Canchero

Un elenco de stand up asegura que pertenecer tiene sus contratiempos
El nuevo espectáculo del grupo De a 1, con Diego Scott como elemento de unión entre las historias, combina las virtudes del monólogo unipersonal con coreografías, teatro negro e interacciones con el video.
Un actor que mira de frente a su público, un micrófono y un promedio de 15 minutos para escupir verdades acerca de quiénes somos, cómo vivimos y cuáles son nuestras más secretas y absurdas miserias. Así funciona el stand up, un género teatral de humor que surgió en los Estados Unidos y que en la Argentina lleva más de diez años de rápido crecimiento, y que se consolida cada medianoche de un fin de semana con las interminables colas de un público joven que llega a los teatros con la intención de que los artistas los hagan reír.
Entre las varias opciones de obras de stand up que hay en cartelera, se encuentra Canchero, la nueva propuesta del grupo De a 1, integrado por Pablo Fábregas, Diego Scott, Natalia Carulias, Fernando Sanjiao y Malena Guinzburg. Se trata del cuarto espectáculo de la compañía, que en esta versión le agregaron a los clásicos monólogos, coreografías, teatro negro e interacciones con video. Pero la esencia del stand up radica en la fuerza del relato. Los cinco actores escriben sus monólogos que cobran sentido una vez que los dicen frente al público y conocen sus reacciones. La obra está estructurada con cuatro monólogos formales, mientras que Diego Scott, con su personaje de un snob un tanto fascista, funciona como conector de las cuatro historias y presenta a sus compañeros.
El uso de las pantallas –que acompañan lo que los actores dicen– demuestra el poco espacio para la improvisación y limitadas posibilidades que pueden tener los actores de adaptarse a las reacciones del público. Pero tal vez esa no es la intención. Canchero busca hacer una autocrítica sobre la necesidad de las personas de pertenecer a un determinado ambiente. Con ese hilo conductor, los actores hablan del amor, del sexo, de las relaciones laborales, el arte, los travestis y las drogas, por mencionar algunos de los temas.
La calidad del monólogo repercute enseguida en la respuesta del público. Cuando el relato está construido por imágenes, con situaciones cotidianas que pueden atravesar la mayor cantidad de gente posible, y que a pesar de ser irónicas y bizarras tienen una base de dolor y angustia, la carcajada, casi catártica, llega de inmediato. Eso ocurre con el monólogo de Pablo Fábregas, que plantea el estado de alienación del hombre posmoderno, quien entre el exceso de horas laborales y tiempo de viaje en el tránsito le quedan, en un día, 36 minutos para ser feliz. Fábregas construye escenas desde el relato, puede recrear el box de una oficina o la humillación de una entrevista laboral, en la cual una persona que no tiene plata necesita conseguirse un traje para tener trabajo. Su monólogo se conecta con inteligencia y en una secuencia de cinco minutos puede pasar del comunismo al embotellamiento del tránsito, casi sin percatarse del salto. A cada cambio de situación, el actor conecta sus historias con la frase: “¡Devolveme mi dignidad!”, y compara una oficina con una cárcel o la jaula de un hámster. Cuanto más real y cercano es lo que se dice, más humor produce.
Pero ese trabajo en la construcción del humor se vuelve liviano y superficial cuando se refiere a personajes que de tan artificiales e hipócritas son inverosímiles. Las mujeres siguen en la línea de reírse de ellas mismas, es destacable esa actitud de autosuperación, pero hay tanto para decir sobre la forma en que vivimos, que continuar con relatos sobre chicas con exceso de peso o que no entienden nada de fútbol se vuelve un lugar común
Fuente: Tiempo Argentino
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