Un tranvía llamado deseo


Una adaptación a mitad de camino

Una excesiva preocupación por hacer dinámico el clásico de Tenessee Williams provoca que se pierdan momentos clave de la historia de amor y choque sociales que dirige Daniel Veronese y protagonizan Erica Rivas y Diego Peretti.

Tiene que haber mucha tensión en ese encuentro. Un hombre, Stanley, que construyó su hogar sobre la base de un espíritu violento y de su sensualidad, se enfrenta con su cuñada, Blache, una mujer invasiva, inteligente, bella y egoísta. Una persona a la que no le asustan los gritos ni los golpes en la mesa. Ella sabe que su inteligencia es mucho más fuerte que lo que puede decir un borracho y fanático del póker. Este choque de dos clases sociales, de dos formas de entender la vida, en un contexto de discriminación hacia la mujer, es la intensidad magistral que logró Tennessee Williams en su obra Un tranvía llamado deseo. Mezcló a exponentes de la sociedad estadounidense en una misma familia. Le otorgó intimidad a un conflicto de géneros, de culturas, que aún hoy –64 años después de su estreno– sigue sin resolverse. Son muchos niveles de lectura que, en la última versión de este clásico texto teatral, deben transmitirse en 100 minutos de función.

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