miércoles, 3 de julio de 2013

Daños colaterales


La violencia escondida en el anonimato

El emblemático autor presenta con crudeza la actualidad de un militar retirado, ya sexagenario, que trabaja como encargado de seguridad de un edificio. Y demuestra cómo la dictadura, con su carga de muerte y mentiras, sigue formando parte de su vida cotidiana.

Quien sale de ver el último trabajo de Roberto “Tito” Cossa lo hace con una sensación: la de que la dictadura militar continúa, oculta, en los hogares de muchos de los represores de aquella época. En Daños colaterales, el emblemático autor no recurre a la metáfora para hablar del horror, como sí había hecho en La nona y El viejo criado, entre otras piezas que estrenó durante el Proceso. En esta oportunidad, muestra crudamente la actualidad de un militar retirado, ya sexagenario, que trabaja como encargado de seguridad de un edificio. Y señala cómo la violencia, la mentira y la muerte siguen siendo parte de su día a día, como si nada hubiese cambiado. La obra se ve los viernes a las 21 y sábados a las 20 en la sala Teatro Abierto del Teatro del Pueblo (Av. Roque Sáenz Peña 943) y es dirigida por Jorge Graciosi, “director de cabecera” de Cossa.

En más de una entrevista, el autor y presidente de Argentores desde 2004 definió a esta pieza como “una mirada sobre el genocidio visto por los victimarios y no por las víctimas”. Quien conduce la historia es “el Capitán”, ese ex militar ya panzón pero igual de bruto e insensible que en sus años de actividad. El decidirá sobre el devenir (trágico) de su mujer Julia –ex presa política que sufrió torturas y violaciones– y el del Pibe, personaje que llegará a sus vidas para traer de vuelta al pasado. Será también el encargado de abrir y cerrar la obra y de marcar las entradas y salidas de los otros dos personajes. Interesante recurso el de Cossa, que combate esa absurda idea de que los protagonistas de las obras deben ser siempre los buenos. Interesante, también, porque esa inversión le dio mucha libertad para crear los personajes y, sobre todo, para hablar de temas tan relacionados con compromisos morales. “Puedo decir que son criminales y no sentirme atado a circunstancias de orden ético”, había dicho el mismo autor.

Lo más destacado de la obra tiene que ver con la construcción del amor entre el Capitán y Julia. Esta fue violada por varios militares e incluso se da a entender que también por su actual marido, quien sin embargo se dice su “salvador” por haberse casado con ella y haberla rescatado así de aquel infierno. El autor, y luego también el director desde la marcación en el registro actoral, configuran una relación de pareja siempre tensa. El pacto matrimonial es que no se hable del pasado y, sin embargo, el pasado se vislumbra como un abismo entre ellos. Julia no puede terminar de entregarse al Capitán, no puede dejar de temerle. Y éste aún debe recurrir a la fuerza cuando intenta tocarla, en una de las únicas escenas del teatro argentino actual donde hay contacto sexual entre actores/personajes de la tercera edad.

Esa tensión es posible gracias al trabajo actoral de José María López y Ana Ferrer. Ambos consiguen llevar a sus personajes al máximo registro de realismo y logran la difícil tarea de alcanzar el imaginario que el espectador tiene sobre un represor y una víctima de la tortura y el abuso, pero sin caer en estereotipos o banalizaciones. Por su parte, con un rol menos susceptible a representaciones por parte de un imaginario colectivo, también Fernando Armani hace un gran trabajo en la piel del Pibe (no tan pibe tampoco), que por averiguar su procedencia causa una revolución en aquel hogar. Logros, además de los propios, de Graciosi, que supo conseguir que las actuaciones se acerquen lo más posible al texto de Cossa, que respeta de principio a fin.

Esas interpretaciones tan realistas y la intimidad del espacio ambientado por el escenógrafo René Diviú producen sensaciones encontradas. Por un lado, colaboran para aumentar la verosimilitud del hecho teatral que se presenta, algo que es más que esperado por los defensores –creadores y público– de este tipo de teatro si se quiere más “clásico”. Pero esa aparente similitud con la realidad hace que el espectador por momentos no pueda dejar de sentir que, frente a sus ojos y a apenas unos metros de su butaca, tiene a uno de esos tipos que violaron, torturaron, mataron e hicieron “desaparecer” a miles de personas a finales de los ’70. La incapacidad de distanciarse y asumir lo que se ve como una manifestación artística produce angustia. “Eso que se ve fue real. Eso que se ve pasó en mi país.” Imposible no pensar en eso. Imposible no recordarlo sin dolor.

La pregunta que deja Daños colaterales es dónde están, quiénes son y qué hacen hoy todos los que colaboraron con el Proceso y no fueron juzgados ni condenados. Tal como este encargado de seguridad, otros cientos están escondidos en el anonimato, gozando de su libertad e incluso, algunos, ejerciendo todavía la violencia. Sobre círculos más íntimos y pequeños, sí, pero eso no importa. Cossa dijo a propósito de esta obra: “El mundo ha cambiado, pero ciertos conflictos se parecen, no desaparecen, sólo cambia el contexto”. Así, el autor demuestra, una vez más, que su teatro es capaz de hablar del tiempo presente.

Fuente: Página/12

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