Rafael Spregelburd: Apátrida, Doscientos años y unos meses
“Esa polémica sigue teniendo una vigencia perturbadora”
La nueva obra del teatrista da cuenta de un “debate” sostenido en Buenos Aires a fines de 1891: un pintor y un crítico se batieron a duelo después de haber discutido acerca de la existencia o no de un arte nacional. “Los argentinos nos preguntamos eternamente qué somos”, dice.
Obra escrita e interpretada por Rafael Spregelburd, Apátrida, Doscientos años y unos meses da cuenta de una polémica sostenida en Buenos Aires a fines de 1891 y publicada en la prensa de la época: un pintor y un crítico se batieron a duelo después de haber discutido encarnizadamente acerca de la existencia o no de un arte netamente nacional. El “apátrida” se llamaba Eugenio Auzón y era un crítico español radicado desde hacía veinte años en el país, en tanto que el “nacionalista” era Eduardo Schiaffino, quien pocos años después fundaría el Museo Nacional de Bellas Artes. Basándose en los dichos de uno y otro –recogidos en una investigación de la historiadora Viviana Usubiaga–, Spregelburd injerta textos escritos por él y le da forma a un monólogo a dos voces, respaldado por las creativas intervenciones sonoras de Federico Zypce (ver aparte). Incluida la escena del duelo en un descampado (hoy Morón), el dramaturgo y actor va y viene con soltura entre un personaje y otro. El espectáculo resultante –que se puede ver los domingos en El Extranjero, de Valentín Gómez al 3300– tiene en la discusión de la identidad su tema principal, seguido por la responsabilidad del Estado en la formación y promoción de los artistas y la aparición de un mercado de arte vernáculo.
En los últimos días de 1891, y junto a otros pintores locales formados en Europa, Schiaffino mostró sus obras en una galería de la calle Florida. Auzón se presentó el día del cierre de la muestra, para criticarla públicamente, ironizando acerca de la posibilidad de que exista un arte nacional: “Sólo habrá un arte argentino dentro de doscientos años y unos meses”, fue su dictamen. La obra fue estrenada el año pasado en el ciclo Dramaturgias Cruzadas, en el Instituto Goethe, para conmemorar el Bicentenario, aunque la situación sobre la que se basa ocurre unos años antes del Centenario: “Ahora que la historia está de moda, uno la visita con las categorías actuales y no puede evitar una perspectiva presente”, afirma el autor en una entrevista con Página/12 y continúa: “Si no fuera por este tipo de propuestas, no dejaría de escribir solamente lo que me sale. Que me encarguen textos se convierte en un detonante arbitrario”, concluye.
–¿Sigue vigente esta polémica?
–Yo le encuentro una vigencia perturbadora. No creo mucho en el progreso, pero creo que hemos avanzado algo. Al menos las posturas encontradas ya no se resuelven a golpes de sable en un descampado de Morón. Si hay un signo de nuestra época, supongo que ese signo es el de la “convivencia”. Todo convive. Lo que hace que las polémicas en serio sean cada vez más raras y –por qué no– más teatrales. El choque de ideas opuestas es –entre otras cosas– decimonónico. La convivencia puede producir verdades más pragmáticas y complejas, pero es evidente que no siempre de oponer polos opuestos se llega a una síntesis superadora.
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