Claudio Tolcachir y Timbre 4
Un teatro para sentirse como en casa
Actor, director y dramaturgo, hizo de su PH en Boedo una escuela de teatro y una sala de expresión, primero para sus amigos, y ahora para los más diversos elencos. Además dirigió en el circuito comercial a actrices de la talla de Norma Aleandro y Mercedes Morán.
Esperar a Claudio Tolcachir en la enorme sala de ensayo de Timbre 4, sobre la entrada “nueva”, la de la calle México, es como esperar en el living de una casa al dueño que aún no ha llegado. Genera algo de pudor, la sensación de estar entrometiéndose en la intimidad de alguien, pero hay al mismo tiempo algo familiar; algo que se entenderá luego, en el momento en el que el actor, docente, dramaturgo y director suba, apurado, las escaleras.
El retraso es de poquísimos minutos, pero se disculpa y casi sin sacarse el abrigo invita: “Vení, vamos a ver cómo está quedando.” Eso, a lo que se refiere, es a la sala principal, donde se están ultimando detalles para el reestreno de El viento en un violín, la más reciente de sus tres obras como autor y que marcan la celebración de los primeros diez años de Timbre 4. Es simple y, quizá, luego suene redundante –él lo repetirá una y mil veces durante la entrevista, y lo mismo dirán después los miembros de su compañía–, pero es que Timbre es eso: su casa.
Durante muchos años, esa afirmación fue, además, literal: Tolcachir vivía en el PH de la vuelta, sobre Boedo, al fondo de un pasillo estrecho, que había albergado una fábrica de zapatos. Compró esa propiedad el mismo día que estrenó uno de sus primeros trabajos como actor –El juego del bebé, en el teatro Maipo–, y se instaló allí. “Me he mudado cientos de veces y tengo un don, siempre he visto una sola casa. En principio, era para dar clases, entrenar, pero con mucha libertad. Y fue una cosa muy loca: yo estaba seguro de que no quería tener un teatro.” Pero como en las mejores historias, el resto se escribió casi solo: “Todos tenían las llaves, entraban y salían, en esa cosa medio comunitaria, que me encanta. Cuando me mudé, para celebrar, invité a unos amigos a tomar unos vinos, y casi todos, en algo totalmente inusual, hicieron algo; uno cantó una canción, otro actuó, y yo tuve esa sensación que me marcó el camino: que fuera un lugar donde cada uno hiciera lo que se le cantara”, recuerda.
“Con Tamara (Kiper) y Lautaro (Perotti; NdeR, actores, autores, directores y profesores de Timbre 4, igual que Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Melisa Hermida, y el ‘elenco estable’ de las obras de Tolcachir, Miriam Odorico, Araceli Dvoskin, Inda Lavalle, entre otros) nos conocemos desde el secundario, y cambiamos mucho en el tiempo, pero pudimos ir acomodándonos a quienes somos ahora.” Jamón del Diablo Cabaret, en 2001, fue el primer proyecto del grupo, y también el que marcó el espíritu lúdico que, asegura, sostienen hasta hoy: “Teníamos un vecino que nos denunció por prostíbulo y venta de drogas. Y en esa época, pre Cromañón, no se ‘usaba’ habilitar los lugares, así que cayeron a clausurarnos y la jueza decía: ‘Dame un papel, algo, para no tener que cerrarte’. No teníamos nada, y nos cerraron. Lo mágico fue que salimos a buscar otro teatro por el barrio –que todavía está alejado del circuito off–… y lo encontramos.”
Y el timbre cuatro se convirtió en un teatro, donde había que guardar silencio antes de cada función para que los vecinos no se quejaran (un cartel pegado en la pared así lo imploraba), y Celina, la tía de Claudio –“la única persona que conocía que estaba todo el día en su casa y podía atender el teléfono”– tomaba las reservas de la boletería.
“Ahora tenemos más facilidades, la suerte de que la gente venga, que las obras generen expectativa, pero lo realmente complejo –más que en el teatro comercial– era ensayar de 12 de la noche a cuatro de la mañana, muertos de frío, los actores que se desmayaban porque a las siete tenían que estar trabajando en un banco, con una obra que escribiste vos y que quién te dijo que tiene un valor artístico, que le interesa a alguien. Y además el mueble que hay que ir a buscar, o cambiar los tapones en medio de una función. Eso, para mí, es lo más divertido del mundo.”
El camino siguió con el sueño de la obra propia, porque “no encontraba nada para hacer” con el mismo elenco. Y apareció La omisión de la familia Coleman, que “estrenamos para que durara dos meses; tenía un registro hiperrealista y venían 50 espectadores por función”. Hoy es la niña mimada: una de las obras que más boca a boca sostiene y lleva 1000 representaciones, fue vista por unas 150 mil personas en todo el mundo, y giró por 20 países. Después vinieron Lisístrata, Tercer Cuerpo y El viento en un violín.
El éxito casi inmediato de La omisión… lo dejó “planchado, como un bombazo. Me acostaba cuando cerrábamos el teatro y pensaba: ‘¿Qué hago con esto que siento?’ Todo lo que pasaba nos sorprendía mucho, y cada gira, cada lleno, nos daba una alegría enorme, porque en el fondo éramos, además, compañeros de secundaria, amigos. Y viajar juntos –para muchos, por primera vez– era una fiesta.”
ESTAR EN TODO. “Cuando estás actuando vos vas y te dejás llevar. Otro lleva el motor. La tarea del autor-director es completamente distinta del actor, y requiere energías diferentes. Como director, tenés que ser absolutamente responsable de todo: del análisis del texto, del estado de los actores, de la dinámica de la obra, del ritmo, de la escenografía, las luces y el vestuario; de llegar a tiempo a estrenar cuando tenés que estrenar, como en el caso de estas obras que son siete semanas de ensayo y no como con La omisión…, que fueron nueve meses. El director no descansa nunca, y el actor, necesariamente, tiene que no preocuparse de un montón de cosas, para guardar la energía”, asegura.
Ahora en Timbre hay un equipo de producción –liderado por Maxime Seugé y Jonathan Zak, que integran también Silvina Silbergleit y Fabio Petrucci– que es parte de la cooperativa, profesionalizado, “pero al principio no era así. De alguna manera, seguimos con ese espíritu porque es como en tu casa, nadie te dice cómo se pintan las paredes ni lo hace por vos.”
MI OTRO YO. La otra gran faceta de Tolcachir –y la que él mismo admite le facilita muchas cosas a la hora de encarar luego sus propios proyectos– es actuar, pero más dirigir, en el circuito de teatro comercial. “Siempre tuve la suerte de dirigir cosas que me gustaban (ver “Multifacético”), pero eso no siempre es así. Siempre eran cuentos que me interesaban y sobre todo actores –dirigió a Norma Aleandro, a Lito Cruz, a Mercedes Morán, entre otros– a los que me gustaba conocer. Antes del primer ensayo estoy muerto de miedo. Cuando los vas a dirigir pensás: ‘¿Qué les voy a decir, si son todos geniales; cómo arranco el trabajo?’ Siempre me parece que no sé, y lo bueno es saber que ellos, los actores, están igual. Partir de esa base es genial: admitir que estamos todos muertos de miedo, que no sabemos nada, y que vamos a empezar a descubrir qué nos dice esta obra juntos”, asegura.
Y sigue: “Los actores, en general, aman que los dirijan. Y no tenés, como actor, muchas oportunidades de ello. Aun los de mucha trayectoria, que han generado un estilo, muchas veces se las han arreglado solos: empezás a usar recursos que de alguna manera conocés y el público te festejó. Pero si aparece alguien con quien tienen confianza, en cuanto ven que estás trabajando para que el personaje crezca, se tiran a la pileta felices.”
–Y esa confianza, ¿cómo se construye?
–Es un trabajo que forma parte de la tarea como director, especialmente cuando no tenés 40 años de trayectoria… ni de edad, y ellos quizás sí (risas). Pero a la hora de los bifes, lo esencial está en la comprensión del texto. Yo trato de hacer un análisis que sea lo más científico posible, objetivo, y eso ayuda al actor, porque el actor lee una obra sólo desde su personaje, y el director tiene que calmarlo, decirle: ‘Veo todo el cuadro y nos conviene hacer esto, ir por acá.’
ABRIR CAMINOS. Timbre 4 también es una escuela, donde “se trabaja con amor, con felicidad. Nos manejamos así, no se puede suspender un ensayo por nada del mundo. Lo que más nos cuesta es que tenemos más infraestructura, pero a veces llegamos tarde y nos pone de mal humor no ser una sala ordenada, aunque al mismo tiempo no sé si nos lo bancaríamos”, dice. Por eso, han ido encarando de a poco la prueba de traer a alguien ‘de afuera’: “Cuando se recibe a alguien, uno siempre quisiera tener la casa más ordenada. Nos gusta esa idea de que vengan.”
El timbre cuatro es, quedó claro, una casa; pero también, como dice el cartel pegado sobre la chapa pintada en la puerta de Boedo, “esto es un teatro”.
Multifacético, una carrera de grandes pasos
Porteño, apasionado y pelirrojo, Tolcachir tiene sólo 37 años pero más camino recorrido que muchos de sus contemporáneos: como actor participó en más de 30 obras, con directores como Daniel Veronese, Norma Aleandro, Carlos Gandolfo y Roberto Villanueva, entre otros. En 1998 fundó la compañía (hoy Timbre 4) con la que montó Chau Misterix, de Mauricio Kartun; Euridice de Jean Anouilh, y Jamón del Diablo Cabaret, sobre textos de Roberto Arlt y Lisístrata, de Aristófanes. Escribió y estrenó allí, además, sus propias obras: La omisión de la familia Coleman, Tercer cuerpo y El viento en un violín. El espacio que hoy celebra diez años existe desde 2001. También dirigió Atendiendo al Sr. Sloane de Joe Orton; Agosto, de Tracy Letts y Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, en Buenos Aires y en el teatro Español de Madrid. Acaba de estrenar Buena gente, con Mercedes Morán y Gustavo Garzón en el teatro Liceo. Recibió los premios ACE, Clarín María Guerrero, Teatros del Mundo y Teatro XXI. Sus obras se representaron en más de 20 países y fueron traducidas a seis idiomas.
La cartelera de Timbre
En las dos salas (Boedo 640 y México 3554, una a la vuelta de la otra), la actividad es incesante.
A las tres reposiciones de las obras escritas por Tolcachir –El viento en un violín (viernes y sábados 21 y 23:15), La omisión de la familia Coleman (domingos 19 y 21:15) y Tercer Cuerpo (sábados 21 y 22:45, domingos 19 y 20:45) se suman obras de algunos de sus maestros –Amanda Vuelve, de Diego Faturos (jueves 21 hs), Memoria de un gesto (Nada extraño) y Hasta que cae la lluvia (domingos 17 hs), de Melisa Hermida (viernes 23 hs) y Guardapolvos de Tamara Kiper (lunes 21 hs).
Además una colaboración, por primera vez, entre un director “externo” y alumnos de Timbre 4: El pozo donde se encuentran de Román Podolsky (viernes 21 hs).
Fuente: Tiempo Argentino

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