Un tranvía llamado Deseo

En busca de una magia esquiva
Correcta y bien resuelta, la versión de este clásico de Tennessee Williams protagonizada por Diego Peretti, Erica Rivas y Paola Barrientos sale airosa, aunque no sorprende ni descoloca, a pesar de estar ambientada en un conventillo porteño.
Hay una necesidad imperiosa en Blanche Dubois, casi tan prioritaria como perfumarse. Es una necesidad que no oculta, pese a que sólo la pronuncia una vez a lo largo del drama que Tennessee Williams escribió cuando se despedía la primavera de 1947. Cuando todo en su vida es decadencia (económica, social, amorosa), Blanche ruega: “Quiero... ¡magia!”. Sea en un suburbio de la Nueva Orleans de aquella época –coordenadas de Un tranvía llamado Deseo– o en la metrópolis porteña de hoy, siempre existirá quien, como Blanche, necesite fugarse de la realidad. Se puede fumar o tomar whisky descaradamente. Se puede hacer poesía a partir de lo más nimio o maldito. Es una –sólo una– de las muchas razones por las cuales esta obra hablará por siempre, sobre cualquier parte, cualquier tiempo, cualquier ser. Y a cien años del nacimiento del dramaturgo, lo vuelve a hacer a nivel local a través de una nueva versión dirigida por Daniel Veronese, con Erica Rivas y Diego Peretti en los papeles principales.
A esta altura, a la obra se la mira como por un caleidoscopio, y eso supone tanto garantías como riesgos para esta –y cualquier– versión. Porque al acontecimiento teatral particular, al aquí y ahora que intentan Rivas y Peretti, lo recorren espectralmente el texto lejano y fascinante que escribió Williams, así como también la película que dirigió Elia Kazan en 1951, con el dato (no menor) de que Blanche Dubois y Stanley Kowalski eran Vivien Leigh y Marlon Brando. En tal sentido, es una garantía que frases como “yo he dependido siempre de la bondad de los extraños” –la más famosa de Blanche, el principio de su fin– difícilmente pasen inadvertidas. Hay que decirlas bien, claro, pero de por sí dejan una estela. Y, sin dudas, el riesgo mayor está en las comparaciones. Por eso no sorprende escuchar ciertos comentarios terminada la función. “A mí Peretti me calienta”, le confesaba una espectadora a su amiga, mientras la otra le decía que no, que no podía olvidarse de cómo Brando la “partía al medio”.
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Funciones: Teatro Apolo, Avenida Corrientes 1372 (4371-9454). Miércoles, jueves y viernes a las 21, sábados a las 20.30 y 22.30, y domingos a las 20.30. Entradas entre 90 y 140 pesos.
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