martes, 10 de julio de 2012

El partener

El desarraigo como tema esencial de la escena argentina

Manuel Vicente presentó en el Teatro Nacional Cervantes una lúcida versión de “El partener”, de Mauricio Kartún, sobre seres desarraigados y carentes de esperanza, algo parecido a lo que Héctor Oliboni ofrece en “Más muertos que vivos”, de María Rosa Pfeiffer, en La Máscara.

Estrenado en 1988, y con muchísimas versiones en su haber, “El partener” es un festejado neo-grotesco en el que un hijo (Rodrigo Alvarez) llega en busca de su padre (Juan Palomino) a la vera de una ruta perdida y con la intención de reeditar una dupla de artes folclóricas que en algún momento les dio de comer.

El encuentro es más áspero que el imaginado, porque el hombre es apenas un “mozo que canta” en una parrilla cercana a la ciudad de Campana, bebe en demasía y ya sustituyó a su vástago por una mujer (Ana Yovino) con la que comparte el escenario y a veces la cama.

La pieza de Kartún está jugada en un tono tragicómico y no ha perdido en absoluto su eficacia, porque los personajes ya no son los inmigrantes del siglo XX que luchan por buscarse un lugar en la ciudad que los repele, sino ya sus nietos, enfrentados a una realidad hostil y que tienen el desarraigo como cruz.

El hijo reclama su viejo lugar artístico y al mismo tiempo el afecto paterno de ese extraño con el que se trata de usted y que se le escabulle siempre, porque el hombre enfrentado a un fracaso del que no puede huir se enfrasca en sueños imposibles en los que el alcohol cumple un rol esencial.

La mujer, por su parte, es la única que tiene un lugar aunque sea penoso: profesora de bailes folclóricos en el pueblo, añeja la vida que se le va pasando junto a un padre incapacitado que ejerce su tiranía sobre ella, con todo el furor que implica el trato hacia la mujer humilde.

Eso determina que la fisura que el personaje es para los otros dos se manifieste en forma ambigua, ya que si bien sus inseguridades de género surgen a cada instante -hay una caracterización que la ubica en muchas décadas pasadas- es la única (de algún modo) conforme con su lugar.

Los varones tienen como disparador la simulación y la huida, sobre todo el padre, que pertenece a una generación que se chocaba contra un país apagado en el que sólo encontraban razón para vivir los que accedían, por cualquier método, a la riqueza.

La pieza fue paseada por numerosos escenarios de provincias y llega a Buenos Aires con Ana Yovino en lugar de Silvina Bosco, aunque igualmente la mano de Vicente como director sabe extraer la mejor savia de sus intérpretes, que ocupan un inteligente espacio diseñado por Mariana Tirantte.

Yovino -destacadísima como Ofelia en una mediocre puesta de “Hamlet” en el CC de la Cooperación, en 2010- incursiona en una tecla que no le es habitual pero igualmente sale airosa con un personaje pensado para una actriz mayor que ella.

Palomino le pone garra a su complicado Pacheco, que puede pasar de la ternura a la agresión con total facilidad -y al que Kartún le adosa su peculiar pericia en el lenguaje, mezcla de poesía y solaz en antiguas expresiones- y al que el director le busca una forma particular de hablar.

Lo mismo pasa con el hijo, lejano de los sonidos porteños y portador de modismos y giros más cercanos a lo bonaerense y entrerriano, aunque esa voluntad de “hablar para adentro” y rapidito es la que por momentos hace dificultoso entender lo que dice Alvarez.

Otros desarraigados son los veteranos de “Más muertos que vivos”, un texto agradable aunque menos ambicioso, debido a María Rosa Pfeiffer -autora de “La bámbola” y “Otros gritos”-, en el que Raúl Ramos y José María “Pepe” López esperan la muerte sin saber que lo hacen.

Ambos forman parte de una suerte de cooperadora del cementerio de un pequeño pueblo que poco a poco se va quedando sin gente por la muerte y la emigración (la obra parece haber sido escrita en épocas del fatídico “ramal que para, ramal que cierra”) y ellos son los que en algún momento deberán apagar la luz.

Los personajes se fueron quedando solos, ya que sus compañeros de comisión renunciaron o murieron, y terminan discutiendo a la manera de un viejo matrimonio sobre aquellas pequeñas cosas que aluden a las mayores angustias humanas, aunque ellos no lo sepan.

El director Héctor Oliboni cumple una tarea limpia, ubicando a sus intérpretes en un ámbito sombrío en el que la medida acción se suspende un par de veces, y hace hincapié en la capacidad de Ramos y López para conquistar al espectador con la humanidad de sus criaturas.

“El partener” se ofrece en la sala Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815), sábados a las 21.30 y domingos a las 21. “Más muertos que vivos” se puede ver en La Máscara (Piedras 736) los sábados a las 19.30.

Fuente: Télam

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