viernes, 20 de julio de 2012

Virginia Lago: La Farolera



Y llegó la luz a Chaupinela

En 1977, en su libro Chaucha y Palito, María Elena Walsh contó por primera vez la historia de Aniceta, La Farolera: una chica que, ayudada por un pajarito, lleva la luz al pueblo de Chaupinela, que había vivido esclavo de la oscuridad desde los tiempos del pericoco. “A medida que pasa la vida uno sigue peleando por las mismas cosas que María Elena nos cuenta: un mundo donde todos tengamos las mismas posibilidades, donde la gente sepa leer y escribir, tenga un trabajo digno y donde el amor exista”, asegura la actriz Virginia Lago, que desde hace meses se prepara para el estreno de La Farolera, la obra que dirigirá desde mañana en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín y que protagoniza Mariana Giovine junto a un elenco de más de doce actores y actrices.

Lago está convencida de que “mientras el mundo exista va a estar María Elena. Ella es una autora que no se termina nunca de conocer, una gran traviesa con las palabras”. La actriz ya trabajó con esta adaptación de La Farolera, de María de las Mercedes Hernando. Fue en el 2000, cuando ella misma dirigió una puesta en el Teatro Ateneo en donde también interpretó el rol de María Elena Walsh, que esta vez hace la cantante Manuela Bravo. “En ese momento ella estaba con nosotros, era una presencia que venía, opinaba –recuerda– y hoy que no está eso resulta un cambio fundamental.” En la versión de Hernando, la figura de la autora funciona como voz narradora, que le cuenta al público las aventuras de los personajes que ella misma creó y que de vez en cuando interrumpe la historia para cantar, con música en vivo, algunos de sus temas clásicos, como “La Cigarra”, en un guiño a los grandes de la sala.

–¿Por qué María Elena Walsh sigue vigente y sus textos se siguen reinterpretando?

–Yo creo que el tiempo pasa y nosotros somos siempre iguales. Sí, crecemos, la tecnología avanza, pero el ser humano necesita las mismas cosas que mil años atrás. Y María Elena ha encontrado una manera de conectarse con los chicos desde un lugar tan juguetón pero tan sensible a la vez, que va a seguir estando siempre, porque uno escucha sus historias y no son nada más que eso. Tiene lo que tienen los grandes autores, Discépolo, Chejov, Shakespeare y por eso nunca pasa de moda, aunque cambie la manera de contarlos.

–En La Farolera se cuenta con mucha dulzura una historia que empieza siendo muy dura, de un pueblo a oscuras donde es mejor si no se ven las caras ni se va a la escuela y al que desafía la ley le cortan la cabeza. Y Ani se revela ante esa situación.

–Yo tuve la suerte de ser su amiga y María Elena era una mujer implacable. Después uno hará las lecturas que quiera, pero por ejemplo para mí las mujeres del pueblo, que ayudan a La Farolera, son las Madres de Plaza de Mayo. Los militares en la obra son muy estúpidos, es maravilloso lo que hace María Elena, mostrándolos medios tontolotes, pronunciando discursos que terminan con ¡Viva la Patria! pero en realidad no quieren decir nada.

–¿Como actriz, directora y docente, el trabajo se encara distinto según si es para grandes o para chicos?

–Para mí no hay diferencia, lo que el actor tiene que tener es una declaración de principios, meterse adentro de uno mismo y salir. Cuando más creíble es, más se acerca a lo que le pasa al espectador. Los actores contamos historias. Nosotros mismos somos nuestro instrumento y lo que tiene de maravillosa esta profesión es que uno juega a que es tal personaje, sea para chicos o para grandes. Pero yo si juego por el juego y nada más, me aburro: creo que para que sea un encuentro sensible la actuación tiene que contar algo que nos emocione.

Fuente: Página/12

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