sábado, 11 de mayo de 2013

El cisne



Humor negro y descarnado

Varios son los virtuosos, de las más diversas manifestaciones del arte, que han tomado el mito del canto final del cisne como metáfora de significado. Antón Chéjov, por citar un ejemplo, se nutrió de la experiencia animal para desarrollar una obra breve que da cuenta de los últimos pasos de un actor en la escena y en la vida, convirtiendo su relato en uno de los más icónicos a la hora de abordar este mito como disparador de ficción.

El cisne emite, en sus últimos instantes, un sonido único como anticipo del fin y despedida, mientras la pareja asiste a esta acción para luego partir en soledad y sin volver a unirse a otro animal por el resto de su vida. La autora y directora Felicitas Kamien comenzó a plasmar su pieza sin conocer el detalle del mito, al que luego accedió, y le interesó, para nutrir a su material.

La obra, si bien recae en el excesivamente transitado tema de las relaciones familiares "disfuncionales", permite una lectura aguda sobre los vínculos atravesados por el dolor, o no, de la muerte. Y, fundamentalmente, sobre qué produce en el entorno chico, el familiar, la inminente partida de un integrante: desde los reproches hasta el duelo sincero.

En El Cisne , Kamien bucea en las ligaduras patológicas de una madre tilinga, sus tres hijas y un padre agónico. La pieza hace foco en las decisiones urgentes sobre una eutanasia impulsada por la mujer, separada de su marido hace tiempo, quien induce la desconexión de las máquinas que mantienen con vida al padre de sus hijas, mientras se desvela en la organización de un velorio con ribetes de sociabilidad extrema. Pero, sobre todo, se centra en qué significa esa pérdida para cada uno de los integrantes del grupo familiar.

El humor negro atraviesa el relato descarnadamente. La inteligencia del texto, la atinada dirección y la muy buena labor de los actores en la escena logran en el espectador una dualidad que va de la sonrisa inquieta a cierto espanto y conmoción.

El elenco homogéneo, sin fisuras, resulta convincente interpretando a personajes creíbles, lejos de todo artificio, con solvente naturalidad y realismo. De todos modos, la complejidad y compromiso físico del personaje del padre hubiesen requerido de la intervención de algún coreógrafo que guíe la composición corporal. Sus movimientos, por momentos, dispersan la atención y corren al espectador de la tensión lograda.

El dispositivo escenográfico se ajusta a las necesidades del planteo del material, permitiendo observar en simultáneo los diversos ambientes de una casa en planos superpuestos y con detalles del realismo tangible que reclama la obra.

Si bien aborda una cuestión reiterada, el trabajo de Felicitas Kamien es profundo. Como autora y directora trabajó desde una carnadura inteligente y esperpéntica, salpicada con un humor inquietante. Eso hace la diferencia.

Fuente: La Nación

Sala: El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960 / Funciones: sábados, a las 22

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