viernes, 11 de enero de 2013

Pompeyo Audivert, Paloma Contreras y Adriana Aizenberg: Bajo un manto de estrellas



"Esta obra es como un piedrazo en el espejo"

Los actores hablan de bajo un manto de estrellas, la pieza escrita para teatro por Manuel Puig que se estrenó esta semana en La Comedia.

Con la aparición de La traición de Rita Hayworth, primero, y Boquitas pintadas, poco tiempo después, la voz de Manuel Puig irrumpió, particular e inconfundible, en la escena literaria argentina, que hervía en los años '60. Paradójicamente, ese joven escritor que había nacido y se había formado en la tranquilidad –demasiada, quizá, para su espíritu inquieto– de General Villegas, escribió y pulió esos textos –y los otros que le siguieron– en su derrotero por distintas ciudades de Europa y en Nueva York, lugares que soñaba conocer por su amor al cine y adonde partió muy joven en busca, precisamente, de un lugar en esa industria. ¿Por qué, entonces, el teatro no le dio oportunidad hasta bastante más entrada su fama y su carrera y, aquí, tan poco se sabe de ese cuerpo de obras que produjo más cerca de los '80? Para tratar de responder algunas de esas preguntas, la cartelera porteña estrena esta temporada dos obras que, aquí, aun no se vieron.
La primera de ellas, Bajo un manto de estrellas –que estrenó en el teatro La Comedia– es una apuesta ambiciosa: un texto que Puig escribió casi al final de la dictadura, en su autoexilio en Brasil, y que tres décadas después aborda un grupo de cinco actores consagrados (Pompeyo Audivert, Adriana Aizenberg, Héctor Bidonde, Paloma Contreras y María José Gabin), bajo la atenta mirada de Manuel Iedvabni. "Una comedia perturbadora", promete desde el afiche de promoción. Y esa es la primera línea para intentar describirla.

–¿Cómo les llegó la propuesta de contar un texto de un autor que no asociamos tanto a la dramaturgia como a la literatura?
Pompeyo Audivert: –Manuel trajo la propuesta y nos juntamos para empezar a convocar a los actores. Entre los dos decidimos y él hizo los trazos generales, trabajando juntos de una manera muy orgánica. Cuando leo obras, por lo general, empiezo con una cierta fatiga porque tengo la sensación de que no voy a encontrar nada muy nuevo. Siendo Puig tenía, sin embargo, cierta excitación. Y a la primera carilla ya me volvió loco. Tiene una forma de escritura y de creación extraordinaria. Es muy beckettiana en su forma, y Puig amplía las preguntas y las complejiza en cada línea. La obra puede ser, además, la emanación de una radio que se cruza con una realidad y se transforma en una representación.
Adriana Aizenberg: –A mí me convocó Pompeyo. Habíamos trabajado juntos en 2012 haciendo Extraños en un tren, y me dijo "este papel es para vos". Cuando leí el texto, que no conocía, me pareció fantástico, porque nunca había hecho un tipo de obra con este lenguaje, con este estilo, porque más que una obra parece una radionovela. Es una obra difícil, con un texto muy complejo que me costó mucho respetar, porque forma parte del estilo de la producción. Cuando tomamos la responsabilidad de terminar de poner la obra, con Pompeyo un poco a la cabeza, le dimos una vuelta.
–Y estrenaron nada menos que en General Villegas? (N. de R.: en un homenaje por los 80 años del nacimiento del escritor realizado en noviembre pasado)
AA: –En Villegas todo estaba muy a favor: estrenamos en el marco del aniversario, estaban todos los expertos de las cartas, la literatura, la dramaturgia, actrices que habían trabajado en sus puestas. El día que estrenamos, hicimos en la radio el primer acto como una radionovela, con relator y todo. Eso nos dio mucha seguridad de que estamos en el camino correcto.
Pompeyo Audivert: –A mí, la obra me interesó desde un primer momento porque es como un piedrazo en el espejo, en el sentido de que trabaja sobre una fuerza teatral de estallido que rompe la idea del teatro reflejo. No se sabe del todo en qué tiempo está –está en un tiempo teatral– y los personajes van cambiando, como si fueran fragmentos de ese espejo roto que están dentro de un caleidoscopio y se reacomodan permanentemente, dando nuevas versiones. Los personajes mismos confunden a los otros con quienes no son... La convención de la no identificación de cada uno es muy fuerte. El truco es ese: el estilo, que es como un extraño señuelo para que uno entre y, una vez ahí, pegar el piedrazo.
Paloma Contreras: –En Villegas, Cacho Bidonde –que interpreta al dueño de casa y además, empezó su trabajo como actor en la radio– abrió la lectura con una potencia que nos marcó mucho el estilo. Fue una experiencia lindísima, que disfrutamos mucho. Cuando trabajo un autor, me empiezo a enamorar. Y con Puig, estar en su casa, con gente que nos contó cosas de su carácter, de su personalidad, empezó a formar parte de un ser particular que formó una época determinada, de un ser argentino, de una libertad increíble.

Puig escribió Bajo un manto de estrellas en 1981, en pleno autoexilio en Río de Janeiro, y se estrenó un año más tarde en esa misma ciudad. El escritor sentía, según confesó en cartas y conversaciones con su familia y amigos, que en su país de origen había poco interés sobre su dramaturgia, a pesar de que, especialmente más cerca de su muerte, estaba trabajando, entre otras cosas, en la adaptación de El beso de la Mujer Araña al musical que se convirtió en un clásico de Broadway y que aquí hizo, luego, Valeria Lynch (ver Año Puig).

ESTILO. Para trabajar con una obra que parece no poder encasillarse fue un desafío para el elenco. "Hay que pegarle el palo a ver de qué género a qué género va pasando. Pasa de un policial a un radioteatro a un dramón a momentos de liviandad, y eso fue muy hermoso de descubrir. Tiene todas las exigencias y las herramientas de una buena obra. Está construida muy a conciencia. No se siente como un texto implantado de otro. Ese recurso pirandelliano de que un actor haga otro papel y sea ese mismo actor y no otro (N. de R.: De los cinco actores, hay dos que representan varios personajes durante la pieza), y que los pedidos que el autor hace sean tan puntuales, tan detallados, la enriquece muchísimo", dico Audivert.
Para Aizenberg, en esta obra en particular, "el texto hay que respetarlo a muerte. No es fácil, depende de cierto ambiente y el vestuario ayuda muchísimo, el arreglo de cada personaje que tiene que estar perfectamente presentado, el melodrama se potencia en lo puntilloso de los detalles, me encanta y me divierte muchísimo que los personajes sean así".
"Cada tanto, volvíamos a la primera descripción del ambiente y los pedidos de Puig. Para cerrar dice 'todo es muy estilizado, nada natural', y esa es la clave: cada tanto había que volver a eso para no olvidarse", agrega Contreras.
Las actrices se iluminan cuando hablan de la pasión que sienten por lo que hacen: "El día que yo pierda el entusiasmo, me retiro. Para cada propuesta de trabajo tengo una dedicación total. Me cuesta hacer cosas simultáneas y, por suerte, he tenido cero encasillamiento en mi carrera, especialmente la teatral: pasé de Venecia a Las niñas patriotas. Y esa diversidad me da muchísima alegría. A esta altura de mi carrera, esta obra es un bombón", dice Aizenberg, quien interpreta a la Dueña de Casa. La más joven del elenco asegura que, "más allá de la estética que uno está asumiendo, hay una verdad como ente, y en este caso la pregunta, todo el tiempo, era '¿hasta dónde puedo llegar con este recurso?'".  «

Identidades confusas

Para Pompeyo Audivert, esta es una de las pocas oportunidades en la obra de Puig –y, ciertamente, en su producción dramática– donde se esboza una idea de sus posiciones políticas. "Bajo un manto... es un texto atravesado también por el grito histórico, en el sentido de que tiene muchas reminiscencias con nuestro pasado reciente, lo que la hace aún más atractiva. Todo el tema del exilio y la apropiación, la identidad fantasmagórica, birlada, secuestrada, abducida por un proceso histórico está tratado no en un solo plano, sino en varios a la vez. Y esa es la máquina poética que desata Puig", dice. Si bien nunca se pronunció demasiado abiertamente sobre sus posturas políticas, el escritor estaba, hacia el final de su corta vida, más abierto a decir lo que pensaba. "Con su sensibilidad de artista, estoy segura de que él captaba lo que estaba pasando. A nosotros nos gustó darle una lectura más política, desde el momento del país y también de la propia obra: la juventud como presa de sacrificio, la locura de los viejos retrógrados que siguen fantaseando, la sustitución de las identidades", aporta Contreras. "Desde mi personaje, hemos dicho muchas veces '¿dónde está la voz de Puig? ¿En la hija?' Y en el primer acto, pareciera que esa víctima, que necesita brazos abiertos, es la voz de Puig. También hay algo de lo salvaje, de lo exótico, metido ahí, medio carioca, medio desbordado en eso. Ahí se ve la influencia de su vida en ese momento."

Director de raza - { Iedvabni }

Manuel Iedvabni debutó como director en 1954. La obra era otra ópera prima, Una gota para el mar, que estrenaba Osvaldo Dragún en el IFT. Fue el fundador y director de tres míticos espacios independientes, que marcaron la escena del teatro porteño. En 1968, el Teatro del Centro. Los '80 lo encontraron primero fundando el Teatro Contemporáneo y, cinco años más tarde, el Galpón del Sur.
A pesar de que en su extensa carrera abarca más de 90 puestas –no menos de veinte son autores argentinos, y es sabida su predilección por el teatro alemán, en especial el de Bertoldt Brecht–, nunca había puesto un Puig. "Había intentado hacer, hace diez años, Triste golondrina macho (que este año sube en el San Martín), pero no estaban los derechos. Así que llegó Bajo un manto... para suplir esa falta", dice. "Las obras me interesan o no, me golpean o no, y me impresionó mucho el extraordinario humor desencajado, el erotismo a flor de piel, esa cosa tan de Puig que es inclasificable, y tenía ganas de hacerle justicia a un tipo que me había gustado cuando había leído sus novelas", explica. La decisión de respetar el texto a rajatabla en esta versión fue "estilística. Es muy difícil e improbable hacer una aventura por cuenta de uno mismo con Puig, porque su lenguaje te obliga, hasta el tú debe mantenerse. Si se saca, pierde el encanto."

El año de Manuel Puig

A fines de 2012, Manuel Puig hubiera cumplido 80 años. Murió, prematuramente, a los 56 años, en 1990, en Cuernavaca, México, donde había llegado desde Río de Janeiro, su residencia anterior, para vivir con su madre, Male, inspiradora –junto con sus tías, primos y otros parientes de Villegas– de los personajes de sus primeras novelas, La Traición de Rita Hayworth y Boquitas Pintadas. "Finalmente, voy a tener un chalet de star, piscina y otras comodidades, como un escritor de mi categoría", se jactaba con ironía ante sus amigos.
El homenaje del que el elenco de Bajo un manto... formó parte, en su ciudad natal, fue el puntapié inicial que indicó que iban por el camino correcto. Pero las anteriores experiencias de las puestas de Puig en escenarios porteños pasaron siempre con altibajos. En 1995, sí, fue exitosa la versión de El Beso de la Mujer Araña con Valeria Lynch, y dirección del puestista original, Harold Prince.
Pero en 2006, Luciano Suardi intentó una adaptación de El Misterio del Ramo de Rosas que resultó fallida. No por la innegable calidad del elenco –Cristina Banegas y Dominique Sanda encarnaban a la paciente y la enfermera de la historia– sino porque la puesta no funcionó. Esa misma obra había sido dirigida en 2004 por Mónica Buscaglia, con Ana Padilla y Roxana Randón.
Boquitas Pintadas, tal vez una de las mejores novelas argentinas del siglo, tuvo su versión en cine, y una osada representación en teatro en 1997, en el Teatro San Martín. El espectáculo combinaba texto, danza y música, y estaba ideado y dirigido por dos grandes: Oscar Araiz y Renata Schussheim. Es justamente el mismo complejo teatral que ofrecerá, este 2013, la primera puesta de Triste Golondrina Macho, dirigida por Guillermo Arengo y Blas Arrese Igor en el Regio.


Fuente: Tiempo Argentino

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