Un tranvía llamado Deseo

Un tranvía llamado Deseo
La puesta de Daniel Veronese no logra transmitir toda la frescura y potencia del texto original
Muchas veces expresó Tennessee Williams su anhelo de escribir una pieza sometida a los cánones de la tragedia clásica, y creyó (con justicia) haberlo logrado en La gata en el tejado de zinc caliente , ganadora de un premio Pulitzer en 1955. Pero ya en 1947, la antigua fatalidad aleteaba sobre Blanche Dubois, la heroína (¿o antiheroína?) de Un t ranvía llamado Deseo, también premiado con un Pulitzer en 1948.
Blanche es una última, extravagante floración de la seudoaristocracia del Sur de los Estados Unidos: generaciones de opulentos plantadores de algodón y tabaco, que edificaron sus esbeltas mansiones neoclásicas sobre la sangre, el sudor y las lágrimas de otras tantas generaciones de esclavos negros. La abolición de la esclavitud por el presidente Lincoln y su consecuencia, la Guerra de Secesión, acabaron con ese refinado estilo de vida e impusieron el predominio del Norte, activo, práctico, industrial. La nueva nación emergente del conflicto necesitaba mano de obra, y convocó -como reza el poema de Emma Lazarus inscripto en el zócalo de la Estatua de la Libertad- a las multitudes hambrientas y perseguidas de allende el mar. De ellas proviene Stanley Kowalski, polaco de origen, un espléndido ejemplar masculino, restallante de energía, de ferocidad y de torpeza; casado con Stella Dubois, la hermana menor de Blanche (la que supo escapar al hechizo perverso del pasado), es inevitable que los cuñados choquen cuando las circunstancias obligan a Blanche a refugiarse en la humilde casa de su hermana, en Nueva Orleáns.
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