martes, 16 de octubre de 2012

Ezequiel Matzkin: Las lágrimas que me tragué



“Las posesiones son un lastre”

En la obra interpretada por Marina Castillo, el autor y director narra la historia de una chica con una existencia claustrofóbica que descubre que descartar los objetos significa, para ella, llegar al centro de su propia existencia y conquistar su libertad.

Interpretada por Marina Castillo, Las lágrimas que me tragué es una obra que instala una pregunta difícil de responder en un mundo superpoblado de objetos que generan dependencia: ¿qué sucedería si uno decidiera desprenderse de todo aquello que fue acumulando durante toda la vida con la idea de circular por los márgenes del consumo? Con humor sensible, a veces desconcertante, el monólogo desarrolla esta hipótesis que ve multiplicadas sus resonancias en la interpretación de la propia Castillo. Quien dirige es Ezequiel Matzkin, también autor de la obra, el mismo de Tu ausencia animal, unipersonal que el año pasado estuvo a cargo de Analía Sánchez.

En Las lágrimas... (Veravera Teatro, Vera 108, sábados a las 22.30), el personaje de Trinity hace el relato de su historia familiar poniendo el foco en los estragos de una educación orientada a homologar el ser y el poseer. Es por esto que la joven protagonista desea romper con la existencia claustrofóbica a la cual la condena una madre absorbente. Descartar los objetos (todos, los de uso corriente y también los que representan momentos importantes en la vida) significa, para ella, llegar al centro de su propia existencia y conquistar su libertad, tras haberse percatado de que existía el peligro de cosificar su mundo simbólico, sus ideas y recuerdos, su anhelos; en fin, toda su vida.

“Quiero borrar la presencia de este mundo material, físico-doloroso, lleno de objetos que hieren –dice Trinity–, y hundirme en una geometría ideal: en un mundo diseñado para un niño, sin ecuaciones algebraicas, sin despedidas amorosas, sin fuerza de gravedad. Sin IVA.” El autor también piensa en consonancia con su criatura: “La posesión de objetos y bienes materiales media y hasta impone su sesgo en las relaciones entre las personas”, opina Matzkin, al referirse a la dependencia que genera el consumo, propiciada por el mercado y retroalimentada, a su vez, por los hábitos de las personas. “¿Y si lo que se posee pasa a tener el mismo valor que el vínculo que ese objeto representa?”, se pregunta y arriesga una conclusión: “Entonces el amor por esos objetos puede transformarse en orientador de la vida”.

Matzkin se reconoce aburrido de los lugares comunes en los que suelen caer las obras que hablan de historias de familia o las que aluden a la marginalidad. A pesar de que, en su calidad de sociólogo habituado a trabajar con menores en situación de encierro debe sobrarle material para elaborar ficciones. “No me interesa el teatro que va hacia el costumbrismo –afirma–. Para mí, el teatro tiene que ser mágico, fantástico y dotado de belleza visual.” Para el autor y director, “el teatro off está preso de la falta de recursos económicos” y, según su punto de vista, muchas veces adolece de carencias de tipo intelectual. “Veo muchos planteos teóricos unidireccionales, una preferencia por lo vacuo, lo efímero, lo espontáneo”, enumera.


–¿Por dónde empezó a escribir este monólogo?

–Partí de algunas premisas: ¿Uno es lo que tiene? ¿Uno tiene lo que puede tener, lo que le corresponde? Y de una imagen: una persona que se deshace de todo lo que tiene, de una forma tan violenta que resultaba impracticable de llevar al teatro.

–¿Por qué el personaje de Trinity resuelve morir?

–Es que cuando se está tan cercado por el peso de los objetos, tarde o temprano deviene algo fatal para el espíritu. La muerte es, para Trinity, un motivo de liberación. Y por ese motivo, la muerte es una situación festiva.

–¿O sea que se trata de una acumulación límite?

–Cada persona tiene lo que podríamos llamar un sistema de posesión. Cada uno arma el suyo. Se trata de las cosas que se almacenan con “peso” afectivo. Me parece que el capitalismo es tan penetrante que colabora en ese armado singular del propio sistema de posesión.

–De todas formas, ¿no cree que habría que diferenciar los objetos de consumo de aquellos que representan recuerdos que uno desea guardar para siempre?

–Todos se vuelven un lastre. Para la obra elegí objetos con los cuales todos los espectadores se identifican. Pero lo que para algunos puede evocar un dulce recuerdo para otros puede significarles un pesar que los reenvía a situaciones pasadas de dolores presentes. Eso es lo que le sucede a Trinity.

–¿Qué es lo que ve más peligroso de un objeto?

–El valor que se le asigna, porque entraña el peligro de la dependencia. Creo, además, que ése es un afecto mal dirigido, sea la computadora, el sofá o un animal doméstico el que lo recibe. Personalmente, me resulta insoportable la idea de transferir afecto a un objeto.

–¿Qué pasa con los objetos que nos resultan de gran utilidad?

–Hay que diferenciar entre la utilidad que nos proporciona la tecnología, por ejemplo, de la alienación que puede producir su uso intensivo. Existe el riesgo de que la persona se vea absorbida al punto de que impide en ella el desarrollo de potencialidades, de cuestiones nucleares que hay dentro de cada uno.

Fuente: Página/12

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