Para qué vamos a hablar de la guerra


Para qué vamos a hablar de la guerra

Los personajes de La Strada reaparecen en este inteligente trabajo dirigido por Podolsky

La entrañable Gelsomina -aquel personaje bellísimo de La Strada, de Federico Fellini- reaparece en esta nueva propuesta de Román Podolsky para conquistarnos de nuevo y hacernos emocionar. Para aquellos que tengan presente el film de Fellini, la obra será mucho más rica, para los que no, de todas formas, esta pieza les otorgará una frescura a sus almas.

Inspirada en la adaptación teatral de Tullio Pinelli y Bernardino Zapponi, Podolsky y Da Passano, en esta ocasión, se sumergen en el universo de la posguerra, tan trabajado por el neorrealismo italiano, y lo continúan. Si en La Strada se cuenta la historia de esta joven muchacha, Gelsomina, comprada por Zampanó a su propia familia que por los destrozos de la guerra no tiene ni para alimentar a sus hijos; en este caso, la historia continúa y aquella joven abandonada por su comprador es ahora la compañera de un nuevo personaje, El Loco, que la trata bien, la respeta y la cuida. Pero un día Zampanó llega y lo que al principio parece un encuentro entre viejos amigos se va transformando en una marea de reproches, rencores y viejas deudas.

Los tres personajes son perfectos. El Loco y Gelsomina son los encargados de dar ilusiones en medio de tanta desesperanza. Tienen un circo, en decadencia, pobre, pero bello. Ella, con el número "La princesa de las cuatro estaciones", emociona y demuestra que con poco se logra muchísimo. El Loco es equilibrista y su intención es entretener. Zampanó, en cambio, ya no cree en nada, está solo, amargado. En un triángulo magnífico se van mostrando las verdades de cada uno, los deseos, los miedos y los propios sueños de un futuro que parece incierto.

Las actuaciones están impecables. Malena Figó, con un rostro por demás expresivo, trasmite la misma ingenuidad que aquel entrañable personaje. Claudio Da Passano y Nacho Vavassori nos dan una clase magistral en su lucha libre perfectamente sincronizada. Ambos, Da Passano (El Loco) y Vavassori (Zampanó) se hacen carne en esos personajes por momentos egoístas pero con una profundidad mayúscula.

Esta obra es un gran ejemplo de que menos es más. Así como la llegada de los neorrealistas italianos al cine fue un gesto de abandono a los grandes estudios, a las estrellas consagradas, para refugiarse en las calles, en la vida misma, en las personas y sus dolores y salir de lo artificial; Para qué vamos a hablar de la guerra propone algo similar. Con una escenografía que consiste apenas en un cuadrilátero en el piso que oficia de escenario, de ring, de punto de encuentro de los personajes, de todo. Un diseño de iluminación, por el exquisito Matías Sendón, que en su sutileza parece emocionar, mostrar el paso de la noche al día, tal vez una luna que ilumina. Poco pero preciso. Un vestuario perfecto, que recrea lo que la magia teatral puede lograr en medio del dolor, del desamparo. Todo el conjunto de talentos se unen en esta propuesta para recrear aquellos años difíciles de los 50 y acercarnos por un rato al universo fellinesco.

Fuente: La Nación

Sala: La Carpintería, Jean Jaures 858

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