sábado, 11 de agosto de 2012

Carlos Portaluppi y Guillermo Ghio: La historia del Señor Sommer



“El teatro es el arte del autoconocimiento”

En el unipersonal La historia del Señor Sommer, Portaluppi encarna a un hombre que narra los hitos más relevantes de su infancia. Un espectáculo que invita a “mirar para adentro y para atrás, para proyectar hacia adelante”.

El hombre aparece en escena con tanta presencia, que el público ya no necesita que aparezca ningún otro. El tono de su voz y el uso de su cuerpo –exquisito, por cierto– logran cautivar la atención y mantenerla durante toda la obra, algo que no siempre sucede en los unipersonales. El hombre es Carlos Portaluppi, que protagoniza La historia del Señor Sommer (domingos a las 18 en El Picadero, Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857), una adaptación del director Guillermo Ghio sobre un cuento del alemán Patrick Süskind. El actor, que por primera vez está sólo en escena, encarna a un hombre –cuyo nombre no será nunca revelado a los espectadores– que narra la historia de su infancia, destacando los hitos más relevantes de esos primeros años de su vida. Llamativamente –o no, depende de la lectura de cada uno–, hay otro personaje, el señor Sommer, que es testigo de todos ellos. Se trata de un hombre del que nada se sabe pero todos en el pueblo conocen, “un tipo de sujeto muy frecuente en el interior del país”, según el actor.

La puesta está muy bien presentada: se trata de esas obras en las que absolutamente todos los objetos de escenografía y decoración tienen un sentido claro y son utilizados en escena. Así, una escalera y un banquito hacen de árboles para ilustrar los años en que el narrador se trepaba a lo más alto, un sillón y un piano miniatura recrean el living de su primera profesora de música y un nylon gigante hace las veces de río (fundamental para el episodio final de la infancia de este hombre y, casualmente, también de la obra). También hay un baúl, del que va sacando diversos objetos, que rápidamente se convierten en sus recuerdos.

Precisamente de recuerdos se construye la obra, que simboliza la introspección del narrador y la búsqueda de respuestas. ¿Por qué el señor Sommer estuvo siempre presente, aunque lejano como era, en los momentos que él recuerda como claves? ¿Por qué guarda, después de años, su sombrero y el recorte del diario que anunció su muerte? ¿Por qué nunca pudo hablar con nadie de eso? Portaluppi le pone el cuerpo a ese hombre que busca y encuentra, si no respuestas claras, por lo menos una oportunidad para empezar a mirar para adelante.

La obra es una más de las que junta a Ghio y Portaluppi, que trabajan juntos desde 1999 en el grupo (H)umoris Dramatis. “Trabajamos siempre buscando un material que podamos abordar en profundidad. Guillermo ya tenía los derechos de esta pieza pero yo no me animaba al unipersonal, a tener que enfrentarme con situaciones escénicas y tener que resolverlas solo. Por suerte acepté”, admite Portaluppi a Página/12.

–¿Qué le hizo cambiar de opinión?

Carlos Portaluppi:–Leer su versión, porque cuando lo hice me fue imposible no querer hacerla. Es un trabajo muy lindo para un actor, tiene una potencia de imágenes que te transportan continuamente. Es un viaje muy emocionante, de un vuelo poético y literario enorme. Y Guillermo me da el sostén para estar solo en escena, aunque nunca estoy realmente solo porque él me está mirando todas las funciones desde la platea.

–¿Y usted, Guillermo, por qué estaba convencido de que tenían que hacerlo?

Guillermo Ghio: –Porque yo sabía perfectamente que Carlos podía hacer un unipersonal sin ninguna dificultad. Dirigí varios unipersonales y sé, claro, que hay una energía diferente sobre el escenario y que es un esfuerzo particular para el actor. Pero él tuvo siempre una notable presencia escénica y una gran potencia de trabajo. Es impresionante lo que pasa en el público cuando entra a escena, aun cuando trabaja en elencos multitudinarios. Ya había demostrado su virtuosismo, pero quise empujarlo a que fuera por otra conquista, la del dominio escénico. El personaje de esta obra permitía comprobar que estaba listo para eso y el unipersonal le daba la oportunidad de poner a prueba todo lo que tiene. Así que no lo dudé al proponérselo.

–Se nota que son muy unidos, ¿eso les facilita el trabajo?

C. P.: –Por completo. Yo agradezco poder laburar con Guillermo porque con él no hay frase que un actor no termine de entender. Cada pedacito de texto que tengo aprendido es porque lo entendí previamente con él. Porque lo analizamos, lo revisamos. Y ese entendimiento sobre lo que se dice se nota en el resultado final, y repercute por completo en el trabajo del actor. Eso es fundamental, y con Guillermo siempre lo hacemos. Nunca hablamos de la expresión sin antes prestarle atención a la impresión. Ahí es donde ponemos el acento.

G. G.: –Para mí, si un director no cuenta con un actor que le traduce sensiblemente, con el cuerpo, lo que quiere decir, no puede trabajar correctamente. La ventaja que tenemos con conocernos es ésa, que él puede interpretarme. Cuando no conocés al actor corrés el riesgo de mantener una idea que tenías previo a conocerlo, sin contemplar su cuerpo y su expresión. En cambio si conocés a tu actor podés directamente tener ideas en base a su cuerpo, a su forma de moverse, a su voz. Aunque claro que muchas veces el actor te revela cosas que no habías contemplado. Por eso se trata de una dialéctica. Dirigir es dar sentido, pero a la vez recibir significado.

–Hablando de conocimiento, eligieron un texto que obliga a introspectarse, a conocerse...

G. G.: –Es que parte del trabajo de la vida de uno es indagarse. Y esta obra es justamente el recorrido de la vida de un hombre, por eso en algún punto a todos les entra.

C. P.: –Exacto, cualquiera se puede ver identificado en cualquier momento de la obra con su propia historia. A mí me pasó ya con el primer texto, que dice “En la época en la que me trepaba a los árboles”. Esa simple frase me llevó en un instante a mi Corrientes natal, en la época en la que me trepaba a los nísperos en las casas de mis tías, cuando eso para mí era el paraíso. Cada una de las peripecias que este hombre va contando sobre su infancia me hizo recordar los hitos de mi vida.

G. G.: –Mucha gente nos confesó haberse emocionado con los distintos episodios, diciéndonos que le habían hecho recordar partes de su vida que tenían olvidadas. El teatro colabora mucho con eso que pasa con el relato, porque es el arte por excelencia de autoconocimiento, no solamente para quienes tenemos la suerte de vivirlo sino también para los espectadores que se sienten identificados. Más aun en este contexto histórico.

–¿En qué sentido?

G. G.: –En que el contexto social actual es fundamental para entender por qué se puede poner en cartelera una obra de estas características. En 2001 o 2002 la gente no estaba para ver este tipo de teatro. Era impensado, estaba con otras preocupaciones, quería ver otras cosas, si es que quería ver algo. Nosotros mismos en otra época hemos puesto en escena trabajos que reflejaban el estado calamitoso en que vivíamos porque también nosotros teníamos mucha angustia. En este momento, en cambio, si bien faltan muchas cosas por hacer, creo que estamos bastante bien, lo que hace que aparezca un pequeño espacio dentro del cual la gente se permita mirar para adentro y para atrás, para proyectar hacia adelante. Animarse a buscar pistas que quieren salir y eclosionar para ver cómo se sigue.

–Eso que dice de mirar para atrás para proyectar hacia adelante es lo que se propuso la gente de El Picadero cuando reabrió las puertas de la sala, en mayo pasado. ¿Es una coincidencia que la obra se presente allí?

G. G.: –La verdad es que lo pensamos todo el tiempo. Es muy fuerte para nosotros y para lo que queremos contar presentarnos en un teatro recuperado que encima está pensado para el actor, para que éste esté cómodo. Es un espacio artístico muy bien dirigido y tiene un equipo humano muy satisfactorio que no tiene cualquier teatro, y eso es fundamental. Nos hace sentir más a gusto aun con lo que estamos haciendo.

–El narrador de la obra cuenta episodios traumáticos para su vida, y sin embargo sus relatos no dejan de tener cierto tono naïf, ¿cómo trabajaron esa contradicción o dualidad?

C. P.:–La situación misma del texto nos fue llevando y metiendo en cada uno de los momentos. Trabajamos de una forma muy organizada, dividiendo el texto por unidades. Cada una corresponde a un hito de los que cuenta el protagonista. Analizamos minuciosamente cada una de esas microhistorias y por mi parte fui convocando las impresiones que ya tenía cargadas en mi cuerpo y soltándolas para que se impregnen en ella. Fue y es un trabajo muy dedicado, y muy satisfactorio.


Fuente: Página/12

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