miércoles, 19 de septiembre de 2012

Riñón de cerdo para el desconsuelo


Beckett y más allá de Beckett

La pieza “Riñón de cerdo para el desconsuelo”, del mexicano Alejandro Ricaño, usa como materia temática la dramaturgia del autor de “Final de partida”.

Son graciosos y desolados. Pequeñas caricaturas de espías que viven en su mundo de literatura. Quieren cumplir con el ritual de comer riñón de cerdo para celebrar a Ulises, pero es el corazón de su autor, James Joyce, lo que desean o, más precisamente, la vida y la obra de su discípulo. Un joven irlandés engreído y difícil, talentoso y malvado con las mujeres a quien seguirán con persistencia y abnegación. Esa mirada periférica convierte a los personajes de Riñón de cerdo para el desconsuelo en escritores. Todas las peripecias que quedan truncas en el papel se ofrecen generosamente en la realidad, entonces ellos salen al ruedo para poner su ingenio allí donde la tinta se disuelve.

Gustave y Marie parecen copiar el vínculo esquivo entre Lucía Joyce y Samuel Beckett. Ella locamente enamorada, él fastidiado, decidido a rechazar a esa chica bizca y esquizofrénica, pero condenado a escribir sobre ella, a crear seres dislocados e inertes. A hacer de Lucía la fuente de su estilo.

La dramaturgia del autor mexicano Alejandro Ricaño es un acto de reflexión sobre la obra beckettiana. Se estructura a partir de un mecanismo que enlaza el estado resignadamente amoroso de Vladimir y Estragón con el juego de sometimiento de los personajes de Final de partida y los hace convivir en una Francia ocupada por el nazismo, donde todos los sujetos pasan a convertirse en refugiados, donde cualquier espacio es ese camino artificial e impreciso dibujado en un escenario.

Gustave será el escritor en las sombras. Apagado por el talento de ese irlandés que también le ha quitado el amor de Lucía, será el narrador de la vida de Beckett, de las acciones que constituyen la trama de una historia en la que él se inserta como figura lateral, invisible. Así como Beckett se dedicaba a desarrollar los conflictos intrascendentes para que el verdadero drama funcionara siempre como tensión, como la oscura presión sobre la risa de sus personajes, Gustave y Marie serán los tramoyistas, el material de relleno para que los hechos cobren volumen.

En el histrionismo un tanto clownesco de Claudio Martínez Bel y Teresita Galimany se encuentra la persistencia en la risa o en esa mueca que sostiene lo cómico aun cuando todo se ha vuelto tragedia, que constituye un elemento narrativo esencial del absurdo beckettiano . Son dos personajes de com+edia devenidos en detectives que en la voluntad de sus almas protectoras dibujan una arquitectura de sucesos a veces maliciosa, pero siempre obediente a los lineamientos de una historia que defiende su propia lógica.

Si Beckett decidió poner en suspenso la anécdota como recurso insuficiente para hablar de los sujetos que habían vivido el horror y no podían contarlo, su estadía en la Francia de la ocupación deberá ajustarse a la causalidad de sus propias criaturas dramáticas. El tránsito por una ambigüedad que instala la simulación, la evidencia de que todo lo que ocurre en la escena o en la vida no es más que una actuación, que todos los sucesos pueden haber sido inventados sólo para matar el tiempo, que ocuparse de contar los estornudos de Beckett o esperar a Godot no son más que pequeñas ficciones que buscan un sentido allí donde el vacío tiene ese impulso tentador de la muerte, parecen construir el soporte de la caracterización dramática de los protagonistas.

No es desde la verosimilitud que se realiza la lectura de esta obra dirigida por Carlos Ianni sino desde la certeza de la falsedad, de la artificiosidad del teatro para lograr lo imposible. Los personajes transforman la vida por el solo encanto de su imaginación. Se vuelven sabios e iluminados por haber sido capturados por el inexplicable deseo de la fantasía. Hablar implica escribir y la escritura no es un pasatiempo inocente. Se construye de a dos, en un diálogo donde el desamor y la dependencia absoluta también pueden alimentar el ingenio. La inspiración es una experiencia contagiosa.

El sacrificio encuentra en ese cuerpo abierto del cerdo una materialización ritual. Es una imagen que busca interferir en la pasividad indolente de los personajes beckettianos.

El absurdo podría pensarse como el negativo de la tragedia. Existe un sacrificio que nunca se consuma, para recuperar el sentido alguien debería morir, la diferencia entre la vida y la muerte reclama el abandono de ese estado de vaguedad. Ricaño cruza ese dato con la biografía de Samuel Beckett y diseña un texto que tiene como materia temática la dramaturgia de otro autor. Una suerte de ensayo trastocado en ficción que estimula un juego de oposiciones, tal vez como una estrategia de pensar un teatro más allá de Beckett.


FICHA
"Riñón de cerdo para el desconsuelo", de Alejandro Ricaño, por Carlos Ianni

Lugar: CELCIT (Moreno 431).
Días y horarios: sábado a las 19. Domingos a las 19.
Localidades: $60.

Fuente: Revista Ñ

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