Hombre Vertiente

Un espectáculo cautivante donde el público vivencia la obra
Hay que decirlo: para alguien que suele ver y reseñar teatro, escribir sobre una experiencia como la que propone Hombre Vertiente, del grupo Ojalá, puede no resultar sencillo. Aunque siempre se ha considerado un hombre del campo dramático (“sea como sea, uno hace ficción”, repite), el ex Organización Negra y ex De La Guarda Pichón Baldinu ha fundado durante las últimas tres décadas experiencias de teatro no convencional menos basadas en la actuación que en el impacto visual, y con ellas ha contribuido a ampliar un poquito más los márgenes de las artes escénicas.
Claro que Baldinu no fue el único que trabajó en este sentido a nivel global, pero la persistencia y la originalidad lo llevaron a forjar, junto a Diqui James –su socio en De La Guarda–, un fenómeno local y de exportación, industrial y de espíritu under en partes iguales, donde la convivencia de los actores con los espectadores es premisa fundamental. Y ese, tal vez, sea el legado más importante del teatro en su arte.
Y aunque esta, su última obra junto a su nuevo grupo Ojalá, haya sido organizada espacialmente de una manera más convencional (casi todas las acciones se llevan a cabo en un solo frente, ya no por todo el espacio) y sea también la primera vez en que asoma un esbozo de dramaturgia (hay personajes en cierta medida reconocibles y hay también brevísimas intervenciones textuales), lo que le sucede a esos seres voladores que revolucionan la sala Villa Villa durante una hora sigue siendo, desde la óptica de un analista teatral, un verdadero misterio. Como en ciertas ramas de las artes visuales, el disfrute no consiste puntualmente en “entender”; los verbos clave son: “dejarse llevar”.
Y entonces, ¿qué es lo que aparece? Algo que se parece al mundo de los sueños. En las obras de Baldinu los personajes pueden volar, convertirse en agua o ser devorados por escorpiones rabiosos. No parece haber limitaciones. Como siempre, el despliegue técnico está a la altura de las circunstancias para hacer de Hombre vertiente un espectáculo cautivante en el que el público no sólo mira, sino que vivencia la obra.
Lo que aporta el color inconfundible en este trabajo es el agua, que llega en cantidades industriales: los 18 mil litros que los actores utilizan cada noche pueden convertirse según quien mire, en metáfora de la modernidad líquida, del fluir de la imaginación, o de la guerra contra la sequía de cualquier tipo (¿de ideas, de diálogo, de gestos más humanos?). Como en el universo onírico, poco importan las acciones concretas. Lo interesante, en realidad, es hacia dónde disparan cuando uno se despierta.
Fuente: Tiempo Argentino
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