Lo que mata es la humedad

Flor de sainete
Crítica. “Lo que mata es la humedad”. La puesta intenta revalorizar el género, desde lo popular.
Anclada temporalmente a fines de 1975, Lo que mata es la humedad realiza un procedimiento que intenta revalorizar el sainete, pero con formas que deterioran su propio objetivo. Con violencia estilística se vierte en escena un singular trueque: en lugar del conventillo como territorio simbólico se acciona en un café porteño. Y por momentos, lo que sucede en la sala Orestes Caviglia del Cervantes, en su guiño hacia “lo popular”, esta más cerca de Polémica en el bar que de cualquier línea de Vacarezza.
En un abigarrado café, el espectáculo dirigido por Alberto Cattan, en base al texto de Jorge Núñez, aglutina un candoroso puñado de arquetipos. Entre ellos: el estudiante de medicina a punto de recibirse, la pareja de gallegos y su hijo vago, quienes tienen a su cargo el bar; un taxista; el portero de un edificio y su esposa; el rimbombante “Raulito” (Gustavo Masó), mecánico amante de las motos, quien gatilla hasta lo intratable un gag a Cacho (Juan Palomino) para que le “ chupe un huevo ”; y Pinturita (Marcelo Xicarts), un alcohólico de postal, prendado al tinto mientras dispara frases y cabecea en la mesa con un cigarro temblando en la boca.
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