otro. En los medios masivos esa necesidad se fue convirtiendo en intrusión, a veces sin importar la profesionalidad de ese otro que exponen, porque lo que buscan es su cotidianidad o sus intimidades. No digo esto por mostrarme crítico o snob, sino porque estoy convencido de que en esa intrusión hay material para tomar y reciclar. En la “desesperación” o compulsión por bajar a tierra a una figura del mundo de la política o del espectáculo está el deseo de colocarlo a la par y poder decir “le pasa lo mismo que a mí”.

–Pero no le pasa lo mismo, porque ese otro está en un nivel superior, y hasta puede mentir o “actuar” si se cree impune...

–Justamente, en esa distancia –para la que no hay solución porque no se puede acortar– está la frustración del que comprende que ese otro no es su par, que no tiene su trascendencia, y por lo tanto no tendrá el final feliz del otro ni podrá sublimar su tristeza.

–En este paralelo entre la reconstrucción y la búsqueda de la verdad, lo que no desaparece es la sospecha, la atención respecto de los detalles. ¿Se trata de un aprendizaje?

–Puede que sea una forma de sobrevivir, una pulsión de vida... En la obra, lo hechos no tienen lógica y todo es posible. Por eso, dejé el texto como fue escrito por Adriana, pero dividí el escenario en zonas. En una zona los personajes participan en la reconstrucción policial y en otra, alejados del asedio de las cámaras de TV, dicen lo más parecido a la verdad. Ese ida y vuelta de uno a otro espacio facilita el juego actoral, la progresión psicológica del argumento y mantiene la indefinición sobre quién es el culpable. Adriana me dio libertad para la puesta, y puse atención en el simbolismo que la inspiró, donde el desaparecido es el sol y los otros sus satélites. Esos otros son los que pelean por defender el lugar que van ocupando ante la ausencia de la “Voz” de la TV. El montaje tiene elementos de algunas películas de Pedro Almodóvar. El balcón terraza, por ejemplo, es inspiración de la terraza surrealista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, una zona en la que se debate sobre la vida, la liberación y la muerte. En Reconstrucción..., la “verdad” es lo que se muestra y construye, y los personajes eligen la verdad que quieren creer.

Fuente: Página/12

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