Carlos Santamaría: Código de familia


“El argentino sigue teniendo una cosa de facho”

El actor grabó una participación para tv en el unitario Maltratadas y hoy vuelve al teatro con Código de familia. Además, es la voz del canal Encuentro, ya que también es locutor.

Un hombre pretende que la justicia le devuelva por ley un amor que su propio corazón no supo eternizar. Otro hombre, más bestial, lastima a su compañera con chistes degradantes e intimidad forzada. Tanto en Código de familia, en teatro, como en Maltratadas, unitario de TV, Carlos Santamaría interpreta a maridos de características opuestas, bien distintos entre sí e incomparables con él mismo.
“En el unitario se ve un cuadro espantoso. Hago de un marido que busca hacerla quedar mal a su mujer usando supuestos chistes y cuando están solos, le excita toda la negativa de la mina y hasta llega a violarla. Lo de Amado Mubarak (su personaje en Código de familia) es diferente porque él hace todo movilizado por el amor. Amado es un tipo que quiere que su mujer, que se fue con un comisario represor, vuelva a vivir con él por exigencia judicial, sustenta su pedido en la ley de matrimonio”, cuenta Santamaría sobre el hecho que realmente ocurrió en 1982.
“En esa época –agrega– no había ley de divorcio y este hombre busca un abogado que lo represente hasta que el número 15 al que va a ver, un joven recién recibido, finalmente le acepta el caso ¡Una cosa ridícula! Esta obra cuenta una historia de amor y hace un repaso histórico que me recordó mi momento en ese momento.”
El actor, que también es locutor (se recibió en Eter en 2006), es la voz del canal Encuentro, destaca: “Estoy inmensamente orgulloso de pertenecer a Encuentro. Me llamaron cuando se empezaba a diseñar la señal y luego evolucionó hasta lo que es hoy, es algo que me enorgullece realmente.”

–Código de Familia se basa en un hecho real ¿Hasta dónde es verdad lo que se cuenta?
–Este caso le pasó a un abogado. Parece que el tipo era un plomazo descomunal Aparentemente era un obsesivo, en la obra está suavizado. Lo único que consigue en el derrotero judicial son audiencias de conciliación y nada más, circula por todos lados con su libreta de matrimonio que es la que quiere hacer valer y con un álbum de casamiento que muestra a todo el mundo. ¡Está de la gorra! No ve la realidad para nada, el amor le tapa todo. En un punto es un antihéroe; en medio de personajes nefastos, él es como una perla en un mar de lodo.
–¿Cómo se ven el poder judicial y la policía?
–La obra deja ver una parte de la historia argentina y hay una descripción de los personajes que tiene una actualidad enorme. En cuanto a la acumulación de casos, no hay mucha diferencia en lo que es hoy el Poder Judicial hoy en día. Hay un personaje que hace Gabo Correa, que es un empleado administrativo de tribunales, que dice que habla con el juez, se va y vuelve y no se sabe bien qué hace en verdad. Es de esos empleados que laburan en medio de los expedientes y son algo dueños de las causas, porque pueden retenerlas o acelerarlas.
–¿Te parece igual la justicia del ’82 a la actual?
–Sólo ese cuadro me parece que se mantiene, más allá de las buenas intenciones la justicia tiene un tema burocrático que persiste. Es como dijo Aníbal Fernández: “Con los perejiles del porro”, creo que hay millones de expedientes que uno sabe que no llegan a nada y que entorpecen a otros que sí tienen importancia que se resuelvan. Desde entonces hubo algunos progresos, pero la idiosincrasia de ciertos personajes del ambiente judicial está intacta.
–Antes señalaste que la obra de teatro se ubica en 1982, durante la Guerra de Malvinas ¿En qué andabas vos en ésa época?
–Tenía 23 años. Soy clase ’56, justo cuando me tocaba la colimba cambió de 21 a 18 años. Zafé. No la hice. Tuve algunos conocidos a los que los convocaron. Yo veo que el argentino sigue teniendo una cosa de facho, hubo mucho tiempo de milicos que hay que sacarse de encima y ¿cómo lo hacemos? Sólo con democracia y con tiempo. Hay una cosa reaccionaria de algunas generaciones, como la mía por ejemplo, que permanece. Por suerte no es así en las nuevas generaciones.
–¿Cómo fue tu juventud en los años de la dictadura?
–En el ’74 terminé el secundario e hice el ingreso a Ciencias Económicas y a Agronomía. Fueron momentos muy difíciles para estudiar porque había una carga de represión terrible; sentir en la facultad la presencia militar impuso algo difícil como para que un alumno se concentrara en lo que se tiene que concentrar. Hice varios intentos en la facultad y me di cuenta que no era lo mío. En los años setenta estuve mucho en Brasil. Empecé con actuación en el ’84 con Franklin Salsedo. Salí de la primera clase y dije: “Quiero esto.”

Fuente: Tiempo Argentino

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