Nuestro fin de semana

Espiar la sociedad por una hendija
En la obra que se acaba de reponer en la sala El Duende, no son necesarios los grandes conflictos para revelar el alma de una serie de personajes de clase media que llevan como pueden su existencia en la Argentina de los ’60.
Evidentemente, las “pequeñas tragedias del hombre común” que siempre movieron a Roberto “Tito” Cossa son argentinas, universales e irrefutables. Eso, además de políticas, económicas, amorosas, sociales. Si no, ¿cómo se explica que Nuestro fin de semana, escrita entre 1958 y 1962, todavía guste y –además– genere empatía e incomodidad? Son efectos muy bien logrados por la nueva versión del director Lizardo Laphitz (en Teatro El Duende, viernes y sábados a las 21 y domingos a las 19), quien respeta a ultranza las coordenadas de tiempo y de lugar del original (la Argentina de los ’60). Así y todo, ese mundo, al que la platea accede a través de la intimidad de una casa de San Isidro, es antiguo pero no lejano. De él es ¿víctima? la clase media, en la obra vacía y egoísta, el combo heterogéneo que en la actualidad es capaz de apoyar desde una toma en defensa de la educación pública hasta un lockout patronal agropecuario. Aquí brota su cara más oscura.
Más que abrir una ventana a la sociedad de una época, la obra invita a espiarla por una hendija, porque lo que el espectador conoce es apenas la cotidianidad de unos personajes que son, precisamente, “hombres comunes”. A ellos, sobre todo a Raúl (Julián Echezarreta), un asalariado que sueña con convertirse en vendedor independiente de máquinas de escribir (“crearse una posición”, “ser alguien”), les tocó en su momento hacer carne un contexto. La obra, ópera prima de Cossa, llegó a escena en 1964 –la protagonizaron Juan Carlos Gené y Federico Luppi en el Teatro Río Bamba–, cuando gobernaba el país Arturo Illia. En palabras de su autor, está atravesada por “la desilusión de Frondizi y los ímpetus de la revolución cubana”. La opinión sobre un país desesperanzado y detenido se materializa en el bloque ínfimo y sagrado de tiempo que es un fin de semana desde la vivencia subjetiva, en el que Raúl invita a sus amigos nada más que a pasar el tiempo.
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