Julio Molina: Curupayty, el mapa no es un territorio


“A los espectadores les dan ganas de pedir perdón”

El dramaturgo y director pone el foco en la Guerra de la Triple Alianza. Utiliza para ello diez personajes, entre actores argentinos y paraguayos. “Cuando tomamos la propia historia nos ponemos en el lugar de damnificados y no revisamos si jodimos feo a un vecino”, señala.

“Era necesario purgar la tierra de toda esa excrecencia humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse.”
Sarmiento

Entre 1864 y 1870, una coalición entre Brasil, Uruguay y la Argentina se enfrentó a Paraguay, en lo que se conoce como la Guerra de la Triple Alianza, genocidio perpetrado contra el pueblo guaraní, cuya población masculina mayor de diez años no desapareció por la supervivencia de unos pocos soldados y civiles. Algunos historiadores aventuran que fueron más de un millón los paraguayos muertos. A ese extermino se refiere la cita, tomada de una carta de 1872 del por entonces presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento a Bartolomé Mitre, que ocupaba el cargo al inicio del enfrentamiento. Dieciséis años después de esas líneas, el “padre del aula” fallecía, paradójicamente, en Asunción. Era 11 de septiembre, actual Día del Maestro.

La contienda fue lapidaria para Paraguay, un país que por entonces –de manera peligrosa a los ojos británicos– no tenía analfabetos ni deuda externa y se perfilaba como “potencia regional”. Las causas, complejas, oscilan entre los intereses industriales del imperio inglés y las disputas territoriales entre Francisco Solano López, amado y odiado segundo presidente constitucional paraguayo, y Brasil, que buscaba expandirse.

Hito de aquella tragedia fue la batalla de Curupayty, librada el 22 de septiembre de 1866 en los humedales de Ñeembucú. Allí, Paraguay obtuvo su mayor y más sangrienta victoria durante la guerra. Mitre, general en jefe de la Triple Alianza, ordenó el asalto de la fortificación de troncos: casi diez mil soldados aliados (entre ellos, Dominguito, hijo de Sarmiento) y cien paraguayos murieron. Entre los heridos, Cándido López, un voluntario argentino de 26 años, perdió su brazo por encima del codo y aprendería a pintar con su mano izquierda para continuar con su labor artística, sin saber que uno de sus cuadros iría a parar a las postales que anuncian la bellísima obra Curupayty, el mapa no es un territorio, que se muestra los domingos a las 18 en el Espacio Teatral DelBorde (Chile 630).

“A los espectadores les dan ganas de pedir perdón”, señala a Página/12 Julio Molina, dramaturgo y director de esta pieza con mirada crítica. Desde sus relatos, diez personajes (actores argentinos y paraguayos) distribuidos sobre una alfombra de pasto, con troncos como sostén y las melodías del arpa de Fernanda Peralta flotando en el aire, sostienen un ritual intra y extra dialógico (con segmentos basados en cartas de “próceres” de la época), en castellano y guaraní. “Necesitaba una reivindicación de esta lengua que fue prohibida en Paraguay cuando terminó la guerra”, enfatiza, mientras Caco, su gato, rodea la mesa del acogedor PH de Flores en el que vive con su mujer, embarazada, y sus mascotas, entre ellas Popo, un perro grandote, marrón y cariñoso que empuja a su dueño en el momento de las fotos.

Molina, de 45 años, es de esos casos que se hallan en toda disciplina: cuenta con una “profesión” (“¿Carrera? No le tengo que ganar a nadie”, dice) extensa y premiada, pero su producción no goza de un “reconocimiento” mediático y popular. “Hace unos años, en una mesa de la Feria del Libro, una señora que sabe mucho me preguntó: ‘¿Por qué no te conozco?’. Y el que coordinaba la mesa le respondió: ‘Porque no es amigo de nadie’. Me hago cargo de que el ‘lobby teatral’ me embola bastante, soy más ermitaño, pero quisiera que mi obra se conociera.”

En el camino de ese anhelo, además de Curupayty..., tiene en la cartelera porteña por cuarta temporada La imagen fue un fusil llorando, adaptación del dramático aguafuerte de Roberto Arlt “He visto morir”. Allí, el escritor narra colérico su experiencia como testigo “privilegiado” de la muerte de Severino Di Giovanni, anarquista italiano radicado en la Argentina que fue fusilado el 1º de febrero de 1931 por el gobierno de facto de José Félix Uriburu. Esta obra protagonizada por Gabriel Fernández se exhibe los sábados a las 21 en Espacio Templum (Ayacucho 318). Además, esta noche a las 21.30 Molina estrenará en la Sala Apacheta (Pasco 623) otra pieza, Puerto Amberes, “texto dramático basado en anécdotas sobre suicidios y sus consecuencias en los que quedan acá”.

Con origen en un ejercicio de work in progress realizado en el Centro Cultural Rojas en 2008, su relato de la batalla en uno de los accesos fluviales hacia Asunción surge de la impresión de “crueldad” que le provocó introducirse en la historia, no sólo a través de libros sobre la materia sino de películas, como las argentinas Su mejor alumno (Lucas Demare, 1944) y Cándido López, los campos de batalla (José Luis García, 2005) y la paraguaya Cerro Corá (Guillermo Vera, 1978), y los cuadros del llamado Manco de Curupayty. Pero además su creación trasunta para él una inquietud “antropológica”: “Mi bisabuelo era paraguayo, mi apellido viene de ahí. Este Molina pudo haber tenido que ver con la guerra. Sería horrible descubrir que estuvo del lado de la Triple Alianza”, posiciona.

–¿Cuál es la distancia entre lo que se muestra en Curupayty... y la historia de manual?

–Al producir un hecho artístico sobre la realidad, ésta se torna virada, corrida por el formato. Al trasladar a hecho escénico algo histórico aparece absolutamente mi subjetividad. En cuanto a los manuales, la información podría ser mucho más interesante que las estupideces que me contaron. Al trabajar en esta obra descubrí que no había nada hecho en teatro sobre este tema que a Paraguay lo modificó por dentro y hacia afuera. Es una relación bastante minorizada la que tenemos con ellos. Me llama la atención que el tema se hable muy poco. Cuando tomamos la propia historia nos ponemos en el lugar de damnificados y no revisamos si jodimos feo a un vecino.

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