martes, 12 de junio de 2012

Sofía Guggiari: Te amo tanto porque te he matado


“Hablo del desamor y de su potencia”

Tiene 25 años, una carrera como actriz –heredó la pasión por el teatro de su abuelo, Eduardo “Tato” Pavlovsky– y acaba de debutar como directora y dramaturga con una serie de monólogos estructurados alrededor del desencuentro amoroso.

“No me siento una chica sexy.” Sofía Guggiari es una máquina de hablar. No deja de hacerlo ni cuando la sesión fotográfica se lo exige. Simula un beso, mira fijo a cámara y dispara esa frase. Tiene 25 años, una carrera como actriz –heredó la pasión por el teatro de su abuelo, Eduardo “Tato” Pavlovsky– y acaba de debutar como directora y dramaturga con Te amo tanto porque te he matado (viernes a las 22.30 en Teatro de la Fábula, Agüero 444). Esta obra, en la que también actúa, reúne un conjunto de monólogos que ella escribía en su computadora, al principio sin imaginar que iba a montarlos. “Si lo viera mi ex novio, me diría: ‘La puta que te parió’...”, descifra, dejando entrever que en este trabajo hay mucho de sus propias historias de amor. También aflora su pensamiento político, signado por sus años de militancia en la izquierda, la mirada de su familia y la incomodidad de los momentos en los que no sabía de qué lado estar.

“Esta obra habla del amor. O, mejor dicho, del desamor y de su potencia, de todo lo que uno puede llegar a hacer cuando está en un lugar de desencuentro amoroso”, define Guggiari a Página/12. Entre los personajes hay, por ejemplo, una mujer que recuerda a su compañerita de la primaria, un joven enamorado de su cuñada y una chica (Guggiari) que mata por amor. De ahí el título de la obra, que “cuestiona la moral”, en palabras de la autora. “La diferencia entre un neurótico y un psicótico es la posibilidad de fantasear. Al escribir fantaseé como loca y los personajes se permiten lo mismo”, sintetiza. En su discurso aparece la psicología porque eso es lo que estudia. Es otra herencia de su familia: no sólo su abuelo sino también sus padres son psicoanalistas.

“Hay algo que es inherente de lo psíquico humano. No siempre estamos haciendo cosas que nos hacen bien. Las normas nos encuentran en el nacimiento, en una sociedad en la que ya hay reglas impuestas. Elegí cuestionar la lógica que tienen los afectos como constitutivos del sujeto y decir cosas que uno fantasea, pero que no tiene lugar para decir. Pienso en la ley del incesto, ese amor particular primario que nos fue prohibido y que entonces nos permite todos los otros amores. Si estos personajes no estuviesen enredados en este escollo, no estarían tan apasionados. No habría monólogo. Nadie cuenta lo que sueña si es muy promiscuo. El teatro se mete en esos lugares prohibidos y los transforma en un espejo para la sociedad. Está en esos lugares cercanos a la finitud, la muerte, lo pasional, los bordes y los desbordes: el drama”, explica Guggiari.

El marco para que los personajes vomitaran sus verdades al público llegó después, cuando Guggiari decidió volver cuerpo sus monólogos. La primera opción fue ubicarlos “en una pensión de Once”, pero no la convenció. Del elenco (además de Guggiari, Mariano Kevorkian, Sonia Novello, Melina Lozano, Diego Martínez, Sara Llopis, Matías Alberto Potenza y Alberto Romero) surgió la propuesta final: un circo. “No busqué nada de lo que está ahí. Conceptualizo ahora, una vez estrenada la obra”, confiesa la directora, quien define su ópera prima como una “creación casi colectiva”. “Mi hermano Ramiro me enseñó y me ayudó. Me dijo que pensara que el circo acopla a personajes que están en la fisura de la sociedad, que son deformes y aplaudidos por eso. Aun los habilidosos están en un lugar de imposibilidad, equivocación y frustración”, concluye. Quienes se pelean con la moral en Te amo tanto... son, entre otros, la mujer de los cuchillos, la mujer barbuda, la contorsionista, la clown, el malabarista y el mago. Se genera una relación de cercanía con el público, que va más allá del contacto visual. “La obra tiene algo de ritual”, cierra su autora.
 
–¿Sintió una exposición mayor que cuando actúa al mostrar sus textos?

–No, al revés. De hecho escucho los monólogos y me suenan irreconocibles. Siguen siendo un lugar donde esconderme. La actuación me es mucho más visceral, porque siento el afecto directo del público. Me han preguntado si es autobiográfico, deben pensar: “¡Esta chica se enamoró de su mejor amiga y de su cuñada!”. No exactamente. Pero bueno... sí. Tuve mi mejor amiga, a quien ya no veo más, y sé de la potencia de ese amor y del desencuentro que produce ahora. Además, varias de mis parejas están ahí.
 
–Usted estudió con Norman Briski. ¿Se dio cuenta de que escribe parecido? Su palabra, como la de él, es verborrágica, musical y se contradice a sí misma. En el caso de Briski, incluso a veces se entiende muy poco lo que quiere decir...

–Otra persona que me dijo eso fue mi mamá: “¡Vos sos rebriskiana escribiendo!”. Es muy probable que escriba parecido, porque la dramaturgia de Norman es muy para el actor. En cambio, hay dramaturgos que escriben para la literatura del teatro. Norman incita mucho a sus alumnos a que escriban. Cuando estaba haciendo Las primas (una obra de Briski), la leía y pensaba: “¿Qué es esto? ¿Qué mierda significa ‘cuadras esdrújulas de potencialidad inherente’?”. Norman te dice que no importa qué dice el texto sino lo que le pasa al personaje. Entonces podés decir cualquier cosa.

–Todos los personajes hablan del amor y de pronto hay un monólogo que desentona: el del militante que no sabe dónde militar. ¿También surgió de una experiencia personal?
–Milité en el trotskismo cuando empecé la facultad. De pronto escuchaba una palabra tipo “molotov”. O si no: “Nos estamos preparando para la revolución”. Me daban para leer La transición permanente, de Trotsky. Y de pronto veía a mis amigas y les decía que se venía la revolución y me decían: “¿Cuál, Negra?”. Se me cagaban de risa. Mi mamá y Tato eran súper troskos; mi papá, progresista; y mi hermano, reperonista. Y yo estaba... ¡la puta madre que los parió! Si pensaba de una manera se enojaban, también si pensaba de otra. Este monólogo habla de lo que me pasaba, que era preguntarme: “¿Y ahora? ¿Dónde voy a militar?”. Se me apareció este chico que tiene muchas ganas de militar, pero no sabe dónde, entonces reparte volantes en blanco, como para hacer algo.

–No tiene mucho que ver con el resto de los textos. ¿Por qué lo incluyó?

–A la obra le hacía falta un texto que no tuviese nada que ver. Es la parte más política. Sin embargo, todos los monólogos tienen algo de eso. Escribo desde lo que pienso respecto de lo que pasa ahora en el país. El del militante es un monólogo lindo porque no se posiciona: les gusta a todos, tanto a los marxistas como a los peronistas. Quedan contentos. La gente de mi edad se identifica más con esa parte que con las demás. Ahora no me pasa tanto lo que le pasa al personaje, estoy parada en un lugar. Me gusta mucho este proyecto de país. Veo las cosas “marxianamente”, pero sé que éste es un camino y no puedo dejar de ver la realidad: grandes transformaciones sociales en un país que venía hacía 30 años recuadrado, con una estructura tan conservadora. Estoy reorgullosa de vivir en esta época. Antes decía: “Me hubiese gustado vivir en los ’70”. Ahora ni en pedo.

Fuente: Página/12

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