Eraritjaritjaka, museo de las frases

Museo de las frases
Un escenario vacío. Un cuarteto de cuerdas Mondriaan. Un actor. Un largo diálogo interno de un personaje "poseído por la nostalgia de algo perdido". Un haz de luz perfecto. La fachada de una casa de techo a dos aguas, con sus cuatro ventanas. Ese mismo perfil devenido pantalla sobre la cual se proyectan imágenes; las imágenes de ese narrador que, en un momento dado, deja la sala mientras una cámara lo sigue. Entonces, se sube a un coche, da unas vueltas por el centro, se baja del auto, vuelve a caminar, entra a un departamento (el suyo) y se cocina. En tono casi monocorde, se deja llevar por sus propios pasos perdidos y por su obsesión por los pasos de una sociedad que lo espanta y lo fascina. Claro que, en otro nivel narrativo, ya nada sucede en el escenario. De buenas a primeras, los espectadores se quedan frente a una perfecta poética de la ausencia. Y todo se transforma y todo confluye. Y la obra sucede allí, en un lugar impreciso de la realidad. Y sucede acá, en un lugar impreciso de la ficción. Puro estímulo.
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