La señorita Julia


La señorita Julia

La importancia de La señorita Julia queda expuesta por el hecho de que, desde 1888 hasta la fecha fue representada ininterrumpidamente en todos los escenarios del mundo. Tiene mucho que ver la temática que desarrolla Strindberg en esta obra, en la que señala como en ninguna otra sus propias obsesiones: la diferencia de clases sociales, lo educacional y lo generacional, los conflictos entre el hombre y la mujer. De esta manera, la pieza pasa a transformarse en un análisis de los sueños y deseos de los personajes y al mismo tiempo de un innata capacidad de destrucción.

En la noche de San Juan de 1874 en el estado de Count, en Suecia, la joven noble Julia, que intenta escapar de una existencia llena de costumbres sociales, decide ir a bailar a la fiesta de los sirvientes, donde seduce a un lacayo llamado Juan. Esa noche Juan y Julia consuman su amor, algo que resulta dramático para ella, que ve mancillada su posición social, al haberse relacionado con un criado. La lucha de clases y el poder están muy presentes en la obra. Julia ejerce poder sobre Juan por su condición social; sin embargo, Juan tiene el poder sobre ella, porque es un hombre y, por lo tanto, libre de decidir su destino. El conde, padre de la señorita Julia, ejerce el poder sobre ambos personajes por ser noble y, al mismo tiempo, por ser el amo de él y el padre de ella.

La importancia de la obra también se extiende a la protagonista, la señorita Julia, por su grado de dificultad interpretativa. Rayana en la locura, su condición la hace oscilar entre el capricho y la necesidad de amor, entre la soberbia y sus carencias afectivas. Personaje muy complejo que exige ductilidad y experiencia en el manejo de los sentimientos y emociones. Aunque Josefina Vitón realiza un gran esfuerzo para sostener un texto difícil, sólo logra transmitir una interpretación lineal y externa, carente de emociones y de matices. Paula Colombo, por su parte, maneja con sobriedad los perfiles de la criada, aunque podría haber logrado más con un mayor compromiso interior. Sin embargo, estos reparos resienten la actuación, mas no la obra.

Por el contrario, Gustavo Pardi realiza una interesante composición que permite mostrar con acierto esa ambivalencia que lo lleva de la soberbia a la sumisión. Una convincente transición entre las dos facetas del personaje de Juan.

La puesta de Marcelo Velázquez se ajusta con precisión a las exigencias de la versión que realizó Enrique Papatino, donde toda la escenografía está al servicio del texto y se percibe que Velázquez logra el tiempo apropiado para alcanzar una efectiva dinámica.

Fuente: La Nación

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