Hamlet


Los fabulosos calavera

Una puesta clásica con toques cool. Un Hamlet mujer. Un unipersonal loser e irreverente. Una ambientada en los ’90. Un infantil de aires tangueros. Y una versión hipermoderna con pantallas y farándula. Desde hace 300 años no hay día en que no se haga una puesta de Hamlet en el mundo, pero nunca antes Buenos Aires había tenido media docena de versiones al mismo tiempo sobre sus escenarios. Radar las vio (incluso una que todavía no llegó) y éstas son algunas pistas de cómo el fantasma de la obra habita las puestas más disímiles.

Alguien lo dijo mientras se acomodaba en la primera fila del Teatro Presidente Alvear para el estreno de Hamlet con Mike Amigorena: “Es que acá no importa el argumento, venimos a ver cómo hicieron lo que ya conocemos. Y éste es un Hamlet comercial, la gente quiere ver a los actores de la tele haciendo Shakespeare”. Más que apuntar a la remanida “vigencia” del clásico, el comentario actualiza la cuestión del teatro en el mundo contemporáneo: por qué volver una vez más a la platea, pulsión morbosa y cándida de sentarse a esperar la epifanía, tropezar con las mismas calaveras, leer y decodificar las acciones y juzgar en vivo a los actores que en tiempos digitales sostienen recursos milenarios. Jugar con el aburrimiento como con fuego. En el caso de Hamlet, está el plus de que se trata de un viejo amigo, el loco que pregunta sobre ser o no ser y que, por alguna ecuación que nadie descifra, desde el día de su estreno en 1601 permaneció 40 años en cartel y desde hace tres siglos no deja de representarse ni un solo día, según afirman los libros de records.

La certeza de que ya nadie en este mundo verá Hamlet por primera vez avivó durante todo el siglo XX el fuego de las relecturas más desorbitadas. Desde El Rey León, que acusa a Hamlet como subtexto, hasta una de las más brillantes sátiras nazis de los años ‘40 (To Be or not To Be de Ernst Lubitsch), pasando por una tendencia reciente a hacerlo fracasar contra los zombies (Hamlet vs. Zombies, 2011). Nótese, antes de seguir, que citar al público y los records resulta en este caso un gesto más pretencioso que convocar a René Girard o a Jung, si se tiene en cuenta que, como apuntaba el crítico polaco Jan Kott, “la lista de bibliografía sobre Hamlet es dos veces más voluminosa que la guía telefónica de Varsovia”. Vale decir, no sólo los que no nacieron ya saben quién es sino que lo que diga cualquiera de ahora en más, ya estaba escrito.

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