martes, 11 de junio de 2013

Laura Conde: Chau, Misterix


"Kartun trabaja con el mito como proveedor de materia poética"

La directora habla sobre la nueva puesta de Chau, Misterix, la famosa obra del dramaturgo argentino sobre un niño que cree ser otro.

Es la obra argentina más representada en el mundo. Hay algo de esa inocencia, de ese nene que cree ser otro –nada menos que un superhéroe– para vivir otra realidad, una vida en la que él siempre gana y no tiene miedos, en la que es imposible no reconocerse. Por eso, su autor, Mauricio Kartun, no ignora la trascendencia de Chau, Misterix: la estrenó en 1980 y desde aquel momento hasta ahora, cada temporada, uno o varios elencos, en alguna parte del mundo, la ha mantenido en cartel. La obra lleva ya 33 años y cerca de 200 puestas. Desde ahora, tendrá una más, a cargo de la directora Laura Conde, quien vuelve a subir a escena la historia de un niño que se resiste a perder su mundo de fantasía.
La historia de Chau, Misterix transcurre en Buenos Aires, en 1958. En un día de carnaval, aparece Rubén Petric, un niño de diez años que sueña, imagina y juega a ser Misterix, el poderoso superhéroe del comic. Sus misiones son múltiples: combatir al enemigo fatal –su maestra particular–, ir al baile del club con pantalones largos y demostrarle a Miriam, la linda del barrio, su destreza en la danza, ingresar al mundo erótico del cine con Marilyn Monroe y Gina Lollobrigida, vengarse de las burlas de los chicos del barrio –Chiche y Titi–, vengarse también de su madre por mandarlo disfrazado de gaitero asturiano al baile del club. La fantasía, así, viene a reparar la realidad insoportable de ese niño de pantalones cortos que tambalea como un funámbulo en el umbral de lo incierto: el despertar sexual y la muerte de la infancia.
"Kartun trabaja con el mito como proveedor de materia poética. Trata el mito de la edad dorada, de la pérdida de la infancia, el viaje de iniciación y de aprendizaje que atraviesan todas las civilizaciones. El mito es desde siempre el modo más lúcido que ha tenido el hombre para darle forma a eso que Artaud denomina la peste", explica Laura Conde, sobre el trasfondo de esta obra, que hace que no pierda vigencia.
Como todas las buenas obras de teatro, Chau, Misterix propone varios niveles de lectura. Explica la directora –quien realiza esta obra con la coordinación del prestigioso director Rubén Szuchmacher– que del plano lúdico del niño que se convierte en su superhéroe se superpone al plano de la pérdida de la infancia. "Escenificar el duelo que implica la muerte del niño y de sus fantasías es un modo de carnavalizarlo desde el acontecimiento teatral. Pero fundamentalmente esta pieza nos atrae y desafía a tantos directores, realizadores, actores y espectadores, porque rompe la linealidad de la escritura suscitando imágenes superpuestas y simultáneas, distintas dimensiones de la experiencia subjetiva, diversos formatos, soportes y registros discursivos. Configura ese collage que somos los argentinos", dice.
En todas las versiones que se han hecho de este espectáculo, hay un punto que representa una especial dificultad para los directores y actores: el hecho de que personas adultas tengan que interpretar a chicos de diez años. Muchas veces, se suele caer en un estereotipo de la niñez, que afecta al sentido de la obra. Por eso, su directora avisa: "Nunca nos propusimos hacerlos niños. En la puesta, trabajamos sobre esta problemática, desde esos cuerpos adultos, darles una forma con ese lenguaje, con distintos soportes discursivos."  «

OPINIÓN
Lo de misterix es un 'mesterio', diría mi vieja
Mauricio Kartun | dramaturgo y director

Estrené Chau Misterix en 1980. La había escrito un par de años antes carcomido de dudas sobre si era razonable o si era un disparate poner semejante energía en una pieza cuyos personajes eran pibes de 10 años, que transcurría en la vereda y la terraza de mi casa natal en San Andrés y cuyo protagonista era apenas yo mismo. "El que especula no escribe", me apuró, sabio, Ricardo Monti, mi maestro, y obediente dejé de darle vueltas y me largué. Desde aquel estreno hasta ahora cada temporada sin fallar ninguna, algún elenco, y muchas veces varios, en alguna ciudad del mundo la ha mantenido en cartel. Como en una curiosa carrera de postas teatrales se han ido pasando el testigo de un Misterix a otro. Ninguno de mis otros textos tuvo algún recorrido parecido. El "mesterio" diría mi vieja (que, de paso, tiene su papel también allí claro, aunque nunca haya acusado recibo, santa mía).
No siempre me identifico con la propuesta pero digamos que no lo pongo en un sistema de valores de este tipo. En su dialéctica, el teatro es orgánico y binario como toda reproducción de algo vivo. Lo creado, la criatura, nunca es suma de las partes del ADN de los viejos sino una aleación rara, un individuo, es decir algo que ya no se puede dividir. Las puestas de nuestros textos –como los hijos– pueden ser más o menos atractivas pero no suelen afectar el afecto final por el resultado. Suele ser más fuerte la emoción misma del nacimiento que el color de los ojos del pibito.
Que los actores interpreten a niños se debe trabajar con un filo sutil. Si el actor entra en una caracterización infantil demasiado mimética el propio cuerpo adulto ahí, en su desmesura, transforma todo en parodia gruesa. Como siempre en el teatro se trata de encontrar el mecanismo poético, la figura, la alusión sin excesivos detalles que le permita al espectador imaginar él mismo al chico sin necesidad de mayor ilustración. Cuando el teatro encuentra el procedimiento poético justo no hay cosa de la que no pueda convencer al espectador. Me dio mucha confianza escuchar a Laura, mina talentosa, hablando de la obra hace ya unos meses y refiriendo a esto justamente. Me di cuenta enseguida que la tenían muy clara.

Fuente: Tiempo Argentino

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