miércoles, 24 de abril de 2013

Curacó, agua de piedra



Las intemperies del profesor Aníbal Ford

“Curacó, agua de piedra” recupera en escena las reflexiones de este pensador que abrió el campo de los estudios de Comunicación y Cultura en Argentina y América Latina a través de un viaje por su obra menos académica.

El itinerario de Curacó, agua de piedra arranca por la casa de Colegiales donde murió Aníbal Ford en 2009, a los 75 años. Allí, un recorrido por sus objetos reales –cedidos por Nora Mazziotti, su viuda–, sus lecturas, sus mapas, sus viajes. Y luego vuelve hacia atrás, pasando por alto su faceta más académica, para reparar en sus exploraciones, mitologías, obsesiones, aventuras y viajes. Fue escritor, investigador, periodista, cofundador y primer director de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (UBA), profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales y formó parte del Centro Editor de América Latina (CEAL) y Eudeba, entre una lista interminable. “Un hombre de muchos oficios”, se autodefinía. Pero sobre todo, fue profesor, en todas sus acepciones.

En escena no se verán directamente sus clases de Comunicación y Cultura o Teorías sobre el Periodismo, tampoco los debates sobre los estudios culturales de los que participaba ni su visión de la historia desde las transformaciones sociales, como del análisis de los medios y las problemáticas alrededor de la identidad nacional. Más bien, su andamiaje teórico se perderá en la recreación de distintos relatos de su única novela, Ramos generales (1986), donde la protagonista es la crónica Curacó, en la que narra su viaje de 1979 tras las huellas de esa parte del Salado que se insumió en la Pampa, un río seco que cruzaba el far west criollo y desapareció.

Pero allí, Graciela Camino, directora de Curacó, agua de piedra, lee más que una crónica de viajes. Lee esa pérdida como mujer que militó, vino el Golpe, se exilió en Barcelona y finalmente volvió al país, y la unió a muchas otras desapariciones de nuestra historia. “Me atrajo esta obstinación de Aníbal por buscar la huella seca de un río que no está. Con toda la significación que tiene para los argentinos algo que desaparece”. Así se enamoró de la obra de este pensador, que exploró a través de los manuscritos que la familia de Ford cedió a la Biblioteca Nacional años atrás.

"El Proceso agredió muy profundamente nuestra cultura y la reconstrucción de ella no sólo se puede realizar por los caminos típicos y consagrados sino también por la exploración de lo marginal, lo falsamente jerarquizado, lo profundo, las relaciones no establecidas, lo aleatorio, el humor y el juego, el azar, la precariedad de las palabras y otros caminos que permitan ir franqueando por abajo nuestra comunicación, nuestros reales deseos, nuestras decisiones", escribió Ford en Los diferentes ruidos del agua. Por eso en Curacó…, habrá que soldar, coser pedazos rotos y explotados de la imaginación de este profesor que se subió al bote para remontar el gran río.

Como buen egresado en Letras, Ford perteneció a una generación que estudió griego y latín, pero también siguió la producción de hombres como Homero Manzi, Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, que “reparan en lo que se juega en un partido de fútbol”, como decía. “A veces uno le explica a un hijo ciertas cosas importantes mostrándole una jugada, y le está explicando la vida”, decía, fanático de Racing. Y fue justamente gracias a Walsh que en 1967 publicó Sumbosa, su primer libro de cuentos, que la recomendó a la editorial de Jorge Álvarez. Lejos de los límites de géneros y disciplinas, su obra entrecruza ensayos, investigaciones y ficciones, pero era esto última lo que más le gustaba y menos pudo explotar. En este campo, a Ramos generales le siguieron Los diferentes ruidos del agua, Oxidación, El faro del fin del mundo y otros textos y, finalmente, Del orden de las coníferas.

“Una vez, mi hijo menor estaba tratando de embocar la pelota en el aro y le dije: “Mirá, Juan, sin pensar”. Y me di cuenta de que era una de las pocas cosas inteligentes que como padre le había dicho”, contó Ford en una entrevista. Esto resume su pensamiento, su obsesión por reunir ese paquete de relaciones culturales que nuestra cultura no reconocía como tales, su defensa de los cruces, los encuentros casuales, los caminos, las aventuras en los ríos del Delta, el faro del Fin del Mundo, el oeste pampeano, la ruta o el agua. “Aníbal es una figura que no tuvo nunca una aparición pública demasiado notoria. Era una persona más volcada fundamentalmente hacia su pasión por dar clases, los alumnos, los viajes, la amistad, el fútbol. Por eso, nuestra intención no es académica, sino que lo tomamos como un disparador muy potente en el ámbito de la ficción”, explica la directora.

De este modo, en este montaje del mundo en el primer piso del Mercado del Progreso en Caballito, la palabra está disociada de la construcción poética de la escena. No es una palabra ilustrada, sino que, a través de grabaciones, videos, historietas y actuaciones, lo que se produce es ese fenómeno asociativo del que tanto hablaba Ford. “Fuimos encontrando una huella que terminó siendo afín al código de Aníbal, de esta intención irreverente que es la de cruzar. Lo dice siempre en su escritura: ¿Por qué no cruzar?, ¿por qué es ilegítimo cruzar, armar encuentros? Decidimos reivindicar eso que nos viene bien porque es similar también a nuestro método de trabajo”, cuenta Camino. Entonces, más que un espectáculo lineal, Curacó… es un montaje de escenas fraccionadas armadas sobre ese código fordiano, como tener el privilegio de navegar aleatoriamente por su imaginación.


FICHA

Curacó, agua de piedra, de Cooperativa La Rabiosa

Dirección: Graciela Camino

Actúan: Esteban Bortnik, Soledad Chavarría, Martín Cutino, Bernardo Morico

Dónde: Oeste Estudio Teatral (Del Barco Centenera 143 1º piso)
Cuándo: sábados a las 21.

Fuente: Revista Ñ

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