Ampelmann


Ampelmann

Un hombre llegado del frío. Casi congelado en el tiempo. Como si viviera en una época que, para muchos, ya es pura nostalgia. Miguel vuelve a su casa luego de dos años de una lucha que lo reivindica -según él cree- frente a los ojos de su mujer y su hijo. Luego de una fallida, en lo personal, época de militancia en los años 70, Miguel viaja a Berlín poco después de la caída del muro para luchar a favor del Ampelmann, ese muñequito de los semáforos de la Alemania del Este que indica a los peatones cuándo avanzar y cuándo detenerse en la senda peatonal. Una lucha más bien simbólica para sostener algo de lo que fue. La clave está en que Miguel se fue de un día para otro, sin avisar ni despedirse. Durante todo ese tiempo, nadie sabe de él, suponen lo peor. Pero un día, así sin más, aparece.

Miguel está exultante, feliz, triunfante; los muñequitos Ampelmann ganaron la batalla, y él fue líder indiscutible del movimiento que lo logró. Así, con un abrigo pesado de un largo invierno llega a casa en pleno verano a festejar el fin de la lucha, justo el día del cumpleaños de su hijo, detalle que no tiene en cuenta. No son los detalles su fuerte, él está para grandes cosas. Por eso espera que mujer e hijo lo abracen, lloren de alegría por su regreso y sigan adelante como si nada hubiese pasado.

Pero claro está, las cosas han cambiado y nada es como Miguel espera. Aquí empiezan los problemas y el eje de esta agradable comedia que Víctor Winer, su autor, inundó de momentos de ternura y divertida inocencia. Pero también hay gags, de esos sorpresivos que, más que una sonrisa, arrancan una carcajada del espectador. Y allí, el mérito es de la efectiva dirección de Mónica Viñao que encuentra, sobre todo, en Cutuli y Alfredo Castellani buenos receptores para ponerles el cuerpo a estas criaturas tan contradictorias como adorables. Nadie es tan bueno ni tan santo; los dimes y diretes envuelven a todos los personajes en una maraña de dudas que, quizá, llegan a desentrañarse.

Viñao logra armar en escena este entramado cariñoso de peleas casi de niños de un modo sencillo y llevadero que hace que el espectador pase de verdad un momento sumamente agradable. Todo transcurre amablemente en esta historia que bien podría sonar añeja, pero que no lo es de ninguna manera. Un pequeño hallazgo.

Fuente: La Nación

Sala: Sha, Sarmiento 2255 / Funciones: jueves a sábados, a las 21; domingos, a las 20

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